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Noche de Pasion Imagenes Sensuales

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Noche de Pasion Imagenes Sensuales

La luz tenue del atardecer se filtraba por las cortinas de encaje en el departamento de Marco, en la colonia Roma. El aroma a jazmín del jardín de abajo subía mezclado con el humo ligero de su cigarro electrónico, sabor a vainilla. Yo, sentada en el sofá de piel suave, sentía el cosquilleo en la piel cada vez que sus ojos cafés me recorrían. Éramos carnales desde hace meses, pero esta noche tenía algo especial. Neta, el corazón me latía como tamborazo en fiesta.

¿Por qué carajos me pongo así con este wey? Su sonrisa pícara me deshace.
Pensé mientras tomaba un sorbo de mi mezcal con sal de gusano, el sabor ahumado quemándome la garganta.

Marco se acercó, su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho. "Mira esto, mi reina", dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Sacó su celular y abrió una carpeta: noche de pasion imagenes. Eran fotos artísticas, cuerpos entrelazados en sombras, curvas brillando bajo luces neón, besos que parecían eternos. "Las tomé en un viaje a Playa del Carmen, pensando en ti", murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

El deseo se encendió como chispa en gasolina. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa de seda, y entre las piernas sentí esa humedad traicionera. "Qué chido, carnal. Muéstrame más", le pedí, mi voz ya temblorosa. Él se sentó a mi lado, su muslo fuerte rozando el mío. Pasábamos las imágenes una a una: una mujer arqueada de placer, un hombre lamiendo piel salada, sombras de manos explorando. Cada foto avivaba mi imaginación, como si fuéramos nosotros en esa noche de pasion imagenes.

Acto primero de nuestra propia película. Nuestros dedos se rozaron en la pantalla, y de pronto su mano subió por mi muslo, suave pero firme. "Estás caliente, ¿verdad?", susurró. Asentí, mordiéndome el labio. El sonido de la ciudad allá abajo —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se mezclaba con mi respiración agitada. Lo besé primero, mis labios saboreando el mezcal en su boca, su lengua invadiendo con hambre contenida.

Nos levantamos, tropezando un poco con la mesita, riendo como pendejos enamorados. "No seas mamón, quítate la ropa ya", le dije juguetona, tirando de su camisa. Su piel olía a colonia fresca, cítrica, con ese sudor ligero de anticipación. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro: el cuello, donde mi pulso galopaba; los hombros, erizándose; los senos, donde chupó mis pezones hasta que gemí bajito, órale qué rico.

En el cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas al tacto. La luna llena entraba por el ventanal, pintando nuestras sombras en la pared. Marco me recostó, sus manos grandes masajeando mis caderas, bajando a mi entrepierna. "Estás bien mojadita, mi amor", dijo con picardía mexicana, sus dedos deslizándose por mis labios hinchados. El sonido húmedo de su roce me volvía loca, y el olor a mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce.

Esto es lo que necesitaba, una noche sin prisas, solo piel y fuego.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Él se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente anunciando lo que venía. Lamidas lentas al principio, circundando mi clítoris con la lengua áspera, saboreándome como si fuera el mejor taco al pastor. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros. "¡Sí, así, no pares, pendejo!" grité entre jadeos. Él aceleró, chupando con hambre, dos dedos dentro de mí curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Mi cuerpo se arqueaba, caderas moviéndose solas, el placer subiendo en oleadas.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia arriba, volteándolo como luchadora. "Ahora yo, wey". Su verga dura saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. La lamí desde la base, saboreando su sal marina, hasta meterla en mi boca profunda. Él gruñó, ¡carajo!, sus manos enredadas en mi pelo. Chupaba ritmada, lengua jugando en el glande, oyendo sus jadeos roncos que me empapaban más.

La intensidad subía. Nos pusimos de lado, él detrás, frotando su verga contra mi culo redondo. "Entra despacito", le pedí. Deslizó la cabeza, abriéndome centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemando rico. Empujó hondo, llenándome, y empezamos a movernos. El slap-slap de carne contra carne, sudor resbalando, olores mezclados de sexo puro. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones; la mía bajando a frotarme mientras él me chingaba fuerte.

Qué conexión, carnal, como si leyera mi mente. Pensaba entre thrusts profundos. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina azteca. Sus ojos fijos en mis pechos rebotando, mis caderas girando en círculos lentos luego rápidos. "¡Muévete así, mi vida, qué rico tu panocha!" gemía él. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, visión nublándose. "¡Me vengo, Marco!" grité, explotando en espasmos, jugos chorreando por su verga.

Él no tardó, volteándome a misionero para mirarnos a los ojos. Tres embestidas brutales y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cara contorsionada en éxtasis. Rugió mi nombre, cuerpo temblando contra el mío.

El afterglow fue puro paraíso. Acurrucados, piel pegajosa de sudor enfriándose, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves, risas cansadas. "Esa fue nuestra noche de pasion imagenes", dijo él, besándome la frente. Agarró el celular y tomó una foto nuestra así, enmarañados, sonrientes.

Imágenes que guardaré para siempre, no solo en el teléfono, sino en el alma.

La ciudad dormía afuera, pero nosotros flotábamos en esa burbuja de paz. Mañana volvería la rutina, pero esta noche nos cambió. Sentí su mano en mi cintura, posesiva y tierna. Neta, qué chingón es el amor así, crudo y sensual.

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