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Pasión Capítulo 65 Entrelazados en Llamas

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Pasión Capítulo 65 Entrelazados en Llamas

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi depa de Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, acababa de llegar del gym, con el cuerpo sudado y el corazón latiendo fuerte por el ejercicio y por la anticipación. Sabía que Diego me esperaba. Neta, cada vez que pensaba en él, se me erizaba la piel. Llevábamos meses en esto, una pasión que no se apagaba, como si cada encuentro fuera un capítulo nuevo de nuestra propia telenovela privada. Hoy sentía que era Pasión Capítulo 65, el momento en que todo explotaba de nuevo.

Lo vi recostado en el sofá de cuero, con una cerveza en la mano, vestido solo con unos bóxers ajustados que marcaban su paquete de forma descarada. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis leggings pegados a las nalgas y en el top que dejaba ver el sudor brillando entre mis tetas. "Mamacita, estás cañón", murmuró con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Me acerqué despacio, sintiendo el aroma de su colonia mezclada con su olor natural, ese que me volvía loca.

¿Por qué este pendejo me hace sentir así? Como si mi cuerpo no me perteneciera, solo respondiera a él.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, rozando mi concha contra su verga que ya se endurecía. Sus manos grandes subieron por mis muslos, apretando la carne suave, y yo solté un gemido bajito. El sonido de la ciudad allá afuera, cláxones lejanos y risas de vecinos, se mezclaba con nuestra respiración agitada. Lo besé con hambre, saboreando la cerveza fría en su lengua, mientras mis dedos se enredaban en su pelo negro y revuelto.

Órale, Ana, no pares —gruñó contra mi boca, mordisqueando mi labio inferior hasta que dolió rico.

La tensión del día se evaporaba con cada roce. Yo había pasado la mañana en la oficina, pensando en cómo me había follado la noche anterior, en cómo sus dedos me abrían como una fruta madura. Ahora, aquí estábamos, listos para encender el fuego otra vez.

Nos levantamos pegados, tropezando hacia la recámara. El piso de madera crujía bajo nuestros pies descalzos, y yo sentía el calor de su pecho contra mi espalda mientras él me quitaba el top de un jalón. Mis tetas saltaron libres, los pezones duros como piedritas, rozando el aire fresco del ventilador. Diego me giró, lamió uno de mis pezones con la lengua plana, succionando fuerte hasta que arqueé la espalda y olí mi propio aroma de excitación mezclándose con el suyo.

Caímos en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Él se arrodilló entre mis piernas, bajándome los leggings con los dientes, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El roce de sus labios ásperos en mis muslos internos me hizo temblar. "Estás mojada ya, chula", dijo, inhalando profundo mi olor, ese almizcle dulce que lo enloquecía.

Separó mis labios con los dedos, exponiendo mi clítoris hinchado, y lo rozó con la yema del pulgar en círculos lentos. Yo gemí alto, agarrando las sábanas, sintiendo cómo el placer subía en oleadas desde mi vientre. Su aliento caliente me erizaba, y cuando metió un dedo dentro, curvándolo justo ahí, en mi punto G, vi estrellas. El sonido húmedo de mi concha chupando su dedo era obsceno, excitante, como música prohibida.

Esto es lo que necesitaba. Su toque que me deshace, que me hace sentir viva, poderosa.

Pero no quería correrme todavía. Lo empujé hacia atrás, gateando sobre él como una gata en celo. Le bajé los bóxers, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza de acero envuelta en terciopelo. La olí, ese olor masculino intenso, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando la gota salada de precum. Diego jadeó, sus caderas se alzaron, y yo lo chupé profundo, relajando la garganta para tragármela toda. El sonido de su garganta gruñendo, las venas de su cuello tensas, me ponía más caliente.

¡Carajo, Ana, me vas a matar —dijo entre dientes, enredando los dedos en mi pelo sin jalar, solo guiándome.

La habitación se llenaba de nuestros olores: sudor fresco, sexo inminente, el jazmín lejano. El sol poniente pintaba nuestras pieles morenas en tonos dorados, haciendo que todo pareciera un sueño ardiente. Yo aceleré el ritmo, succionando con la boca mientras mi mano masajeaba sus bolas pesadas, sintiendo cómo se contraían.

Él no aguantó más. Me levantó como si no pesara nada —gracias a las pesas del gym— y me puso de rodillas en la cama. Su verga rozó mi entrada, lubricada y lista, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. Un grito ahogado salió de mi garganta, placer puro que dolía exquisito. Nos movimos al unísono, él embistiendo profundo, yo empujando hacia atrás para encontrarlo.

El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con mis "¡Sí, así, cabrón!" y sus gruñidos animales. Sudábamos, el olor salado cubría todo, y yo sentía su pecho peludo frotando mi espalda cuando me inclinó hacia adelante. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras su boca mordía mi hombro. El clímax se acercaba, una tormenta en mi vientre.

Esto es Pasión Capítulo 65, el pico donde todo explota y renace.

Cambié de posición, montándolo a mí ritmo. Sus ojos clavados en mis tetas rebotando, en mi concha devorando su verga. Cabalgué fuerte, mis uñas clavándose en su pecho, sintiendo su pulso loco bajo mis palmas. Él levantó las caderas, golpeando ese ángulo perfecto, y el orgasmo me golpeó como un rayo. Grité su nombre, mi concha contrayéndose en espasmos, leche caliente brotando alrededor de su verga. El placer era cegador, olas y olas que me dejaban temblando.

Diego se corrió segundos después, rugiendo, llenándome con chorros calientes que sentía chorrear. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones galopando al unísono. Besos perezosos, lenguas entrelazadas, saboreando el sudor mutuo.

Nos quedamos así un rato, enredados en las sábanas revueltas, el ventilador secando nuestro sudor. Afuera, la noche caía sobre la Ciudad de México, luces parpadeando como estrellas caídas. Diego me acarició el pelo, murmurando "Te amo, reina". Yo sonreí contra su cuello, inhalando su paz post-sexo.

Esto no es solo follar. Es conexión, fuego que no se apaga. ¿Capítulo 66? Ya lo veremos, pero por ahora, soy feliz en este paraíso.

Me acurruqué más, sintiendo su verga suavizándose dentro de mí, un recordatorio tierno. La pasión no había terminado; solo descansaba, lista para encenderse de nuevo. En este Pasión Capítulo 65, habíamos alcanzado el cielo, y el afterglow era perfecto.

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