Relatos
Inicio Erotismo Laberintos de Pasión con Pedro Fernández Laberintos de Pasión con Pedro Fernández

Laberintos de Pasión con Pedro Fernández

6434 palabras

Laberintos de Pasión con Pedro Fernández

El estadio estaba a reventar, el aire cargado de ese olor a sudor mezclado con perfume barato y emoción pura. Yo, sentada en la primera fila, sentía el corazón latiéndome como tambor ranchero mientras Pedro Fernández salía al escenario. Qué hombre, pensé, con esa voz grave que me erizaba la piel y esos ojos que parecían devorar a cada chava en el público. Cuando entonó Laberintos de Pasión, su canción que tanto me gustaba, el mundo se detuvo. Las luces rojas bailaban sobre su camisa ajustada, marcando cada músculo de su pecho, y yo juraba que me cantaba a mí. "En los laberintos de pasión, me pierdo sin ti", cantaba, y neta, sentí un calor subiéndome por las piernas.

Al final del concierto, gané un pase para el meet and greet. ¡Órale, qué chido! Me arreglé el escote del vestido rojo que me ceñía como segunda piel, oliendo a mi perfume de vainilla que tanto les gustaba a los galanes. Ahí estaba él, Pedro Fernández en persona, sudado y radiante, firmando autógrafos con esa sonrisa pícara. Cuando llegué a su lado, me miró de arriba abajo y dijo: "

¡Vaya, preciosa, pareces salida de mis sueños más calientes!
" Su voz ronca me mojó al instante. Le respondí con una guiñada: "Pedro, tus laberintos de pasión me tienen perdida desde hace rato". Se rio, carnal, y me pasó su número en una servilleta. "Llámame después, güeyita. Vamos a explorar esos laberintos juntos".

Esa noche, en mi depa en Polanco, no pegué ojo. El teléfono vibró con su mensaje: "Ven al hotel, suite presidencial. No tardes, que ya te extraño". Me vestí con un conjunto negro de encaje que dejaba poco a la imaginación, el corazón retumbándome en las sienes. El taxi olía a ciudad nocturna, a tacos de la esquina y lluvia fresca. Llegué al lobby del hotel, lujoso con mármol y luces tenues, y subí en el elevador sintiendo el pulso acelerado, el roce de la tanga contra mi piel húmeda.

Él abrió la puerta en bata de seda, el pecho moreno asomando, oliendo a colonia cara y hombre excitado. "

Entra, mi reina
", murmuró, jalándome adentro. La suite era un sueño: vistas a Reforma, champaña enfriándose, velas parpadeando con aroma a jazmín. Nos sentamos en el sofá de piel suave, nuestras piernas rozándose. Hablamos de todo: de sus giras, de cómo su música me ponía cachonda en las noches solas. Sus ojos se clavaban en mis labios, y yo sentía su calor irradiando. "Pedro, neta que eres el pendejo más guapo que he visto", le dije juguetona, y él se acercó, su aliento cálido en mi cuello.

El primer beso fue fuego puro. Sus labios carnosos sabían a tequila añejo y deseo reprimido, su lengua explorando la mía con urgencia. Gemí bajito cuando sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome para sentarme en su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mí, gruesa y lista, a través de la bata. "

Te quiero desde que te vi allá abajo, gritando mi nombre
", ronroneó, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. El sonido de su voz grave me hacía temblar, el roce de su barba incipiente raspando mi piel sensible.

Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro que dejaba al descubierto. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué chingonas", gruñó, chupándolas con avidez, su lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. Olía a su sudor limpio, a sexo inminente. Mis manos bajaron a su bata, abriéndola para revelar ese cuerpo esculpido, la verga erguida palpitando, venosa y reluciente de anticipación. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él jadeó: "

¡Ay, cabrona, me vas a matar!
"

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. "

Deja que te coma entera
", susurró, y su boca se hundió en mi concha empapada. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios con sonidos húmedos que llenaban la habitación. Gemí fuerte, agarrando sus cabellos negros, el olor de mi propia excitación mezclándose con su colonia. "¡Pedro, no pares, pendejo!", suplicaba, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda.

Pero él quería más. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas, hasta que sentí sus dedos lubricados jugando en mi ano, masajeando con cuidado. "

¿Te late por atrás, mi amor?
" Asentí, empoderada y lista. Me penetró lento, primero con un dedo, luego dos, preparándome mientras yo me tocaba el clítoris. Finalmente, su verga gruesa entró en mi culo, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente y delicioso. Grité de placer, el dolor convirtiéndose en éxtasis puro. Él empujaba rítmicamente, sus bolas golpeando mi piel, sudando sobre mí, sus gruñidos roncos en mi oído: "¡Qué rico te sientes, tan apretada!"

Cambié de posición, montándolo como amazona. Su polla en mi coño ahora, profundo y lleno, mis tetas rebotando con cada vaivén. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, mis jugos corriendo por sus muslos. Él me amasaba las nalgas, pellizcando, mientras yo cabalgaba más rápido, sintiendo el orgasmo construyéndose como tormenta. "

¡Córrete conmigo, Pedro!
", jadeé, y él obedeció, su verga hinchándose dentro de mí, chorros calientes llenándome mientras yo explotaba en espasmos, el mundo volviéndose blanco, el olor a semen y sudor impregnando todo.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Él me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi pelo. "Laberintos de pasión Pedro Fernández, eso es lo que somos tú y yo", murmuró riendo bajito, refiriéndose a su canción que sonaba de fondo en la bocina. Yo sonreí, sintiendo su semen goteando entre mis piernas, el cuerpo laxo y satisfecho. En ese momento, no había fama ni fans, solo nosotros dos, conectados en el afterglow más dulce.

Al amanecer, con el sol pintando Reforma de dorado, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más noches en esos laberintos. Salí del hotel con las piernas flojas, el sabor de él en mi boca, sabiendo que había vivido la pasión más intensa de mi vida. Neta, Pedro Fernández no defrauda.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.