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Pasion Salvaje Novela

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Pasion Salvaje Novela

El sol de Cancún se ponía como un fuego naranja sobre el mar Caribe, tiñendo las olas de un brillo hipnótico que me hacía sentir viva, neta. Yo, Ana, acababa de llegar a esa playa privada de un resort chido, con mi vestido ligero ondeando al viento salado. Había dejado el estrés de la Ciudad de México atrás, buscando un poco de aventura. La arena tibia se colaba entre mis dedos de los pies, y el olor a coco y mar me envolvía como un abrazo húmedo. Música de cumbia rebeldía sonaba desde los altavoces, haciendo que las caderas de la gente se movieran al ritmo.

Allí lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble del bueno. Estaba recargado en una palmera, con una cerveza fría en la mano, sus ojos cafés escaneando la playa como si buscara su próxima conquista. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila que acababa de pedir ya me estuviera haciendo efecto. Órale, qué chulo, pensé, mientras me acercaba a la barra, fingiendo casualidad.

—¿Qué onda, guapa? ¿Primera vez aquí? —me dijo con esa voz ronca, acento tapatío que me erizaba la piel.

—Simón, wey. Vengo a desconectarme. Tú pareces de los que saben dónde está la buena fiesta —le contesté, coqueteando con la mirada.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Él era arquitecto, yo diseñadora gráfica; coincidencias que fluían como el ron en nuestros vasos. Su mano rozó la mía al pasarme la sal para los cacahuates, y ese toque eléctrico me hizo imaginar cosas que no le cuento ni a mi mejor amiga. El aire olía a su colonia mezclada con sudor fresco, un aroma macho que me aceleraba el pulso.

Esto podría ser el inicio de una pasion salvaje novela, de esas que lees a escondidas y te dejan jadeando, se me pasó por la mente mientras bailábamos pegaditos bajo las luces de neón.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como la marea. Sus manos en mi cintura, guiándome en un perreo suave, su aliento caliente en mi cuello. Sentía su dureza presionando contra mí, y no pude evitar morderme el labio. No seas pendeja, Ana, déjate llevar.

Nos escapamos del bullicio hacia su suite en el resort, el camino iluminado por antorchas tiki que crepitaban y lanzaban sombras danzantes. El viento traía el rumor constante de las olas chocando, un fondo perfecto para lo que venía. Adentro, la habitación era puro lujo: cama king size con sábanas de algodón egipcio, balcón abierto al mar. Javier cerró la puerta con un clic suave, y se giró hacia mí, sus ojos ardiendo.

—Te juro que desde que te vi, no pienso en otra cosa —murmuró, acercándose lento, como un depredador juguetón.

Lo empujé contra la pared, tomando el control. Mis labios chocaron con los suyos en un beso hambriento, saboreando la sal de su piel y el dulzor de la cerveza. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, explorando con dedos firmes pero tiernos. Gemí bajito cuando rozó mi ropa interior ya húmeda, el calor entre mis piernas palpitando como un tambor.

Me quitó el vestido de un tirón, dejando al aire mis tetas firmes bajo el bra de encaje. Él se desabrochó la camisa, revelando un pecho marcado por el gym, vello oscuro que bajaba hasta su abdomen. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, bajando hasta su pantalón. Lo desabroché con dientes, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó lista para mí. Chin, qué pedazo de hombre.

La tomé en mi boca, chupando lento al principio, saboreando su gusto almizclado, el precum salado en mi lengua. Javier gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. —Mamacita, qué rico la chupas — jadeó, su voz entrecortada por el placer. El sonido de mis labios resbalando, sus gemidos roncos, llenaban la habitación, mezclados con el lejano romper de olas.

Me levantó como si no pesara, tirándome a la cama. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que dolían rico. Lamió mis pezones duros, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, frotando el clítoris en círculos que me volvían loca. Olía a sexo, a nosotrxs, ese aroma crudo y dulce de excitación.

Esto es pasion salvaje novela pura, el tipo de historia que te hace correrme solo de leerla, pensé mientras él lamía mi interior, su lengua danzando como fuego líquido.

Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso de su verga llenándome hasta el fondo. Nos movimos en ritmo perfecto, piel contra piel sudorosa, el slap slap de nuestros cuerpos chocando. Mis uñas en su espalda, arañando leve, su boca en mi oreja susurrando guarradas: —Te sientes tan chingona, Ana, apriétame más.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Él aceleró, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Grité cuando exploté, temblores eléctricos recorriéndome, jugos chorreando. Javier se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como animal.

Quedamos jadeantes, enredados en las sábanas revueltas, el ventilador zumbando sobre nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El mar susurraba afuera, trayendo brisa fresca que secaba nuestro sudor. Lo besé en la frente, oliendo su pelo húmedo.

Neta, eso fue épico —dijo riendo bajito, trazando círculos en mi vientre con el dedo.

—Simón, como sacado de una pasion salvaje novela. Pero esta es nuestra, wey —le respondí, sintiendo una paz profunda, empoderada por haber tomado lo que quería sin culpas.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de sueños, riendo de chistes pendejos. No prometimos nada eterno, pero esa noche nos cambió. Salí de ahí con el cuerpo adolorido en el mejor sentido, el sabor de él en mis labios, y la certeza de que la vida real puede ser más caliente que cualquier fantasía. El sol salió rosado, prometiendo más aventuras, y yo caminé por la playa con una sonrisa que no se borraba.

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