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Cañaveral de Pasiones Cap 10 Fuego Dulce en la Caña Ardiente

6726 palabras

Cañaveral de Pasiones Cap 10 Fuego Dulce en la Caña Ardiente

Ana caminaba entre las altas varas de caña, el sol del mediodía en Veracruz quemando su piel morena como un beso insistente. El aire estaba cargado de ese olor dulce y terroso que solo un cañaveral sabe dar, mezclado con el sudor de los cortadores que trabajaban a lo lejos. Llevaba una blusa ligera pegada al cuerpo por la humedad, y su falda floreada ondeaba con la brisa caliente. Hacía semanas que no veía a Javier, su amor secreto, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Neta, pensó, este cañaveral de pasiones cap 10 que vivo en mi cabeza ya me tiene al borde.

El zumbido de las cigarras era como un coro erótico, anunciando la tormenta que se avecinaba en su interior. Recordaba la última vez, en esa misma caña, cómo sus manos callosas habían explorado cada curva de su cuerpo, arrancándole gemidos que se perdían en el viento. Pero hoy era diferente; habían peleado por celos tontos, él acusándola de coquetear con el capataz. Pendejo, se dijo Ana sonriendo, si supiera que solo lo quiero a él.

¿Y si no viene? ¿Y si me deja plantada aquí como una tonta?

De pronto, un crujido entre las varas la hizo girar. Ahí estaba Javier, alto y fuerte, con su camisa abierta dejando ver el pecho bronceado y sudoroso. Sus ojos negros brillaban con esa hambre que ella conocía tan bien.

—Ana, mi reina —dijo con voz ronca, acercándose despacio—. No aguanté más. Te extrañé tanto que duele.

Ella se mordió el labio, el corazón latiéndole como tambor en fiesta. —Órale, Javier, ¿y tus celos de mierda? —lo retó, pero su cuerpo ya se inclinaba hacia él.

Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra su dureza. El contacto fue eléctrico; su piel ardía contra la de ella, oliendo a tierra, caña y hombre puro. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a jugo de caña y deseo reprimido. Ana sintió sus manos subir por su espalda, desatando la blusa con maestría.

Acto primero: la reconciliación en el corazón del cañaveral. La tensión inicial se disipaba como niebla al sol, pero el fuego apenas comenzaba.

Javier la recostó sobre un lecho de hojas secas y cañas caídas, suaves como una cama improvisada. El sol filtrándose entre las varas pintaba rayas doradas en su piel desnuda. Ana jadeaba, el aroma de su excitación mezclándose con el dulzor ambiental. Él besaba su cuello, bajando lento por el valle de sus senos, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel.

Qué rico sabes, mi amor —murmuró él, succionando un pezón endurecido. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta como un suspiro del viento.

Esto es lo que necesitaba, su boca en mí, borrando todo lo malo. Neta, este wey me enloquece.

Sus manos expertas desabrocharon la falda, revelando sus bragas húmedas. Javier las deslizó con delicadeza, inhalando profundo su esencia femenina, ese olor almizclado que lo volvía loco. Ana separó las piernas, invitándolo con la mirada. Él se arrodilló, su aliento caliente rozando su centro palpitante.

La lengua de Javier era fuego líquido; lamía despacio, saboreando cada pliegue, chupando su clítoris con devoción. Ana se retorcía, las manos enredadas en su pelo negro, el sonido de su succión húmeda uniéndose al coro de la caña. ¡Ay, Dios! ¡Qué chingón! pensó, las caderas moviéndose al ritmo de su placer creciente.

Pero no quería acabar así; lo quería dentro. Lo jaló hacia arriba, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor y la dureza, la piel suave sobre el acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos, gimiendo su nombre.

—Te necesito ya, Javier —suplicó ella, guiándolo a su entrada resbaladiza.

Él empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placer que la hacía gritar bajito. Se movieron juntos, al principio suave, como olas del Golfo, el slap de piel contra piel resonando en el cañaveral.

El acto segundo escalaba: la intensidad crecía con cada embestida. Javier aceleró, sus caderas chocando fuertes, sudando sobre ella. Ana clavaba las uñas en su espalda, oliendo su aroma masculino mezclado con el de la caña machacada bajo ellos. Sus pechos rebotaban al ritmo, pezones rozando su pecho velludo.

Siento su verga tan adentro, tocando mi alma. Este cañaveral de pasiones cap 10 es nuestro, solo nuestro. No pares, mi rey, hazme tuya para siempre.

Él la volteó, poniéndola a cuatro patas entre las varas. Desde atrás, la penetró profundo, una mano en su cadera, la otra masajeando su clítoris. Ana empujaba hacia él, el ángulo perfecto rozando su punto G con cada golpe. El sudor chorreaba, goteando en su espalda, el aire lleno de sus jadeos y el crujir de la caña testigo muda.

¡Más duro, cabrón! —gritó ella, perdida en el éxtasis.

Javier obedeció, follando con pasión animal, sus bolas golpeando su culo redondo. El orgasmo la alcanzó como rayo, un estallido de luz y placer que la hizo convulsionar, chorros de humedad empapando sus muslos. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a esa unión perfecta.

Él no tardó; con un rugido gutural, se vació dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

En el acto tercero, el afterglow envolvía el cañaveral como crepúsculo suave. Javier la abrazó por detrás, besando su hombro salado. Ana sentía su semen goteando lento, un recordatorio íntimo de su unión. El sol bajaba, tiñendo las cañas de naranja y rojo, como su pasión consumada.

—Perdóname, mi vida —susurró él, acariciando su vientre—. No quiero perderte nunca.

Ella giró, besándolo tierno. —Neta, Javier, eres todo para mí. Este lugar, este momento... es nuestro paraíso.

En este cañaveral de pasiones cap 10, encontramos nuestro hogar. Mañana será cap 11, y así hasta el infinito.

Se vistieron despacio, risas compartidas, promesas susurradas. Caminaron de la mano entre las varas, el dulzor persistiendo en su piel y almas. El viento llevaba sus suspiros lejos, pero el fuego ardía eterno en ellos. Ana sonrió al cielo, sabiendo que el próximo capítulo sería aún más intenso.

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