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El Final de la Pasión de Cristo

7437 palabras

El Final de la Pasión de Cristo

En el corazón de un pueblo mexiquense durante la Semana Santa, el aire estaba cargado de incienso y murmullos devotos. Sofia caminaba por las calles empedradas de Tepoztlán, con el vestido blanco de María Magdalena ondeando al viento tibio de abril. El sol se ponía tiñendo el cielo de rojos intensos, como sangre derramada, y el olor a cempasúchil fresco se mezclaba con el humo de las fogatas que los vecinos encendían para las procesiones. Ella era la elegida para el drama de La Pasión de Cristo, esa obra que cada año reunía a todo el pueblo en la plaza principal.

Sofía sentía un cosquilleo en la piel cada vez que ensayaba. Diego, el hombre que interpretaba a Jesús, era un tipo alto, moreno, con ojos negros que parecían arder como brasas. Venía de la Ciudad de México, un actor profesional que aceptó el papel por diversión, pero desde el primer ensayo, sus miradas se cruzaban con una electricidad que no tenía nada de santa.

¿Por qué carajos me mira así? Como si quisiera comerme viva
, pensaba ella mientras él cargaba la cruz de madera falsa, sus músculos tensándose bajo la túnica raída.

—Órale, Magdalena, no te quedes atrás —le dijo Diego esa tarde, con esa voz grave que le erizaba la piel—. En la escena del ungüento, tienes que tocarme como si fuera lo último que haces en la vida.

Sofía se acercó, sus dedos temblorosos rozando el pecho desnudo de él, fingiendo untar el aceite perfumado. El aroma a jazmín del aceite se fundió con el sudor salado de su piel, y ella juró que sintió su corazón latiendo como tambor bajo su palma. El pueblo entero los observaba desde las bancas improvisadas, pero en ese momento, solo existían ellos dos. Esa noche, después del ensayo, se quedaron solos en la sacristía. El silencio era roto solo por el eco distante de las campanas.

—Diego, esto del final de la Pasión de Cristo me pone nerviosa —confesó ella, sentándose en un banco de madera pulida—. La crucifixión, el velo del templo... es heavy.

Él se acercó, su aliento cálido oliendo a café y tabaco. Su boca tan cerca, güey, no me tientes, pensó Sofía. —No es heavy, es pasión pura. Como la que siento cuando te veo moverte —murmuró él, rozando su mejilla con los nudillos ásperos.

Acto primero del deseo: un beso robado, labios suaves chocando con hambre contenida. Sus lenguas se enredaron, saboreando el dulzor de las chicles de tamarindo que ella masticaba. Las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando su cintura, y Sofía gimió bajito, sintiendo el calor subirle desde el vientre.

Al día siguiente, la plaza bullía con miles de velas parpadeantes. El olor a velas de parafina quemada y flores marchitas impregnaba el aire. La obra comenzó: Jesús azotado, coronado de espinas. Sofía, como Magdalena, lloraba lágrimas reales mientras besaba los pies heridos de Diego, su lengua rozando la piel salada en un gesto que el público aplaudía como devoción, pero que para ella era puro fuego. Quiero lamerte entero, pendejo, se dijo en silencio, mientras el público coreaba oraciones.

Durante el juicio ante Pilatos, Diego encadenado, ella se arrodilló a su lado, susurrándole al oído: —Esta noche, después del final de la Pasión de Cristo, seremos libres. El sudor de su cuello sabía a sal y victoria cuando lo besó en la mejilla, como mandaba el libreto.

La tensión crecía como la marea. En el intermedio, escondidos tras el telón negro, sus cuerpos se pegaron. Las manos de Sofía exploraron el bulto endurecido bajo la túnica de él, sintiendo el pulso acelerado de su verga contra su palma. —Qué chingón te sientes —jadeó ella, mientras Diego lamía su cuello, mordisqueando la piel sensible. El sonido de la multitud retumbaba, pero ellos solo oían sus respiraciones entrecortadas, el roce de telas húmedas de sudor.

El acto central de la escalada: la subida al Calvario. Diego cargaba la cruz pesada, gruñendo con esfuerzo real, venas hinchadas en sus brazos. Sofía lo seguía, su corazón martilleando.

Esto es mi calvario, carnal, verte sufrir y no poder follarte ya
. Al clavar los clavos falsos, sus dedos se rozaron, y ella sintió una descarga que le mojó las bragas. El público gemía con la escena, pero el verdadero drama era el de ellos: miradas cargadas de promesas sucias.

La noche caía cuando llegó el final de la Pasión de Cristo. Jesús muerto en la cruz, el terremoto fingido con tambores, el velo rasgado. Sofía, deshecha en llanto escénico, besó la frente fría de Diego. Pero sus ojos le decían: Ahora sí, puta madre, ahora es nuestro final.

La multitud se dispersó entre aplausos y rezos, pero ellos corrieron hacia la capilla abandonada al borde del pueblo. La puerta crujió al abrirse, revelando un interior fresco, olor a madera vieja y cera fría. Velas apagadas en el altar, sombras danzando con la luna que se colaba por las vidrieras.

Diego la empujó contra la pared, sus bocas chocando con furia. —Te quiero desde el primer ensayo, Magdalena mía —gruñó, arrancándole el vestido blanco. Los pechos de Sofía saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los chupó con avidez, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo alto. Su lengua es el paraíso, órale qué rico.

Las manos de ella bajaron, desatando la túnica de él. Su verga saltó erecta, gruesa y venosa, palpitando con calor. Sofía la tomó, masturbándola lento, sintiendo la piel suave deslizarse sobre el acero debajo. —Métemela ya, Diego, no aguanto —suplicó, mientras él la levantaba, piernas enroscadas en su cintura.

La penetró de un golpe seco, llenándola hasta el fondo. El sonido de carne contra carne resonó en la capilla, mezclado con sus jadeos. Qué panocha tan chida tienes, pensó él, embistiéndola fuerte, el sudor chorreando entre sus cuerpos. Sofía clavó las uñas en su espalda, oliendo su aroma macho, a tierra y deseo. Cada estocada era un latido, el roce de su clítoris contra el vello púbico de él enviando chispas por su espina.

Cambiaron: ella encima, cabalgándolo en el suelo frío de lajas. Sus caderas giraban, exprimiéndolo, mientras él amasaba sus nalgas, metiendo un dedo juguetón en su ano apretado. —¡Ay, cabrón, sí! —gritó ella, el orgasmo construyéndose como tormenta. El sabor de su piel en su boca, salado y dulce, la volvía loca.

La intensidad subió: Diego la puso a cuatro patas frente al altar, follándola desde atrás con embestidas brutales pero cariñosas. El slap-slap de sus bolas contra su clítoris era música profana.

Esto es mi resurrección, el verdadero final de la Pasión
. Sofía se corrió primero, un grito gutural escapando mientras su coño se contraía en espasmos, jugos calientes empapando sus muslos.

Él la siguió, gruñendo como animal, llenándola de leche caliente que goteaba por sus piernas. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, el aire pesado con olor a sexo y jazmín marchito.

En el afterglow, tendidos en el suelo, Diego la besó suave. —Fue mejor que cualquier obra —dijo, acariciando su cabello revuelto.

Sofía sonrió, el corazón lleno. El final de la Pasión de Cristo no fue muerte, fue esto: vida pura, chingona. Afuera, el pueblo dormía en paz, pero ellos habían renacido en éxtasis.

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