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Abismo de Pasion Gael Muere

6095 palabras

Abismo de Pasion Gael Muere

La noche en Polanco bullía con luces neón y el eco lejano de un mariachi callejero. Gael caminaba por la avenida Presidente Masaryk, con el corazón latiéndole fuerte bajo la camisa de lino blanca que se pegaba un poco a su piel por el calor húmedo del verano mexa. Tenía treinta y cinco años, ingeniero en una firma de arquitectos, pero esa noche no pensaba en planos ni deadlines. Solo en esa sed que lo carcomía desde que su último romance se fue al carajo.

Entró al bar La Tequila, un lugar chido con mesas de madera oscura y velas parpadeando. Ahí la vio: Isabella, con su vestido rojo ceñido que abrazaba curvas como si fueran pecado hecho carne. Pelo negro suelto hasta la cintura, ojos cafés que brillaban como obsidiana bajo la luz tenue. Se sentaron en la barra, pidieron tequilas reposados con limón y sal. ¿Qué onda, guapo? ¿Vienes a conquistar o nomás a emborracharte? le dijo ella con una sonrisa pícara, su voz ronca como el humo de un buen puro.

Gael sintió un cosquilleo en la nuca, el aroma de su perfume –jazmín mezclado con vainilla– invadiéndolo. Pinche mujer, me vas a matar, pensó mientras chocaban copas. Hablaron de todo: de la ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la esquina, de cómo el amor en México es como un volcán, siempre a punto de erupcionar. Sus rodillas se rozaron bajo la barra, un toque eléctrico que subió por sus muslos como corriente. Ella reía con esa carcajada gutural, mexicana hasta los huesos, y él no podía dejar de mirar cómo su pecho subía y bajaba con cada respiro.

Una hora después, ya en su coche –un Mustang negro reluciente–, aceleraban hacia su depa en Lomas. Las luces de la Reforma pasaban como streaks de fuego. Isabella metió la mano en su pantalón, apretando suave su verga que ya estaba dura como piedra. ¿Sientes eso, Gael? Eso es el abismo de pasión llamándonos, murmuró ella, lamiéndole el lóbulo de la oreja. Él jadeó, el olor a cuero del auto mezclándose con su excitación, el pulso retumbando en sus sienes.

Esto no es solo un polvo, carnal. Esto es algo que me va a cambiar la vida
, se dijo Gael mientras estacionaba torpemente. Subieron al elevador, besándose como fieras. Sus lenguas danzaban, saboreando tequila y deseo. Manos por todos lados: él amasando sus nalgas firmes, ella arañándole la espalda bajo la camisa.

El depa era un oasis: ventanales con vista a la ciudad, cama king size con sábanas de algodón egipcio. Isabella lo empujó contra la pared, quitándole la camisa de un jalón. Mírate, todo musculoso y sudado. Eres un pinche sueño. Sus tetas perfectas, tamaño copa C, se asomaban por el escote. Gael las liberó, chupando un pezón rosado mientras ella gemía bajito, ¡Ay, sí, cabrón, así! El sabor salado de su piel, el sonido de su respiración agitada, el calor de su cuerpo pegado al suyo –todo lo envolvía como una niebla espesa.

La llevó a la cama, desvistió su vestido rojo que cayó como una cascada de sangre. Desnuda, era una diosa: caderas anchas, pubis depilado con un triángulo negro, piernas largas que lo envolvieron. Se tumbaron, piel contra piel, el sudor perlando sus cuerpos. Él besó su cuello, bajando por el vientre, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo. Llégame al clítoris, Gael, hazme volar, suplicó ella, abriendo las piernas.

Su lengua exploró, lamiendo suave al principio, luego con hambre. El sabor ácido-dulce de su coño lo volvía loco, sus jugos empapándolo mientras ella arqueaba la espalda, gritando ¡Chingao, qué rico! ¡No pares, pendejo! Los dedos de ella enredados en su pelo, tirando, el colchón crujiendo bajo sus movimientos. Gael sentía su propia verga palpitando, goteando precum, rogando por entrar.

Pero no era solo físico. En su mente, Gael revivía amores pasados, fracasos que lo habían dejado hueco. Isabella lo miró a los ojos, Yo sé lo que necesitas, amor. Déjate ir en este abismo de pasión. Aquí Gael muere... y renace. Esas palabras lo golpearon como un rayo. ¿De dónde sacaba eso? ¿Un verso de Sabines? No importaba. Era profético.

Se puso encima, montándolo despacio. Su coño caliente y apretado lo engulló centímetro a centímetro. ¡Madre santa, qué grande estás! jadeó ella, moviendo las caderas en círculos lentos. Gael agarró sus nalgas, sintiendo la carne suave temblar. El slap-slap de sus cuerpos uniéndose, el olor a sexo llenando la habitación, sus gemidos mezclándose con el tráfico lejano de la ciudad. Ella aceleró, tetas rebotando, sudor chorreando entre sus pechos.

Esto es el abismo, pinche abismo de pasión donde Gael muere
, pensó él, perdido en el ritmo. Sus uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola fuerte desde atrás. ¡Más duro, Gael! ¡Dame todo! Su culo perfecto ondulando, el sonido húmedo de su coño tragándoselo entero. El clímax se acercaba, una ola gigante building up.

Isabella se corrió primero, convulsionando, gritando ¡Me vengo, cabrón! ¡Ay, Dios! Sus paredes internas apretándolo como un puño. Eso lo llevó al borde. Gael sintió el mundo disolverse: pulsos retumbando en oídos, visión borrosa, el placer subiendo desde las bolas hasta la punta. Abismo de pasión, Gael muere, rugió en su mente mientras explotaba dentro de ella, chorros calientes llenándola, su cuerpo temblando incontrolable.

Cayeron exhaustos, enredados en sábanas húmedas. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas. Su piel olía a ellos, a sexo crudo y pasión mexicana. Isabella trazó círculos en su pecho. ¿Ves? Mueres un poco cada vez, pero vuelves más vivo. Gael sonrió, el corazón lleno por primera vez en años. La ciudad dormía afuera, pero ellos acababan de nacer.

Al amanecer, con café negro y churros de la esquina, hablaron de futuro. No era solo un polvo; era el comienzo. Gael se fue caminando, el sol calentando su piel, sintiéndose renacido del abismo.

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