Donde Puedo Ver Pasión de Gavilanes en Tu Piel Ardiente
Era una noche calurosa en el departamento de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como un mosquito gigante y el olor a tacos de la taquería de la esquina colándose por la ventana entreabierta. Yo, neto como siempre, andaba recargado en el sofá con mi morra, Karla, pegadita a mí. Sus curvas se apretaban contra mi costado, su perfume de vainilla y jazmín me volvía loco, invadiendo mis fosas nasales como una droga suave. Habíamos cenado unos chilaquiles bien cargados de salsa verde, y ahora queríamos algo para encender la chispa.
—Órale, amor, ¿dónde puedo ver Pasión de Gavilanes? —le dije, sacando el celular con una mano mientras con la otra le acariciaba el muslo por debajo de su shortcito de mezclilla. Ella soltó una risita pícara, su aliento cálido rozándome el cuello.
—Güey, búscalo tú, que yo quiero ver cómo esas gavilanas se avientan con los hermanos Reyes. Me prende ver tanto drama y pasión.
Le hice caso. Tecleé rápido en Google: "donde puedo ver pasion de gavilanes". Salieron un chorro de links, pero di con una página chida de streaming gratis. La abrí en la tele del smart TV, y ahí estaba: los hermanos Reyes, altos, morenos, con esa mirada de machotes que te hacen mojar las chancletas. Karla se acurrucó más, su mano subiendo por mi playera, rozando mi pecho peludo. El primer capítulo empezó con música ranchera de fondo, violines y guitarras que ponían la piel de gallina.
Yo sentía el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina, su piel suave como tamal recién desenvuelto.
¿Por qué carajos esta novela me pone así de caliente? Es como si los Reyes me susurraran al oído, diciéndome que agarre a mi Karla y la haga mía, pensé, mientras la escena de la primera pasión explotaba en pantalla: besos salvajes bajo la lluvia, cuerpos chocando con furia contenida.
El deseo empezó a bullir lento, como el chocolate en el comal. Karla suspiró, su mano bajando hasta mi entrepierna, donde ya sentía mi verga endureciéndose como fierro caliente. —Mmm, carnal, esto está bueno —murmuró, mordiéndose el labio inferior, ese que sabe a fresa por el gloss que se echaba.
Apagué la tele a medias del segundo episodio. No necesitábamos más guía; la tensión ya era nuestra. La volteé hacia mí, nuestros ojos chocando como chispas. Su mirada era puro fuego, las pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. La besé, primero suave, saboreando sus labios carnosos, la lengua danzando con la suya en un tango húmedo y salado. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que se mezcla con el sudor ligero de la noche mexicana.
Acto dos de nuestra propia pasión de gavilanes: la llevé en brazos al cuarto, sus piernas envolviéndome la cintura como enredaderas. La tiré en la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Me quité la playera de un jalón, dejando que viera mi torso trabajado en el gym, el vello oscuro bajando hasta el ombligo. Ella se incorporó, quitándose el short con un movimiento felino, revelando su tanguita de encaje negro, ya húmeda en el centro.
—Ven, pendejo, no me hagas esperar —me provocó, su voz ronca, como la de una cantante de banda norteña.
Me arrodillé entre sus piernas, besando su ombligo, bajando lento por su vientre plano, oliendo el calor de su panocha que me llamaba. Lamí sus muslos internos, piel de terciopelo temblando bajo mi lengua. Ella gemía bajito, "ay, sí, así", sus manos enredándose en mi pelo. Introduje los dedos por el encaje, sintiendo su humedad resbalosa, caliente como miel de maguey. La masturbé despacio, círculos en su clítoris hinchado, mientras chupaba sus tetas perfectas, pezones duros como chicles de tamarindo.
Esto es mejor que cualquier telenovela, su sabor en mi boca, salado y dulce, sus jadeos como música de mariachi en fiesta. El pulso me latía en las sienes, mi verga palpitando contra los jeans, pidiendo libertad. Karla arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, un grito ahogado escapando de su garganta cuando el primer orgasmo la sacudió. Su concha se contrajo alrededor de mis dedos, jugos calientes empapando las sábanas.
Pero no paré. La volteé boca abajo, admirando su culo redondo, prieto como fruta madura. Le bajé el tanga, exponiendo todo. Mi lengua exploró su entrada desde atrás, saboreando cada gota, mientras mis manos amasaban sus nalgas. Ella empujaba contra mi cara, "más, cabrón, cómemela toda". El cuarto olía a sexo puro, sudor, feromonas, el ventilador revolviendo el aire cargado.
Me puse de pie, desabroché los jeans. Mi verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. Karla se giró, ojos hambrientos. —Dámela, amor —suplicó. Se arrodilló, tomándola en la mano, lamiendo desde la base hasta la punta, su boca caliente envolviéndome. Sentí el vacío succionante, su lengua girando, saliva chorreando. "Qué chingona mamada", gemí, mis caderas moviéndose instintivo.
La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense: rápido, inevitable. La recosté, abrí sus piernas anchas. Froté mi verga contra su raja mojada, lubricándonos mutuo. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante de látex. —¡Ay, qué rica verga! —gritó ella, piernas cruzadas en mi espalda.
Empecé a bombear, primero lento, profundo, cada embestida sacando sonidos chapoteantes, piel contra piel. El colchón rebotaba, cabezas chocando la cabecera. Sudábamos a chorros, cuerpos brillantes, el olor almizclado intensificándose. Aceleré, sus tetas saltando, mis bolas golpeando su perineo.
Su interior me ordeña, caliente, vivo, cada vena suya pulsando contra la mía. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona en rodeo, caderas girando, clítoris frotándose en mi pubis. Sus gemidos subían de tono, "me vengo otra vez, no pares".
El clímax se acercaba como el final de una buena rola de José Alfredo Jiménez: emotivo, potente. La puse a cuatro patas, agarré sus caderas, follando duro, el sudor goteando de mi frente a su espalda. Ella gritaba, "sí, así, rómpeme", yo gruñía como bestia. Sentí las contracciones en mis huevos, el calor subiendo. —Me corro, mi reina —avisé.
—Dentro, lléname —ordenó.
Explosé, chorros calientes inundándola, mi verga temblando. Ella se vino conmigo, un aullido gutural, cuerpo convulsionando. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones jadeantes calmándose gradual.
En el afterglow, Karla se acurrucó en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía, el semen goteando lento entre sus piernas. Besé su frente, oliendo su cabello de coco. —Esto fue mejor que Pasión de Gavilanes, ¿verdad?
Ella rió suave. —Pues sí, güey, pero mañana buscamos donde puedo ver pasion de gavilanes de nuevo... pa' repetir.
Nos quedamos así, en la quietud post-sexo, el ventilador susurrando, sabiendo que nuestra pasión era eterna, como las gavilanes en vuelo.