Relatos
Inicio Erotismo Pasión de Cristo Cita Bíblica Carnal Pasión de Cristo Cita Bíblica Carnal

Pasión de Cristo Cita Bíblica Carnal

6613 palabras

Pasión de Cristo Cita Bíblica Carnal

En la penumbra de nuestra casa colonial en las afueras de Oaxaca, el aire olía a jazmín y a la tierra húmeda después de la lluvia de Semana Santa. Yo, Lucía, de treinta y tantos, con mi piel morena que brillaba bajo la luz de las velas, me sentaba en el sillón de mimbre junto a mi carnal, Javier. Él era alto, fornido, con esa barba recortada que me raspaba delicioso cuando me besaba. Habíamos planeado esta noche para nosotros solos, lejos del bullicio de las procesiones, pero la Pasión de Cristo nos había seguido hasta aquí, como un susurro pecaminoso.

Órale, Lucía, ¿por qué traes esa Biblia vieja? —me dijo Javier con esa voz ronca que me ponía la piel chinita, mientras se acercaba con una cerveza en la mano, su camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho.

Yo sonreí, sintiendo un calorcillo entre las piernas que nada tenía que ver con la fe. —Es para leer una cita bíblica de la Pasión de Cristo, wey. Para entrar en mood, ¿no? Neta que me prende pensarlo.

Él se rio bajito, sentándose a mi lado, su muslo rozando el mío. El roce fue eléctrico, como si su calor se colara por mi falda ligera de algodón. Abrí el libro en la página marcada, el papel crujió suave bajo mis dedos. Leí en voz alta:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Lucas 23:46.
Mi voz tembló un poco, porque mientras lo decía, imaginaba a Javier como mi Cristo personal, sufriendo de deseo por mí.

El ambiente se cargó de pronto. Javier me miró con ojos oscuros, brillantes. —Chin, Lucía, eso suena a rendición total. ¿Me encomiendas tu espíritu, o qué?

Sentí mi corazón latiendo fuerte, el pulso en mis sienes como un tambor lejano de las marchas santas. Su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio, y el tacto áspero de sus dedos callosos me hizo jadear. Olía a él: sudor limpio, colonia barata y ese aroma macho que me volvía loca. ¿Y si pecamos esta noche? ¿Y si la Pasión de Cristo se convierte en nuestra pasión carnal?, pensé, mientras cerraba los ojos y dejaba que su aliento caliente me rozara el cuello.

La tensión creció como la marea en la costa oaxaqueña. Javier me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a cerveza fría y a promesas sucias. Su lengua invadió mi boca, explorando con hambre, y yo respondí chupándola suave, saboreando su sal. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando un poquito para que gruñera contra mi piel. Esto es lo que necesitaba, neta. No misas ni rezos, sino su cuerpo pegado al mío.

Nos paramos, tropezando un poco con la mesita, y el jarrón de flores se meció, soltando más jazmín al aire. Javier me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes apretándome la cintura. Subimos las escaleras crujientes hacia el cuarto, el eco de nuestros pasos mezclándose con risas ahogadas. Adentro, la cama king con sábanas blancas como sudarios nos esperaba. Me tiró suave, y yo reboté, riendo, mi falda subiéndose hasta mostrar mis muslos gruesos.

Quítate eso, mi reina —murmuró, quitándose la camisa de un jalón. Su torso desnudo era un templo: músculos marcados por el trabajo en el campo, pero sin sudor de pobreza, sino de vida plena. Yo me incorporé de rodillas, desabrochando mi blusa con dedos temblorosos. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana, y él siseó: —¡Puta madre, qué ricas!

Se abalanzó, chupando uno mientras masajeaba el otro. El sonido húmedo de su boca succionando me mojó entera, un chorrito caliente entre mis piernas. Olía a mi propia excitación, ese olor almizclado que Javier adoraba. La Pasión de Cristo habla de sufrimiento, pero esto es éxtasis puro, pensé, arqueándome contra él. Sus manos bajaron, metiéndose bajo mi falda, dedos gruesos frotando mi clítoris por encima de las panties empapadas.

Estás chorreando, Lucía. ¿Por la cita bíblica o por mí? —preguntó con picardía, metiendo un dedo adentro, curvándolo justo donde me volvía loca.

Por las dos, pendejo —gemí, mordiéndome el labio hasta saborear sangre dulce. Lo empujé hacia atrás, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su gusto salado, mientras él gruñía y me agarraba el pelo.

La intensidad subía como el calor de un comal. Javier me volteó, arrancándome las panties con un tirón que rasgó la tela. Su boca se hundió entre mis piernas, lengua lamiendo mi panocha abierta, chupando el jugo que manaba. El sonido era obsceno: chapoteos y mis gritos ahogados. «Consumado es», recordé otra cita de la Pasión, Juan 19:30, y reí entre jadeos, porque pronto lo diría yo.

Me penetró de golpe, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor placer inicial se volvió oleadas de fuego. Nos movíamos en ritmo, piel contra piel chapoteando sudor, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo crudo, a nosotros mezclados. —Más duro, Javier, ¡rómpeme como a tu Cristo en la cruz! —le grité, arañando su espalda.

Él obedeció, embistiéndome con furia santa, sus ojos fijos en los míos. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, mi clítoris hinchado rozando su pubis. El cuarto giraba: velas parpadeando sombras en las paredes de adobe, el ventilador zumbando perezoso. Mi orgasmo llegó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros calientes salpicando sus muslos. —¡Consumado es! —grité, citando la Biblia en éxtasis.

Javier rugió, llenándome con su leche espesa, pulsos calientes que me desbordaban. Colapsamos, jadeando, su peso sobre mí como bendición. El sudor nos pegaba, enfriándose lento, y su olor a hombre satisfecho me arrullaba.

Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho, tracé círculos en su espalda. —La Pasión de Cristo con esa cita bíblica nos prendió cañón, ¿verdad? —susurré.

Él levantó la vista, besándome suave. —Neta, Lucía. Pero nuestra pasión es eterna, no solo una semana santa.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el jazmín colándose por la ventana. El deseo se había consumado, pero el fuego latente prometía más noches así: sagradas y profanas a la vez. Mi cuerpo zumbaba aún, recordándome que el verdadero milagro era este amor carnal, puro y mexicano hasta los huesos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.