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Cuando La Pasión Se Acaba (1)

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Cuando La Pasión Se Acaba

Me llamo Ana, y en estos últimos meses, la rutina se había comido viva la chispa que Carlos y yo teníamos. Vivíamos en un departamento chido en la Roma, con vistas a los jacarandas que se mecían con el viento fresco de la noche. Pero la pasión se acaba, ¿verdad? Eso pensaba yo mientras me veía en el espejo del baño, pasándome crema por las curvas que aún me ponían a mil. Mis tetas firmes, mi culo redondo que Carlos solía morder como si fuera tamalito de olla. Neta, ya no me tocaba como antes. Las cenas eran silenciosas, el sexo un trámite rápido antes de caer rendidos. Pero esta noche, no. Esta noche iba a recordarle al pendejo ese lo que se estaba perdiendo.

Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, solo un tanguita de encaje que rozaba justo donde dolía de ganas. El aroma de mi perfume, jazmín y vainilla, flotaba en el aire como una promesa pecaminosa. Preparé la sala: velas parpadeando su luz ámbar sobre la mesa con tequilas reposados y limones frescos. Sonaba fondo un bolero suave de Agustín Lara, esa voz ronca que te eriza la piel. Escuché la llave en la puerta y mi corazón dio un brinco. Ahí venía mi hombre, con su camisa blanca arremangada, el olor a colonia varonil mezclándose con el sudor del día en la oficina.

"¿Qué onda, mi amor? ¿Celebramos algo?", dijo Carlos, dejando su mochila en el suelo, sus ojos oscuros recorriéndome como si me viera por primera vez en años.

Sonreí, caminando despacio hacia él, mis caderas balanceándose al ritmo de la música. "Hoy no, carnal. Hoy revivimos lo nuestro." Lo tomé de la mano, piel contra piel, ese calor que subía como fuego desde las yemas de sus dedos. Lo senté en el sofá, sirviéndole un trago. Me senté en su regazo, sintiendo su verga endurecerse bajo mis nalgas. "Últimamente siento que la pasión se acaba, ¿tú no?", le susurré al oído, mi aliento caliente rozando su lóbulo. Él tragó saliva, sus manos grandes apretándome las caderas.

"¿Qué? Neta, Ana, no digas eso. Solo he estado estresado, wey."

Pero yo no lo solté. Bailamos lento, mi espalda contra su pecho, su boca besando mi cuello, saboreando el salado de mi piel. Olía a él, a hombre puro, a deseo reprimido. Sus manos subieron por mi vestido, rozando mis muslos suaves, y yo gemí bajito, un sonido que vibró en mi garganta como ronroneo de gata en celo. "Muéstrame que no se acaba", le rogué, girándome para besarlo. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, probando el tequila dulce en su boca. Sentí su corazón latiendo fuerte contra mis tetas, mis pezones endurecidos pinchando la tela fina.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Lo empujé suave al sofá, arrodillándome entre sus piernas. Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. El olor almizclado de su excitación me mareó, delicioso. La lamí desde la base, sintiendo su pulso en mi lengua, salado y caliente. Carlos gruñó, enredando sus dedos en mi pelo negro. Qué rico, papi, dale más fuerte, pensé mientras la chupaba hondo, mis labios estirándose alrededor de su grosor, saliva resbalando por mi barbilla. Él jadeaba, "¡Ay, mamacita, me vas a matar!" Sus caderas se movían, follando mi boca con cuidado, pero yo lo quería todo.

Me levanté, quitándome el vestido de un tirón. Desnuda, solo con el tanga empapado, me subí encima de él. Frotes lentos, mi clítoris hinchado rozando su verga dura como fierro. El sonido húmedo de mi coño contra su piel, chapoteando, me volvía loca. "Te necesito adentro, Carlos. Hazme tuya otra vez." Él me arrancó el tanga, sus dedos explorando mis labios hinchados, resbalosos de jugos. Metió dos, curvándolos justo en mi punto G, y yo grité, arqueándome, olor a sexo puro llenando la sala. La pasión no se acababa, cabrón, ¡renacía!

Lo monté despacio al principio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, estirándome delicioso. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras subía y bajaba, mis tetas rebotando libres. Él las chupaba, mordisqueando pezones, tirando suave hasta que dolía rico. Sudor nos cubría, perlas resbalando por mi espalda, mezclándose con el aroma de nuestras pieles tostadas. "¡Más rápido, Ana, neta qué chingón tu culo!", rugió, dándome nalgadas que resonaban como palmadas en pozole hirviendo.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas fuertes, piel chocando piel, plaf plaf plaf, eco en la sala. Yo clavaba uñas en su espalda ancha, oliendo su sudor salado, probando gotas en sus hombros. Mi clítoris rozaba su pubis con cada thrust, ondas de placer subiendo como tequila quemando la garganta.

"No se acaba, mi reina, nunca se acaba contigo", jadeó en mi oído, su voz quebrada de puro vicio.
Aceleró, yo sentí el orgasmo venir, un tsunami en mi vientre. "¡Me vengo, pendejo, no pares!" Grité, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojándonos a los dos. Él se vino segundos después, gruñendo como toro, llenándome de leche espesa, caliente, desbordando.

Caímos exhaustos, enredados en el sofá, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, pegajoso en mis muslos, y lo esparcí con dedos perezosos, probándolo salado en la lengua. El bolero seguía sonando, ahora suave como caricia post-sexo. Carlos me besó la frente, su mano acariciando mi pelo revuelto. La pasión no se acababa, pensé, sonriendo en la penumbra de las velas. Solo necesitaba un empujón, un recordatorio de lo que éramos: fuego puro, carnal y eterno.

Nos levantamos, riendo bajito, y fuimos a la cama. Ahí, en sábanas frescas oliendo a lavanda, hicimos el amor otra vez, lento, explorándonos como si fuera la primera noche de bodas. Sus dedos en mi culo, mi lengua en su cuello, gemidos susurrados hasta el amanecer. México DF despertaba afuera, con su bullicio de cláxones y taquerías, pero nosotros en nuestro mundo, donde el deseo no conocía fin.

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