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Reparto de Pasión y Poder

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Reparto de Pasión y Poder

El aire de la penthouse en Polanco olía a jazmín fresco y a tequila reposado recién servido. Isabella se ajustó el vestido negro ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo, sintiendo el roce sedoso contra su piel morena. Era la reunión del año: el reparto de pasión y poder en la familia Vargas, donde se decidirían las acciones de la empresa familiar de licores. Su primo Alejandro, ese vato alto y moreno con ojos que prometían travesuras, la miró desde el otro lado de la mesa de caoba. Neta, ¿por qué siempre me acelera el pulso este cabrón?, pensó ella, mientras el sonido de la ciudad bullía allá abajo, como un corazón latiendo al ritmo de mariachi lejano.

Alejandro levantó su copa, el hielo tintineando suavemente. "Salud, Isa. Por el reparto justo", dijo con esa voz grave que le erizaba la piel. Ella sonrió, cruzando las piernas bajo la mesa, sintiendo el calor subirle por los muslos. Habían crecido juntos, peleando por juguetes y luego por herencias, pero últimamente las miradas se habían vuelto largas, cargadas de algo más que rivalidad. La tensión era palpable, como el aroma especiado del mole que habían comido antes, picante y adictivo.

La tía Lupe y el resto de la familia ya se habían ido, dejando solo a ellos dos con los papeles del notario esparcidos. "Mira, wey, yo quiero el 40% de las acciones", dijo Isabella, inclinándose hacia adelante, su escote revelando el brillo de su piel bajo la luz tenue de las velas. Alejandro se acercó, su colonia amaderada invadiendo su espacio. "Y yo el 60%, mamacita. Pero ¿y si negociamos de otra forma?" Sus dedos rozaron los de ella al pasar una hoja, un toque eléctrico que la hizo morderse el labio.

¿Qué chingados? Esto no es solo negocio. Su aliento huele a tequila y deseo, y mi cuerpo ya está traicionándome.

El comienzo de la noche había sido formal, con brindis y risas forzadas. Isabella sentía el peso de las expectativas familiares: ser la mujer fuerte, la que no se deja. Pero con Alejandro, todo era diferente. Recordaba la vez en la boda de su prima, cuando bailaron un son jarocho y sus caderas se rozaron por "accidente". Ahora, solos, la habitación parecía encogerse, el zumbido del aire acondicionado amplificando sus respiraciones.

Él se paró, rodeando la mesa como un lobo juguetón. "Ven, Isa. Hagamos el reparto como se debe: con pasión y poder equilibrados". Ella se levantó, desafiante, su corazón galopando. Sus manos se encontraron en el aire, y de pronto lo jaló hacia ella, sus labios chocando en un beso que sabía a tequila dulce y a victoria compartida. ¡Órale, qué beso! Su lengua sabe a canela y fuego.

La tensión escaló despacio, como el hervor de un pozole en Día de Muertos. Alejandro la respaldó contra la pared de vidrio, la ciudad de luces testigo muda. Sus manos exploraban su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con firmeza posesiva pero tierna. "Dime qué quieres, reina", murmuró contra su cuello, su aliento caliente haciendo que se le pusieran los vellos de punta. Isabella jadeó, oliendo su sudor mezclado con el jazmín. "Quiero todo, pendejo. Tu poder y mi pasión repartidos a la mitad".

Se movieron al sofá de cuero negro, el crujido suave bajo sus cuerpos. Ella lo empujó, montándose a horcajadas, sintiendo su dureza presionando contra ella a través de la tela. "Aquí mando yo primero", dijo, desabotonando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, olía a hombre puro, a tierra mojada después de lluvia. Lo besó ahí, lamiendo el salado de su piel, mientras él gemía bajito, un sonido ronco que vibraba en su clítoris.

La intensidad crecía con cada roce. Alejandro volteó el juego, levantándola como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo sus palmas. La acostó con cuidado, besando su vientre expuesto, bajando el zipper del vestido con dientes. El aire fresco besó su piel desnuda, erizándola, mientras él lamía la cara interna de sus muslos. Su lengua es puro vicio, neta. Me va a volver loca este wey. Ella arqueó la espalda, el olor almizclado de su propia excitación llenando el aire, mezclado con el cuero del sofá.

"Más", suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. Él obedeció, su boca encontrando su centro húmedo, saboreándola con devoción. Lengüetazos lentos al principio, luego rápidos, como el repique de campanas en una fiesta patronal. Isabella gritó, el placer subiendo en oleadas, sus uñas clavándose en sus hombros. Pero no quería rendirse aún; lo jaló arriba, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, venosa como un mango maduro.

Se miraron a los ojos, el poder equilibrándose en ese instante. "Entra en mí, cabrón", ordenó ella, guiándolo. Él se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento exquisito llenándola hasta el fondo. ¡Chin!, qué grande. Siento cada pulso suyo dentro de mí. Empezaron a moverse, un ritmo sincronizado como un huapango: ella arriba, luego él, repartiendo el control. Sus pechos rebotaban contra su pecho, pezones duros rozando piel sudada. El slap-slap de carne contra carne resonaba, acompañado de gemidos guturales y el aroma espeso de sexo.

La psicología del momento era un torbellino: años de competencia disolviéndose en entrega mutua. Isabella pensó en el reparto de acciones, pero ya no importaba; este era el verdadero reparto de pasión y poder, donde ambos ganaban. Él aceleró, sus embestidas profundas tocando ese punto que la hacía ver estrellas. "Ven conmigo, Isa", gruñó, su voz quebrada. Ella se corrió primero, un estallido que la dejó temblando, jugos calientes empapándolos. Él la siguió, derramándose dentro con un rugido, su semen caliente marcándola como suya.

Se quedaron así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sudor enfriándose en su piel, el corazón latiendo en unisono. Alejandro besó su frente, suave. "El 50-50, ¿va? En la empresa y aquí". Ella rio bajito, saboreando el beso salado en su hombro. "Neta, wey. Pero la próxima, yo reparto primero".

La noche terminó con ellos firmando los papeles a la luz de la luna, cuerpos aún desnudos y satisfechos. El penthouse olía a pasión consumada, a poder compartido. Isabella se acurrucó contra él, sintiendo el calor residual, el afterglow envolviéndolos como una cobija de lana en invierno. Esto es lo chido de la vida: repartir lo mejor con quien vale la pena. Afuera, México bullía, pero adentro, habían encontrado su equilibrio perfecto.

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