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Pasión de Gavilanes Capítulo 151 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 151 Fuego en la Sangre

La lluvia azotaba las ventanas de la casona en las afueras de Guadalajara, con ese golpeteo constante que hacía eco en el corazón de Jimena. Estaba recostada en el sillón de cuero viejo, con las piernas cruzadas sobre el otoman, vestida solo con una camisola de algodón ligera que se pegaba a su piel por la humedad del aire. Óscar, su hombre desde hace dos años, estaba a su lado, con el torso desnudo brillando bajo la luz parpadeante del televisor. Habían encendido la tele para distraerse de la tormenta, pero Pasión de Gavilanes capítulo 151 los había atrapado de inmediato.

En la pantalla, los amantes se miraban con esa intensidad que quema, sus cuerpos tensos como alambres a punto de romperse. Jimena sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía lento por sus muslos. Órale, estos gavilanes sí que saben de pasión, pensó, mordiéndose el labio inferior. El aroma a tierra mojada se colaba por las rendijas, mezclado con el perfume masculino de Óscar, ese olor a jabón y sudor fresco que siempre la ponía nerviosa.

Óscar giró la cabeza, sus ojos oscuros clavados en ella. ¿Qué pasa, mami? Te veo toda inquieta, dijo con voz grave, su mano grande posándose en su rodilla. El toque fue eléctrico, como si la tormenta se hubiera metido en su piel. Jimena no respondió de inmediato; en cambio, apretó los dientes y miró la tele, donde la pareja del capítulo se besaba con hambre, las lenguas danzando en una promesa de más.

¡Neta, este Pasión de Gavilanes capítulo 151 me está prendiendo como leña seca! ¿Por qué carajos no puedo ser yo la que se come a su galán así?

Acto primero de su propia historia: el deseo inicial, crudo y sin nombre. Óscar rio bajito, un sonido ronco que vibró en el pecho de Jimena. Si quieres fuego, aquí lo tienes, chula, murmuró, deslizando la mano por su muslo suave, subiendo hasta el borde de la camisola. Ella jadeó, el aire espeso cargado de electricidad. Afuera, un trueno retumbó, pero dentro, el pulso de Jimena latía más fuerte.

El episodio avanzaba, con sus giros dramáticos y miradas cargadas de promesas rotas, pero Jimena ya no veía la pantalla. Sentía las yemas ásperas de Óscar rozando su piel, trazando círculos lentos que la hacían arquear la espalda. No seas pendejo, no me tientes así, susurró ella, pero su cuerpo la traicionaba, abriendo las piernas apenas un poco. Él se acercó, su aliento caliente contra su cuello, oliendo a tequila de la cena y a hombre listo para cazar.

Se besaron entonces, un beso que empezó suave, como el roce de alas de gavilán, pero pronto se volvió feroz. Las lenguas se enredaron, saboreando el dulzor de la boca del otro, salado por el sudor incipiente. Jimena metió las manos en su cabello revuelto, tirando suave para guiarlo. Te quiero adentro, ya, cabrón, pensó, mientras sus pechos se aplastaban contra el pecho duro de él. El sonido de la lluvia se mezclaba con sus respiraciones agitadas, un ritmo primitivo que aceleraba todo.

Óscar la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la piel morena. La llevó al cuarto, dejando un rastro de ropa tirada: la camisola de ella volando al piso, los boxers de él enganchados en una lámpara. La cama king size los recibió con sábanas frescas de hilo egipcio, contrastando con el calor que emanaba de sus cuerpos. Jimena se tendió, expuesta, su piel erizada por el aire fresco y la anticipación. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía loco.

Despacio, wey, hazme sufrir rico, le rogó en voz baja, mientras sus dedos se hundían en las sábanas. Óscar obedeció, lamiendo con lengua experta, saboreando su humedad salada y dulce a la vez. Ella gimió, un sonido gutural que rebotó en las paredes de adobe. Cada roce de su barba incipiente contra su piel sensible era fuego puro, enviando ondas de placer hasta la punta de sus dedos. El trueno afuera parecía aplaudir su entrega.

La tensión crecía como la tormenta: besos que mordían, manos que exploraban sin prisa pero con hambre. Óscar subió, capturando un pezón rosado con la boca, chupando hasta que Jimena arqueó la cadera, frotándose contra su verga dura, palpitante. Estás mojada como el pinche río, mi reina, gruñó él, su voz ronca de deseo. Ella rio, juguetona, Es por ti, pendejo, siempre me pones así de chingona. Sus uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba, marcas de posesión mutua.

En el clímax del medio acto, se giraron, ella encima ahora, empoderada. Montó su cadera, guiando su verga gruesa hacia su entrada resbaladiza. El primer empujón fue lento, exquisito, estirándola hasta el límite. ¡Ay, cabrón, qué rico te sientes! exclamó, mientras bajaba centímetro a centímetro, envolviéndolo en su calor apretado. Óscar jadeó, sus manos en sus caderas redondas, guiándola en un ritmo que empezó pausado, como un vals ranchero, pero pronto se volvió salvaje, piel contra piel chocando con palmadas húmedas.

El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, fluidos, esa esencia primal que los unía. Jimena cabalgaba con furia, sus pechos rebotando, el cabello negro pegado a la frente. Él la miraba embobado, Eres mi gavilana, mi pasión viva, murmuró, recordando el capítulo que los había encendido. Ella aceleró, el placer acumulándose en su bajo vientre como una ola a punto de romper. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados, ¡Más fuerte, Óscar, rómpeme!

La liberación llegó como el trueno final. Jimena se tensó, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, un orgasmo que la dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos. Óscar la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Colapsaron juntos, un enredo sudoroso de miembros y suspiros.

En el afterglow, la lluvia amainaba, dejando un goteo suave. Jimena apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido acelerado que se calmaba poco a poco. Su piel pegajosa olía a ellos, a victoria compartida.

Este Pasión de Gavilanes capítulo 151 fue el detonante perfecto, pero lo nuestro es real, carnal, eterno
, pensó, trazando círculos en su abdomen con el dedo.

Óscar la besó en la frente, suave ahora, tierno. Te amo, Jimena, más que cualquier telenovela, dijo, y ella sonrió, sabiendo que era verdad. La noche los envolvió en paz, con el eco de su pasión resonando en cada rincón de la casona. Mañana sería otro día, pero esta entrega los había marcado para siempre, un capítulo propio de fuego en la sangre.

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