Relatos
Inicio Erotismo El Actor de Diario de una Pasión El Actor de Diario de una Pasión

El Actor de Diario de una Pasión

7634 palabras

El Actor de Diario de una Pasión

Estaba sentada en mi cafecito favorito de la Condesa, con mi libreta abierta frente a mí, garabateando como loca sobre él. El actor de Diario de una Pasión, ese wey gringo con ojos que te derriten y brazos que parecen hechos para cargar el mundo entero. Noah, o como se llame el pendejo en la peli. Cada noche lo veía en mi tele chica, imaginándolo aquí en México, en mi cama, sudando conmigo bajo las sábanas revueltas.

Querido diario: Hoy volví a mojarme solo de pensar en su boca devorándome. ¿Cuándo carajos va a aparecer un clon suyo en mi vida? Neta, estoy harta de masturbarme con fantasías.

El aroma del café de olla me envolvía, mezclado con el dulzor de los churros recién hechos que flotaba desde la cocina. El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, calentando mi piel morena bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a mis curvas. Tenía veintiocho pirulos, un curro decente en una agencia de publicidad y un cuerpo que, según mis amigas, volvía locos a los galanes. Pero nada serio, nada que me hiciera sentir. Hasta que lo vi entrar.

Órale, no mames. Era él. O sea, no el gringo original, pero un clon perfecto: alto, fornido, con esa mandíbula cuadrada y ojos azules que brillaban como el mar de Cancún. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba cada músculo de su pecho, jeans rotos en las rodillas y una sonrisa pícara que me erizó la piel. Caminó directo al mostrador, pero sus ojos se clavaron en mí. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando a todo lo que daba.

Hola, güerita —dijo con voz grave, ronca, sentándose en la mesa de al lado—. ¿Qué escribes con tanto ahínco? Parece que estás planeando la conquista del mundo.

Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. Olía a colonia fresca, a hombre limpio con un toque de sudor masculino que me hizo apretar las piernas bajo la mesa.

—Nah, solo mi diario de una pasión reprimida —contesté, juguetona, cerrando la libreta—. ¿Y tú? ¿Eres modelo o qué pedo?

Se rio, un sonido profundo que vibró en mi pecho. —Algo así. Soy actor, carnal. Me llamo Diego. Acabo de salir de un casting por aquí cerca.

Actor. La palabra me golpeó como un rayo. Lo miré mejor: neta, era el actor de Diario de una Pasión hecho mexicano. Pelo oscuro revuelto, piel bronceada por el sol de la Ciudad de México. Me contó que había hecho telenovelas románticas, que su último papel era un galán apasionado que construía casas para reconquistar a su amor. Mi mente voló directo a la escena de la lluvia en la peli.

Charlamos horas. Su mano rozó la mía al pasarme el azúcar, y juro que sentí electricidad pura, chispas que subieron por mi brazo hasta mis pezones, que se endurecieron contra el brasier. Me invitó a un trago esa noche en un bar de Polanco. ¿Decir que no? Ni madres.

La noche cayó como manta caliente sobre la ciudad. El bar olía a tequila añejo y jazmines del jardín interior. Diego me miró con hambre, sus ojos recorriendo mis labios, mi escote, mis caderas. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío. Sentí su verga semi-dura contra mi panza, gruesa y prometedora. Mi concha palpitaba, húmeda ya, rogando por más.

Diario mío: Este wey es el actor de mis sueños más culeros. Su toque me quema. ¿Me lo chingo esta noche? ¡Sí, vergas!

Ven conmigo —susurró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo, enviando ondas de placer directo a mi clítoris—. Mi depa está cerca.

Asentí, empapada de deseo. En su coche, un Vocho tuneado con asientos de piel, me besó. Sus labios eran suaves pero firmes, lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal y menta. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo mientras él manoseaba mis tetas por encima del vestido, pellizcando los pezones hasta que dolió rico.

Llegamos a su penthouse en la Roma, minimalista pero chido: luces tenues, cama king size con sábanas de satén negro, velas aromáticas a vainilla y canela encendidas. Me desnudó despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su boca en mi cuello chupaba suave, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Olía a su sudor mezclado con mi aroma de mujer excitada, almizclado y dulce.

—Eres preciosa, Ana —murmuró, sus dedos grandes deslizándose entre mis muslos, encontrando mi humedad—. Tan mojada por mí, mami.

—Por ti, actor de Diario de una Pasión —jadeé, riendo entre gemidos—. Mi Noah mexicano.

Me tumbó en la cama, su cuerpo cubriendo el mío como una ola caliente. Sus manos exploraban: apretó mis nalgas, separó mis labios vaginales con dedos expertos, frotando mi clítoris en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El sonido de mi coño chapoteando era obsceno, excitante, mezclado con nuestros jadeos roncos. Lamí su pecho salado, mordí un pezón duro, bajando hasta su verga: venosa, cabezota roja palpitando, goteando precum que probé con la lengua, salado y amargo.

Mámamela, güey —gruñó, y lo hice. La chupé profunda, garganta relajada, sintiendo cómo latía en mi boca, sus bolas pesadas en mi mano. Él gemía fuerte, ¡carajo!, empujando caderas con cuidado, respetando mi ritmo.

Pero quería más. Lo empujé sobre el colchón, montándolo como reina. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome perfecto. El roce era fuego puro: cada vena frotando mis paredes sensibles, su pubis chocando contra mi clítoris. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada embestida, el sudor chorreando entre nosotros, piel resbalosa uniéndose con plaf plaf. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando, guiándome.

—Más rápido, pendeja rica —me rogó, y aceleré, mis muslos quemando, corazón tronando como tambor. El olor de sexo nos envolvía: mi jugo corriendo por sus bolas, su almizcle masculino invadiendo todo. Gemí su nombre, Diego, sí, chíngame, mientras el orgasmo subía como volcán.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus caderas chocando contra mi culo con fuerza consentida, sus bolas golpeando mi clítoris. Me jaló el pelo suave, arqueándome, besando mi espalda sudada. Cada estocada mandaba ondas de placer, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Sentí su pulso acelerado contra mi piel, su aliento caliente en mi nuca.

En mi mente: Esto es mejor que cualquier peli. Su verga es mi pasión hecha carne.

Exploté primero: un grito ahogado, mi cuerpo temblando, coño apretando como puño, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió, gruñendo como animal, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, gimiendo mi nombre. Colapsamos juntos, piel pegada, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso de nuestros olores mezclados.

Despertamos enredados, el sol de mañana filtrándose por las cortinas. Me besó la frente, tierno, mientras yo trazaba sus músculos con dedos perezosos.

Qué noche, wey —suspiré, saboreando el afterglow, músculos adoloridos pero felices.

—La primera de muchas, mi pasión —respondió, ojos brillando con promesa.

En mi libreta esa tarde, escribí:

El actor de Diario de una Pasión no era ficción. Lo viví, lo sentí, lo amé. Y quiero más páginas con él.
La ciudad bullía afuera, pero mi mundo era ahora este hombre, esta pasión real, ardiente y eterna.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.