Pasion y Poder Capitulo 67 El Susurro del Dominio
En las alturas de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas celosas, Valeria se recargaba en la barandilla de su penthouse. El viento nocturno jugaba con su vestido negro ceñido, que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. Olía a jazmín del jardín vertical y a la promesa de lluvia lejana. Hacía años que dirigía su imperio de moda con puño de hierro, pero esta noche, el poder se sentía incompleto. Falta algo, pensó, mientras sorbía su tequila reposado, el líquido ardiente bajando por su garganta como un fuego lento.
La puerta del elevador privado zumbó, y ahí estaba él: Alejandro, el cabrón que competía por cada contrato en la industria. Alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos oscuros que prometían tormentas. Vestía traje a la medida, camisa abierta en el pecho mostrando un atisbo de vello que la hacía salivar. ¿Qué chingados hace aquí? se preguntó Valeria, pero su cuerpo ya traicionaba su mente, endureciendo sus pezones bajo la tela fina.
—Valeria, mi reina del caos —dijo él con voz grave, como grava bajo botas—. No pude resistirme a esta invitación tuya. O ¿fue el destino?
Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en el aire cargado. —Puras pendejadas, Alejandro. Sabes que te cité para hablar de Pasión y Poder, Capítulo 67. Ese trato con los inversionistas gringos que nos tiene a los dos con el agua al cuello. Pero neta, ¿vienes solo a platicar?
Él se acercó, invadiendo su espacio con su colonia amaderada y ese calor masculino que olía a sudor fresco y deseo crudo. Sus dedos rozaron su brazo, enviando chispas por su piel. —El poder es aburrido sin pasión, mamacita. Y esta noche, yo traigo ambas.
Valeria sintió el pulso acelerarse en su cuello, el corazón latiendo como tambores aztecas. Lo miró fijo, desafiante.
Si lo dejo entrar, pierdo el control. Pero ¿y si ganamos los dos?Lo jaló por la corbata, atrayéndolo a la sala iluminada por velas. Los sofás de cuero crujieron bajo su peso cuando se sentaron, demasiado cerca, piernas rozándose.
Hablaron del negocio primero, voces tensas sobre cifras y estrategias. Pero cada mirada era un roce invisible, cada risa un jadeo contenido. El tequila fluía, calentando sus venas. Alejandro posó su mano en su muslo, subiendo despacio, y ella no lo detuvo. Al contrario, abrió las piernas un poco, invitándolo.
—Eres fuego, Valeria —murmuró él, labios cerca de su oreja, aliento caliente haciendo erizar su piel—. En Pasión y Poder, Capítulo 67, ¿quién domina? ¿Tú o yo?
Ella giró, montándose a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra su concha húmeda a través de la tela. —Los dos, wey. Pero esta noche, yo mando primero.
El beso fue explosión: lenguas enredándose con sabor a tequila y hambre. Sus manos exploraban, él amasando sus nalgas firmes, ella arañando su pecho. Valeria mordió su labio inferior, tirando suave, y él gruñó, un sonido animal que la empapó más. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería roja que contrastaba con su piel morena. Sus tetas generosas subían y bajaban con cada respiro agitado.
Alejandro la volteó sobre el sofá, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Bajó a sus pechos, chupando un pezón endurecido, rodándolo con la lengua mientras pellizcaba el otro. Valeria arqueó la espalda, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes de cristal. Su boca es pecado puro, pensó, enredando dedos en su cabello negro revuelto.
—Quítate todo, cabrón —ordenó ella, voz ronca de necesidad.
Él obedeció, despojándose del traje, revelando un cuerpo esculpido por gimnasios caros y disciplina. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue. Valeria la tomó en mano, acariciando despacio, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. Él jadeó, caderas moviéndose involuntarias.
Se levantaron, tambaleantes de lujuria, hacia la recámara. El piso de mármol frío contrastaba con el calor de sus cuerpos. Valeria lo empujó a la cama king size, con sábanas de seda negra. Se quitó la tanga, mostrándole su concha depilada, labios hinchados y relucientes de jugos. Se subió encima, frotándose contra su polla, lubricándola con su excitación.
—Métemela ya —suplicó ella, pero él sonrió pícaro.
—No tan rápido, reina. Primero, te voy a hacer venir con mi lengua.
La acomodó, abriendo sus muslos con manos firmes. Su aliento caliente sobre su clítoris la hizo temblar. Lamida la primera, plana y lenta, saboreando su miel dulce y salada. Valeria gritó, uñas clavándose en las sábanas. Él succionó, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G. El sonido chorreante de su coño empapado llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y el slap de su boca.
¡Órale, este wey sabe lo que hace! Su mente era niebla, solo sensaciones: el roce áspero de su barba en sus labios mayores, el cosquilleo en su vientre, el olor almizclado de su arousal mezclándose con su colonia. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando su rostro. Él lamió todo, bebiendo su placer.
Valeria, jadeante, lo volteó. Ahora era su turno. Bajó por su torso, lamiendo el camino de vello hasta su verga. La engulló, garganta profunda, sintiendo cómo latía en su boca. Él maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, qué chula! manos en su cabeza guiándola. Ella jugaba, chupando las bolas pesadas, lamiendo el frenillo sensible hasta que él suplicó.
—Fóllame, Valeria. Por favor.
Ella se posicionó, hundiéndose lento en su pija dura. El estiramiento la llenó, paredes internas apretándolo como guante. Cabalgaron juntos, primero despacio, sintiendo cada vena, cada roce. El slap de carne contra carne, sudor goteando, pechos rebotando. Él se incorporó, mamando sus tetas mientras ella subía y bajaba, clítoris frotando su pubis.
La tensión crecía, como tormenta en el Popo. Cambiaron posiciones: él atrás, perrito, manos en sus caderas embistiéndola fuerte. Cada empellón golpeaba profundo, sacudiendo su útero. Valeria gritaba, ¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! Él pellizcaba su clítoris, acelerando, bolas golpeando su ano.
En el clímax, se voltearon de nuevo, misionero íntimo. Ojos en ojos, almas conectadas en Pasión y Poder, Capítulo 67 de su vida. Él se hundió una última vez, gruñendo mientras su leche caliente la inundaba, contracciones ordeñándolo. Ella vino segundos después, uñas en su espalda, piernas temblando.
Colapsaron, entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a victoria compartida. Valeria besó su hombro, saboreando sal.
Esto no es solo follar. Es poder multiplicado.
Alejandro acarició su cabello húmedo. —Neta, mi amor, esto cambia todo. Mañana cerramos ese trato, pero esta noche... somos invencibles.
Ella sonrió, cuerpo laxo en afterglow. El skyline de CDMX brillaba afuera, testigo de su unión. En ese penthouse flotante, la pasión había domado el poder, dejando solo promesas de más capítulos ardientes.