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Pasión y Vida Los Iracundos

6987 palabras

Pasión y Vida Los Iracundos

En el corazón de la Roma Norte, donde las luces de neón besan las fachadas coloniales y el aroma a tacos al pastor se mezcla con el perfume caro de los hipsters, Ana caminaba con ese fuego que la caracterizaba. Era una iracunda de campeonato, de esas que no se callan ni debajo del agua. Alta, con curvas que gritaban pasión y vida, su piel morena brillaba bajo el sol de mediodía. Llevaba un vestido rojo ceñido que rozaba sus muslos como una caricia prohibida, y su cabello negro azabache ondeaba con cada paso furioso.

Todo empezó en la galería de arte donde trabajaba. Ese pinche Diego, con su mirada de lobo hambriento y esa sonrisa que prometía problemas, había llegado pavoneándose como si el mundo le debiera algo. Era músico, tocaba guitarra en antros underground, y su temperamento era tan explosivo como el suyo.

¿Qué se cree este pendejo? Pensó Ana mientras lo veía colgar su exposición improvisada. Neta, me cae gordo, pero ¿por qué mi cuerpo se estremece así?
El aire estaba cargado de olor a óleo fresco y café molido, y el roce de sus miradas fue como chispas en pólvora.

—Oye, wey, ¿eso es arte o garabatos de borracho? —le espetó ella, cruzando los brazos para que su escote se marcara más, sin saber por qué quería provocarlo.

Él se giró, lento, con los ojos clavados en los suyos. Su camisa desabotonada dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y olía a colonia masculina mezclada con cigarro. —Y tú, ¿qué? ¿Vienes a criticar o a aprender algo de pasión y vida, mamacita iracunda?

Ana sintió un calor subirle por el cuello. Órale, qué descarado. Pero su voz ronca le vibró en el estómago como un bajo distorsionado.

La tensión creció esa noche en la inauguración. Bailaban cumbia rebajada en el fondo, el sudor perlaba sus pieles, y cada roce accidental era eléctrico. Él le pasó un tequila reposado, sus dedos se tocaron, y el líquido ámbar bajó ardiente por su garganta, despertando sabores dulces y ahumados. Ana lo miró con rabia contenida, pero su pulso acelerado la delataba. Los iracundos como ellos no se rendían fácil, pero la atracción era un volcán a punto de estallar.

Al día siguiente, en el mercado de San Juan, se topó con él de nuevo. Compraba chiles para su pozole, y Diego estaba ahí, regateando por unos nopales. El sol pegaba fuerte, el olor a especias picantes llenaba el aire, y el bullicio de los vendedores gritando ofertas era ensordecedor.

—¡No mames, otra vez tú! ¿Me estás siguiendo o qué? —gruñó ella, pero su voz salió más ronca de lo planeado.

—Tal vez sea el destino, carnala. O tal vez pasión y vida los iracundos como nosotros se buscan —rió él, acercándose tanto que sintió su aliento cálido en la oreja.

Ana lo empujó, pero no con fuerza. Sus pechos rozaron el torso duro de él, y un jadeo se le escapó.

Pinche cuerpo traicionero, ¿por qué quiero que me agarre y me bese hasta dejarme sin aire?
Se separaron, pero la semilla estaba plantada. Esa tarde, en su depa en la Condesa, con las cortinas corridas y el ventilador zumbando, Ana se tocó pensando en él. Sus dedos resbalaban húmedos sobre su clítoris hinchado, imaginando las manos callosas de Diego, el sabor salado de su piel. Gemía bajito, el olor a su propia excitación impregnaba la habitación, y el clímax la dejó temblando, pero insatisfecha.

La escalada fue inevitable. Una semana después, en un bar de la Juárez, con mariachi de fondo y el humo de los cigarros flotando, explotaron. Discutieron por tonterías —él la llamó mandona, ella a él pendejo engreído—, pero sus cuerpos se pegaban en la pista de baile. El ritmo de la música los mecía, caderas contra caderas, su erección dura presionando su monte de Venus. Ana sentía el calor de su verga a través de la tela, palpitante, y su coño se mojó tanto que temió que goteara.

—Ven conmigo —susurró él al fin, con la voz quebrada por el deseo.

—Solo si prometes no ser un idiota —respondió ella, pero ya lo seguía a la calle, el aire fresco de la noche contrastando con su piel ardiente.

En su hotelito en la colonia Cuauhtémoc, la puerta apenas se cerró y se devoraron. Diego la levantó contra la pared, sus bocas chocando con furia. Saboreaba su lengua, tequila y menta, mientras sus manos le arrancaban el vestido. La piel de Ana era seda caliente bajo sus palmas ásperas, pezones duros como piedras rozando su pecho. ¡Qué chingón se siente esto! pensó ella, arqueándose.

Él la bajó, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. El olor a su excitación era embriagador, almizcle femenino mezclado con jazmín de su perfume. Ana le clavó las uñas en la espalda, arañando, marcándolo como suyo. —Los iracundos follamos como animales —jadeó ella, y él gruñó de aprobación.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, Diego se arrodilló entre sus piernas. El cuarto olía a velas de vainilla encendidas, la luz tenue bailaba en sus cuerpos. Lamía su coño despacio, lengua plana saboreando los jugos dulces y salados, chupando el clítoris hinchado hasta que Ana gritaba, caderas elevadas, dedos enredados en su pelo.

¡Sí, wey, no pares! Me vas a hacer venir como nunca.
El sonido de sus lengüetazos era obsceno, húmedo, y sus gemidos llenaban el espacio.

Ella lo volteó, montándolo con rabia posesiva. Su verga era gruesa, venosa, palpitando al entrar en ella centímetro a centímetro. Ana jadeaba al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente, el roce en sus paredes internas enviando ondas de placer. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor goteando entre ellos. Diego la agarraba de las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más intensidad. —¡Eres una diosa iracunda! —rugía él, y ella respondía acelerando, el slap-slap de piel contra piel resonando.

La tensión creció, sus respiraciones entrecortadas, corazones latiendo al unísono. Ana sentía el orgasmo subir como lava, contrayendo su coño alrededor de él. —¡Córrete conmigo, cabrón! —exigió, y él obedeció, eyaculando chorros calientes dentro de ella, gritando su nombre. El placer la cegó, olas y olas, piernas temblando, uñas clavadas en su pecho.

Después, en el afterglow, yacían enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aroma a sexo impregnaba todo, sus respiraciones calmándose. Diego le besó la frente, suave ahora. —Pasión y vida, Ana. Así somos los iracundos.

Ella sonrió, trazando círculos en su abdomen.

Neta, este pendejo me tiene enganchada. Pero qué rico se siente rendirse al fuego.
Afuera, la ciudad bullía, pero en esa cama, habían encontrado paz en la tormenta. Su conexión era más que carne; era almas chocando en éxtasis eterno.

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