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Pasión Prohibida Capítulo 97

6805 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 97

La noche en la colonia Condesa caía como un manto caliente y pegajoso, con ese olor a jazmín mezclado con el humo lejano de los taquitos al pastor de la esquina. Yo, Ana, estaba sola en la casa que compartía con Carlos, mi esposo, que andaba de viaje de negocios en Monterrey. El ventilador del techo zumbaba perezoso, pero no alcanzaba a mover el aire denso que se sentía en mi piel. Me había puesto un vestido ligero de algodón, de esos que se pegan al cuerpo cuando sudas, color rojo como el fuego que me ardía por dentro desde hacía meses.

Entonces sonó el timbre. Sabía quién era antes de abrir. Marco, el carnal de Carlos, el wey que me tenía loca con esa mirada de diablo y ese cuerpo forjado en el gym de la esquina. ¿Qué chingados hago abriendo la puerta?, me dije, pero mis pies ya se movían solitos. Ahí estaba él, con una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, jeans rotos en las rodillas y esa sonrisa pícara que me deshacía.

Pasión prohibida, capítulo 97, pensé, contando mentalmente estos encuentros que nos quemaban vivos.

—Órale, Ana, ¿neta que Carlos no está? —dijo con esa voz ronca, mientras entraba sin esperar invitación, trayendo una botella de tequila reposado que olía a tierra y vainilla.

—Simón, se fue esta mañana. Pasa, no te quedes ahí como pendejo —le contesté, cerrando la puerta con el corazón latiéndome en la garganta.

Nos sentamos en el sofá de la sala, con las luces tenues de las velas que yo había encendido para fingir que era una noche normal. El tequila bajaba suave, quemando la garganta y soltando las lenguas. Hablamos de todo y de nada: del tráfico en Insurgentes, de la nueva rola de Peso Pluma que sonaba en la bocina Bluetooth, de cómo Carlos era un pinche cuadrado con sus reglas. Pero entre líneas, el aire se cargaba de electricidad. Sus rodillas rozaban las mías, y cada roce era como una chispa en mi piel morena.

Lo miré a los ojos, oscuros como el mole poblano que tanto me gustaba. Ya no aguanto más esta tensión, pensé. Él se acercó, su aliento con sabor a tequila rozando mi oreja.

—Ana, sabes que no deberíamos... pero me tienes bien puesto, wey —murmuró, su mano grande posándose en mi muslo, subiendo despacito por debajo del vestido.

Sentí el calor de su palma contra mi piel, áspera por el trabajo en la construcción, pero tan masculina que me erizaba los vellos. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando rápido. Lo empujé suave contra el sofá y me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela delgada.

—Pues chíngate las reglas, Marco. Esto es lo que quiero —le dije, mordiéndome el labio mientras desabotonaba su camisa.

Sus manos exploraron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza. Olía a sudor limpio, a hombre después de un día largo, mezclado con su colonia barata pero adictiva, como Axe pero mejor. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose, saboreando el tequila y el deseo salado. Gemí bajito cuando su boca bajó a mi cuello, chupando la piel sensible justo debajo de la oreja, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante con el aire.

Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas al aire. Sus ojos se clavaron en ellas, hinchadas de anticipación, pezones duros como piedras.

—Qué ricas estás, Ana. Neta, eres un pinche sueño —gruñó, tomando una en su boca, mamándola con succión fuerte que mandaba descargas directas a mi clítoris.

Yo arqueé la espalda, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto, oliendo a champú de herbolaria. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su bulto, sintiendo cómo palpitaba. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la sala, mezclado con el zumbido del ventilador y la música ranchera de fondo que hablaba de amores imposibles.

Lo bajé del sofá al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas. Le desabroché el cinturón, el sonido metálico del cierre acelerando mi pulso. Saqué su verga, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado que era puro Marco. Él jadeó, agarrándome el pelo.

—¡Ay, cabrón, qué buena chupas! Sigue así, no pares —suplicó, voz entrecortada.

Lo tragué profundo, garganta relajada por la práctica de estos capítulos prohibidos, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Sentía mi coño chorreando, empapando las bragas que aún traía. No aguanté más; me quité todo y me monté en él, guiando su pija a mi entrada húmeda.

Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Grité mentalmente, mientras cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando, piel contra piel sudada, era música erótica. Sus manos en mis caderas me guiaban, clavando los dedos en mi carne suave.

—Más rápido, Ana, ¡chíngame duro! —me rogaba, sus ojos fijos en mis tetas rebotando.

Aceleré, el placer subiendo como ola en Acapulco. Sudor corría por mi espalda, goteando en su pecho. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en celo. Cambiamos de posición; él me puso a cuatro patas en la alfombra, embistiéndome desde atrás. Su vientre peludo chocaba contra mis nalgas, bolas golpeando mi clítoris con cada estocada profunda.

Esto es pasión prohibida capítulo 97, y cada vez duele más delicioso saber que no podemos parar
, pensé entre gemidos ahogados.

Sus manos se colaron debajo, pellizcando mis pezones, mientras una bajaba a frotar mi botón hinchado. El orgasmo me pegó como rayo, cuerpo temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos. Gritó mi nombre, corriéndose dentro de mí, chorros calientes inundándome, goteando por mis muslos.

Caímos exhaustos al piso, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi mejilla, fuerte como tamborazo zacatecano. Me besó la frente, suave ahora, mientras el ventilador nos secaba despacio.

—Esto nos va a matar un día, Ana —dijo bajito, acariciando mi cabello.

—Lo sé, pero valió la pena cada segundo —respondí, saboreando el afterglow, esa paz caliente después de la tormenta.

Nos levantamos, duchándonos juntos bajo el agua tibia que lavaba los pecados pero no el deseo. Mientras nos vestíamos, supe que habría un capítulo 98. La pasión prohibida no se apaga así nomás; se enciende más fuerte cada vez, como el sol de mediodía en el DF.

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