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Franco Reyes Pasion de Gavilanes

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Franco Reyes Pasion de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, tiñendo de oro las amplias praderas y los limoneros cargados de fruta jugosa. Yo, Gabriela, acababa de llegar de la ciudad, invitada por mi prima Lupe para unas semanas de descanso en ese paraíso rural de Jalisco. El aire olía a tierra húmeda y jazmín fresco, mezclado con el aroma ahumado de la leña de las cocinas. Bajé del carro con el corazón latiéndome fuerte, no por el viaje, sino por los rumores que Lupe me había contado sobre Franco Reyes, el patrón de la hacienda. Un hombre de mirada ardiente, cuerpo forjado en el trabajo del campo, que despertaba pasiones como las de esa telenovela que tanto nos gustaba: Pasion de Gavilanes.

Lo vi por primera vez esa tarde, mientras caminaba por el patio empedrado. Franco Reyes estaba ahí, de pie junto a la fuente, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Sus ojos negros me atraparon al instante, como si me desnudaran con solo una mirada. Medía como dos metros, hombros anchos, pantalón de mezclilla ajustado que marcaba sus muslos fuertes. El sudor perlaba su piel morena, y olía a hombre puro: jabón rústico, cuero y un toque de tabaco.

¡Virgen santa, Gabriela, no seas mensa! Es el patrón, pero qué chulo está el wey. Me late que me come con los ojos.

—Bienvenida, Gabriela —dijo con voz grave, ronca como un mariachi cantando rancheras—. Lupe ya me avisó que venías. Soy Franco Reyes. ¿Te ayudo con las maletas?

Su mano grande y callosa rozó la mía al tomar el equipaje, y un escalofrío me recorrió la espina. Su piel era cálida, áspera del trabajo, y sentí un cosquilleo en el vientre. Le sonreí, coqueta sin querer, mientras entrábamos a la casa grande, con sus techos altos y muebles de madera tallada.

La primera noche fue una tortura dulce. Cenamos en el comedor, con velas parpadeando y el sonido lejano de los grillos. Franco presidía la mesa, contando anécdotas de la hacienda, su risa profunda retumbando como trueno. Yo no podía dejar de mirarlo: la forma en que sus labios se curvaban, cómo lamía el tequila de sus dedos. El licor bajaba ardiente por mi garganta, avivando el fuego en mis entrañas.

Después de la cena, el mariachi empezó a tocar en el patio. Franco se acercó, extendiendo la mano.

—Baila conmigo, mamacita —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

No pude resistir. Sus brazos me rodearon la cintura, fuertes pero tiernos, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí su pecho duro contra mis senos, el latido acelerado de su corazón sincronizándose con el mío. La música de "Cielito Lindo" nos mecía, pero el roce de su cadera contra la mía era puro fuego. Su mano bajó un poco, apretando mi nalga con disimulo, y yo jadeé bajito. Olía a él, a sudor limpio y deseo crudo.

¡Ay, Dios! Su verga se nota dura contra mí. ¿Será que piensa en mí como yo en él? Franco Reyes, pura pasión de gavilanes, como en la novela.

El baile terminó, pero la noche no. Me llevó a caminar por los jardines, bajo la luna llena que plateaba las hojas. Hablamos de todo: de la vida en la ciudad que me ahogaba, de su amor por la tierra que lo ataba. Sus ojos brillaban con una intensidad que me derretía.

—Tú no eres como las demás, Gabriela. Tienes fuego en la mirada —dijo, deteniéndose junto a un muro de buganvilias.

Lo miré, mordiéndome el labio. —Y tú, Franco, eres como esos Reyes de Pasion de Gavilanes, puro peligro y tentación.

Se rio, bajando la cabeza para besarme. Sus labios eran firmes, sabían a tequila y miel. Su lengua invadió mi boca con hambre, y yo respondí con la misma urgencia, enredando mis dedos en su cabello negro y espeso. Sus manos exploraron mi espalda, bajando a mis caderas, apretándome contra su erección dura como piedra. Gemí en su boca, sintiendo mi panocha humedecerse, el calor subiendo por mis muslos.

Pero se apartó, jadeante. —No aquí, corazón. Vamos a mi cuarto. Quiero hacerte mía despacio.

Mi corazón martilleaba mientras subíamos las escaleras de piedra, su mano en mi cintura guiándome. El pasillo olía a cera de vela y flores nocturnas. Entramos a su habitación: cama king con sábanas de lino crudo, ventana abierta al campo estrellado. Me besó de nuevo, esta vez desabotonando mi blusa con dedos temblorosos de deseo.

—Eres preciosa, Gabriela. Mira cómo te miro —murmuró, exponiendo mis senos. Sus ojos devoraron mis pezones endurecidos, y los tomó en su boca, chupando con devoción. Su lengua giraba, dientes rozando suave, enviando descargas de placer directo a mi clítoris palpitante.

Yo arqueé la espalda, gimiendo. ¡Qué rico! Sus manos bajaron mi falda, quitándome las panties empapadas. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Franco se arrodilló, besando mi vientre, mi monte de Venus, hasta llegar a mi concha hinchada.

No puedo más. Quiero su lengua ahí, lamiéndome hasta que grite.

—Déjame probarte, reina —gruñó, separando mis labios con los dedos. Su lengua plana lamió mi clítoris lento, saboreándome como si fuera el mejor tequila. Chupaba, succionaba, metiendo un dedo grueso dentro de mí, curvándolo para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mis jugos corrían por su barbilla, y él gemía de placer, vibrando contra mi piel sensible.

—Franco... pendejo, no pares... ¡Sí, así! —jadeé, tirando de su cabello.

Me levantó como si no pesara, tirándome a la cama. Se quitó la camisa, mostrando su torso esculpido, cicatrices de vida dura que lo hacían más hombre. Bajó el pantalón, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precúm. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi puño.

—Métemela, Franco. Quiero sentirte adentro —rogué, abriendo las piernas.

Se colocó entre mis muslos, frotando la punta en mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gritamos juntos cuando sus bolas chocaron contra mi culo. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.

Sus embestidas se aceleraron, profundas, golpeando mi cervix con cada thrust. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalando, olor a sexo puro invadiendo el aire. Le clavé las uñas en la espalda, mordiendo su hombro para no gritar demasiado. Él me besaba el cuello, chupando la piel, dejando marcas de posesión.

—Eres mía, Gabriela. Tu concha me aprieta tan rico... ¡Ven conmigo! —rugió, frotando mi clítoris con el pulgar.

El orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus bolas. Él se hundió una vez más, gruñendo, llenándome de su leche caliente, espesa, que desbordaba por mis muslos.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semidura dentro. Besó mi frente, suave ahora.

Mi amor, eso fue solo el principio. Mañana te llevo a cabalgar por Gavilanes, y de noche... repetimos.

Sonreí, acariciando su mejilla barbada. El amanecer entraba por la ventana, pintando su piel de rosa. En ese momento, supe que Franco Reyes había despertado en mí una pasión de gavilanes que no se apagaría nunca. La hacienda susurraba promesas de más noches así, de cuerpos unidos en éxtasis eterno.

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