Noche de Pasión en el Motel Pasion Guadalajara
La noche en Guadalajara ardía como un tequila reposado bajando por la garganta. Yo, Ana, había salido con mis morras a un bar en la Zona Rosa, bailando cumbia rebajada hasta que el sudor nos pegaba la blusa a la piel. El aire olía a tacos al pastor y a jazmín de los puestos callejeros. Ahí lo vi: Luis, alto, con esa sonrisa pícara que te hace mojarte de solo imaginarla. Sus ojos cafés me clavaron como un piquete de agave, y cuando se acercó con un "Órale, güeyita, ¿me das chance de invitarte un chela?", supe que la cosa iba en serio.
Charlamos de todo y nada: del Chivas que no levanta cabeza, de lo pendejo que es el tráfico en la Minerva, de cómo Guadalajara siempre te sorprende con sus noches calientes. Su voz ronca, con ese acento tapatío puro, me erizaba la piel. Tocó mi mano al pasar el vaso, y sentí un chispazo que me subió hasta el pecho.
¿Y si esta noche no vuelvo a casa sola? Neta, hace meses que no siento esto, ese cosquilleo que te dice "lánzate, carnala".Le propuse irnos a un lugar más privado, y él, con guiño, dijo: "Conozco el spot perfecto, el Motel Pasion Guadalajara. Ahí sí que la armamos en grande". Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
Salimos tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra mi falda corta que rozaba mis muslos. Subimos a su Tsuru viejo pero chido, con radio a todo volumen poniendo La Chona. Reíamos como pendejos, y su mano en mi rodilla subía despacito, enviando ondas de calor. Llegamos al Motel Pasion Guadalajara, ese paraíso de neones rosas y azules que parpadean como promesas sucias. El recepcionista, un viejillo con bigote de charro, nos miró con complicidad y nos dio la llave de la suite jacuzzi. "Disfruten, jefes", dijo guiñando.
Entramos a la habitación y ¡uf! El olor a sábanas frescas mezcladas con incienso de vainilla nos envolvió. La cama king size con espejos en el techo, luces tenues que pintaban todo de rojo pasión, y el jacuzzi burbujeando como invitándonos. Luis cerró la puerta y me jaló contra él. Su boca encontró la mía, besos hambrientos, lenguas danzando como en un son jalisciense. Sabía a cerveza y a menta, sus labios carnosos mordisqueando los míos.
Esto es lo que necesitaba, alguien que me prenda sin rodeos, que me haga sentir viva, deseada.
Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. Mi blusa voló al piso, y él se arrodilló, besando mi ombligo mientras subía la falda. Sentí su aliento caliente en mis piernas, el roce áspero de su barba incipiente contra mi piel suave. "Eres una diosa, Ana", murmuró, y yo gemí bajito cuando sus dedos rozaron mi tanga ya empapada. Lo empujé a la cama, queriendo tomar el control. Le quité la camisa, admirando su pecho moreno, marcado por el gym, con vello que me invitaba a recorrerlo con la lengua. Olía a hombre, a sudor limpio y loción barata pero sexy.
Nos desnudamos mutuamente, riendo cuando mi tacón se enredó en su pantalón. Cayó de espaldas, y yo me subí encima, frotándome contra su erección dura como fierro. "Neta, me traes loca, wey", le dije al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, agarrando mis nalgas con fuerza, amasándolas mientras yo lo montaba despacio, sintiendo su verga palpitar contra mi clítoris hinchado. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mixto con el gluglú del jacuzzi. Sudor perlando su frente, yo lamiendo las gotas saladas de su cuello.
La tensión crecía como tormenta en el Volcán de Colima. Bajé besando su torso, hasta llegar a su miembro tieso, venoso, pidiendo atención. Lo tomé en la boca, saboreando su pre-semen salado, chupando con hambre mientras él jadeaba "¡Ay, cabrona, qué rico!". Sus caderas se movían al ritmo de mi lengua, manos enredadas en mi pelo. Pero no quería que terminara aún; lo detuve, subiendo para besarlo profundo, compartiendo mi saliva con la suya.
Quiero que me follen como se merece una tapatía fogosa, sin prisas pero con todo el power.Lo guié al jacuzzi, el agua caliente envolviéndonos como abrazo líquido. Burbujas masajeando mi piel sensible, él detrás de mí, besando mi nuca mientras sus dedos exploraban mi coño resbaloso. Dos dedos adentro, curvados justo ahí, el punto G que me hacía arquear la espalda. Gemí fuerte, el eco rebotando en las paredes forradas de terciopelo. "Más, Luis, no pares, pendejito", le rogué, y él obedeció, su pulgar en mi clítoris girando como tornillo.
Me volteó, piernas abiertas en el borde, y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Dios! Llenándome completa, su grosor estirándome delicioso. Empezó lento, saliendo casi todo para volver profundo, cada embestida un plaf de agua y carne. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo nuestro sexo mezclado con cloro y deseo. Aceleró, mis tetas botando con cada golpe, pezones duros rozando su pecho. "¡Sí, así, fóllame duro!", gritaba yo, perdida en el placer. Él respondía con gruñidos animales, mordiendo mi hombro sin lastimarme, solo marcando territorio.
Cambié de posición, de rodillas en la cama ahora seca pero arrugada. Él atrás, jalándome el pelo suave, embistiéndome como toro en la plaza de toros. Sentía sus bolas chocando contra mi clítoris, el ardor subiendo por mi vientre.
Esto es puro fuego jalisciense, neta que explota todo adentro.Mi orgasmo llegó primero, un tsunami que me hizo temblar, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él no aguantó más: "¡Me vengo, Ana!", y se salió, eyaculando caliente sobre mi espalda, chorros espesos que corrían como lava.
Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Eso estuvo de pinche madre", dijo riendo bajito, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su piel.
Guadalajara sabe sorprenderte con noches así, intensas, sin compromisos pero con alma. Mañana quién sabe, pero esta noche en el Motel Pasion Guadalajara fue nuestra eternidad.
Nos duchamos lento, jabón deslizándose por curvas y músculos, besos perezosos bajo el agua tibia. Salimos abrazados, prometiendo un "hasta pronto" que sonaba a verdad. La ciudad nos esperaba afuera, con sus luces y su vida loca, pero yo me llevaba el recuerdo de su tacto, su sabor, esa pasión que quema y reconforta. Neta, qué chingonería de noche.