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Pasion como en Pelicula Mexicana

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Pasion como en Pelicula Mexicana

La lluvia caía a cántaros sobre las calles de la Ciudad de México, ese chubasco típico que te obliga a quedarte en casa con una cobija y algo que te prenda el ánimo. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, empapada hasta los huesos, cuando Javier me mandó un mensaje: "Nena, ponte cómoda, hoy toca noche de peli mexicana. Traje palomitas y chelas frías." Sonreí al leerlo. Javier siempre sabía cómo hacerme olvidar el pinche tráfico y el estrés del día.

Entré al depa, me quité los zapatos embarrados y lo encontré en el sillón, con la tele prendida en Netflix, buscando algo bien pasional. "¡Órale, güey! ¿Qué traes ahí?" le pregunté, mientras me secaba el pelo con una toalla. Él levantó la vista, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. "Pasion como en pelicula mexicana, carnala. Esta de los noventa, con besos que queman la pantalla y miradas que te dejan sin aliento." Era una clásica, de esas rancheras eróticas donde la protagonista se enreda con el galán en medio del desierto, pura telenovela subidita de tono.

Nos acurrucamos bajo la cobija, el olor a palomitas con chile y limón flotando en el aire, mezclado con su colonia fresca, esa que huele a madera y aventura. La peli empezó: música de mariachi de fondo, ella con un vestido rojo ceñido, él con camisa abierta mostrando el pecho moreno. Sus ojos se cruzaron en la pantalla y ¡pum!, la química explotó. Javier me apretó la mano, su palma cálida contra la mía, y sentí un cosquilleo que me subió por el brazo hasta el estómago.

¿Por qué carajos me pongo así con una simple película? Es él, neta. Javier me hace sentir como la reina de esas historias, deseada, viva.

En la pantalla, la pareja bailaba un vals pegadito, sus cuerpos rozándose al ritmo de la guitarra. Javier se acercó más, su aliento caliente en mi cuello. "¿Te late esta pasion de pelicula mexicana, amor?" murmuró, su voz ronca como el galán. Asentí, mordiéndome el labio, mientras su mano subía despacito por mi muslo, bajo la falda corta que me había puesto a propósito. El tacto de sus dedos ásperos, de tanto trabajar en construcción, me erizó la piel. Afuera, el trueno retumbó, pero adentro, el calor ya nos envolvía.

La escena se puso intensa: ella lo besaba con hambre, desabrochándole la camisa mientras la cámara hacía zoom en sus labios hinchados. Javier no se hizo de rogar. Me giró la cara y me plantó un beso profundo, su lengua explorando mi boca con sabor a chela y deseo. Gemí bajito, el sonido ahogado por el diálogo apasionado de la peli. Sus manos me quitaron la blusa, dejando mis tetas al aire, los pezones endurecidos por el fresco de la noche y su mirada hambrienta.

Esto es mejor que cualquier pasion de pelicula mexicana, pensé, mientras él lamía mi cuello, bajando hasta un pezón que chupó con delicadeza, luego con fuerza. El placer me recorrió como electricidad, mis caderas se movieron solas contra su pierna. "Estás mojada ya, ¿verdad, chula?" dijo, metiendo la mano en mi calzón. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. Olía a mi propia excitación, ese aroma dulce y salado que lo volvía loco.

Apagué la tele a medias, no necesitábamos más inspiración. Lo empujé al sillón, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través del pantalón. "Quítatelo todo, pendejo", le ordené juguetona, usando ese tono mandón que le gustaba. Él obedeció rápido, su polla saltando libre, gruesa y venosa, con la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Él gruñó, "Ay, wey, me vas a matar así."

Nos besamos de nuevo, salvajes, mordiéndonos los labios hasta que supieron a sangre dulce. Bajé por su pecho, lamiendo el sudor salado, llegando a su ombligo y más abajo. Lo tomé en mi boca, chupando la cabeza mientras mi lengua jugaba alrededor. Él se arqueó, sus manos enredadas en mi pelo, "¡Qué rico, Ana! No pares, neta." El sabor era adictivo, masculino, mezclado con el mío de antes. Lo mamé profundo, hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi paladar.

Pero quería más. Me levanté, me quité el calzón empapado y me senté en su cara, mi coño rozando sus labios. "Come, amor, hazme volar." Su lengua entró en mí como un rayo, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con succión perfecta. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta. Mis jugos le corrían por la barbilla, él los tragaba con gusto, sus manos amasando mis nalgas. Esto es pasion pura, como en esas peliculas mexicanas donde todo explota.

Me corrí temblando, las piernas flojas, gritando su nombre. Él me levantó como si no pesara, me puso de rodillas en el sillón y entró en mí de un solo empujón. "¡Sí, así, métemela toda!" jadeé. Su verga me llenaba, estirándome deliciosamente, cada embestida golpeando mi punto G. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros jadeos, el olor a sexo impregnando el aire. Sudábamos, resbalosos, sus bolas chocando contra mi clítoris.

Cambié de posición, él de pie detrás, jalándome el pelo suave mientras me cogía duro. Me siento poderosa, dueña de este placer. Le pedí que me diera nalgadas, leves, que ardían justo lo necesario. "Más rápido, Javier, hazme tuya." Él aceleró, gruñendo como animal, su mano bajando a frotarme el clítoris. El segundo orgasmo me golpeó como ola, contrayendo mi coño alrededor de su polla, ordeñándolo.

"Me vengo, nena", avisó, y lo saqué, apuntando a mi espalda. Su leche caliente salpicó mi piel, chorros espesos que corrían lentos. Colapsamos juntos, riendo entre jadeos, el corazón latiéndonos a mil. Me limpió con la cobija, besándome la frente.

Después, recostados, con la lluvia amainando afuera, pusimos la peli de nuevo. Pero ya no era lo mismo; nuestra propia pasión de película mexicana había sido mil veces mejor. Esto es lo que quiero siempre: él, yo, sin guion, solo nosotros. Javier me abrazó, susurrando "Te amo, chula. ¿Repetimos mañana?" Sonreí, sabiendo que sí, mil veces sí.

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