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Pasión de Gavilanes Capítulo 79 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 79 Fuego en la Carne

La noche en la hacienda ardía como un fogón de leña fresca. El aire olía a tierra mojada después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Rosalba caminaba descalza por el patio, su vestido ligero de algodón blanco pegándose a su piel sudorosa por el calor bochornoso. Tenía veintiocho años, curvas generosas que hacía años no exploraba con nadie, y esa noche, algo en su pecho latía con fuerza, como si el destino le hubiera mandado un mensajero.

Ahí estaba él, Juan, el capataz nuevo que había llegado de un rancho en Sinaloa. Alto, moreno, con músculos forjados por años de domar caballos y cargar pacas de heno. Sus ojos negros brillaban bajo el sombrero de ala ancha, y cuando la vio, una sonrisa pícara se le escapó, dejando ver dientes blancos y perfectos. Rosalba sintió un cosquilleo en el vientre, como mariposas enloquecidas.

¿Por qué carajos me mira así? Como si ya supiera lo que tengo entre las piernas. Ay, Rosalba, no seas pendeja, es solo un vaquero más.

—Buenas noches, jefa —dijo él con voz grave, ronca como el relincho de un semental. Se acercó quitándose el sombrero, el sudor perlando su frente y corriendo en riachuelos por su cuello bronceado.

—Buenas, Juan. ¿Qué haces aquí tan tarde? —respondió ella, notando cómo su propia voz temblaba un poquito. El olor a hombre, a cuero y a tierra, la invadió, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo la tela fina.

Se sentaron en la banca de madera junto a la fuente, donde el agua gorgoteaba suavemente. Hablaron de la hacienda, de los caballos, pero pronto la plática viró a lo personal. Juan sacó una chela fría de la hielera que había traído, y le ofreció una a ella. El vidrio helado contra sus labios fue el primer roce fresco en esa noche caliente.

—Oye, ¿ves telenovelas? —preguntó él de repente, riendo—. Mi hermana no para de hablar de Pasión de Gavilanes. Dice que el capítulo 79 es el más prendido, con esa pasión que explota como volcán.

Rosalba se sonrojó, recordando la escena que había visto esa tarde: los amantes devorándose en la oscuridad, cuerpos entrelazados en un baile de deseo prohibido. —Sí, lo vi. En Pasión de Gavilanes capítulo 79, se arma la grande. Me dejó con un calorcito aquí adentro —confesó, tocándose el pecho con coquetería.

Los ojos de Juan se oscurecieron, y sin decir nada, su mano grande y callosa rozó la de ella sobre la banca. Un chispazo eléctrico subió por su brazo, directo al centro de su ser. El corazón le martilleaba como tambor de banda sinaloense.

La tensión creció como tormenta en el horizonte. Juan se inclinó, su aliento cálido oliendo a cerveza y menta, y rozó sus labios con los de ella. Fue un beso tentativo al principio, suave como pluma de gallina, pero pronto se volvió voraz. Rosalba gimió bajito, abriendo la boca para recibir su lengua jugosa, que sabía a sal y promesas. Sus manos subieron por el pecho duro de él, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa de franela.

Chíngame, Rosalba, qué rica estás —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El roce de sus dientes envió ondas de placer hasta sus muslos, que se apretaron instintivamente.

No puedo parar. Quiero sentirlo todo, su verga dura contra mí, su peso encima. ¡Qué chingón se siente esto!

Se levantaron como poseídos, tropezando hacia la habitación de ella al fondo del patio. La puerta se cerró con un clic que sonó a libertad. Juan la empujó contra la pared de yeso fresco, sus caderas chocando con las de ella. Sintió la erección presionando su vientre, gruesa y pulsante, y un río de humedad brotó entre sus piernas.

Con dedos ansiosos, él desabrochó los botones del vestido, dejando al aire sus tetas llenas, pezones morenos erectos como botones de chile. Los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro, haciendo que Rosalba arqueara la espalda y soltara un grito ahogado. —¡Ay, cabrón, no pares! —jadeó ella, hundiendo las uñas en su espalda musculosa.

El cuarto olía a jazmín del jardín y a su excitación compartida, ese almizcle dulce y animal que enloquece. Juan se arrodilló, subiendo el vestido hasta la cintura, y besó el interior de sus muslos temblorosos. La tela de las calzones estaba empapada, y él las apartó con los dientes, exponiendo su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos.

Su lengua experta se hundió ahí, lamiendo despacio, saboreando cada gota salada. Rosalba se aferró a su cabello negro, caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido húmedo de succión llenaba el aire, mezclado con sus gemidos roncos. —¡Más profundo, pendejo! ¡Come mi concha como si fuera tu última cena! —exigió ella, perdida en el placer que la hacía ver estrellas.

El clímax la sacudió como terremoto, piernas flojas, cuerpo convulsionando mientras chorros de éxtasis la atravesaban. Juan se puso de pie, quitándose la camisa y los jeans con prisa. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, la cabeza morada goteando precum. Rosalba la tomó en mano, sintiendo el calor y la dureza de hierro forjado, y la masturbó lento, deleitándose en su grosor.

Lo empujó a la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, montándose encima como reina. Se empaló en él de un solo movimiento, su coño apretado tragándoselo hasta la base. —¡Qué vergonzota tan rica! —gruñó Juan, manos en sus caderas anchas, guiándola en un vaivén frenético.

El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor resbalando por sus cuerpos entrelazados. Rosalba cabalgaba como en un rodeo salvaje, tetas rebotando, cabello suelto azotando su espalda. Él se incorporó, chupando sus pezones mientras la follaba desde abajo, embestidas profundas que tocaban su punto más sensible.

Esto es mejor que cualquier telenovela. En Pasión de Gavilanes capítulo 79 no hay nada como esta pasión real, esta conexión que me quema viva.

La intensidad subió, sus respiraciones jadeantes sincronizándose. Rosalba sintió el orgasmo construyéndose otra vez, un nudo apretado en el bajo vientre. —¡Me vengo, Juan! ¡Chíngame más duro! —gritó, clavando uñas en sus hombros.

Él la volteó boca abajo, penetrándola por detrás con fuerza animal. Sus bolas peludas chocaban contra su clítoris, enviando chispas. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión pura. Juan rugió, su verga hinchándose dentro de ella, y eyaculó en chorros calientes que la llenaron hasta rebosar.

Rosalba explotó con él, el placer multiplicado, cuerpo temblando en olas interminables. Se derrumbaron juntos, exhaustos, piel pegajosa y corazones galopantes.

En el afterglow, yacían enredados bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Juan le acariciaba el cabello, besando su sien. —Eso fue como el capítulo 79 de esa novela, pero en carne viva —susurró él, riendo bajito.

—Mejor, mi amor. Mucho mejor —respondió ella, sintiendo una paz profunda, un fuego que no se apagaría pronto. La hacienda dormía afuera, pero dentro de ellos, la pasión de gavilanes acababa de nacer, lista para más capítulos.

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