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Pasión de Gavilanes Emilce

7281 palabras

Pasión de Gavilanes Emilce

El sol ardiente del altiplano mexicano lamía la tierra reseca de la hacienda Gavilanes, cerca de Guadalajara. Emilce caminaba por el corral con su falda ligera ondeando al viento caliente, el aroma a jazmín silvestre y tierra húmeda impregnando el aire. Sus botas resonaban contra el suelo polvoriento, y cada paso hacía que sus caderas se mecieran con esa gracia felina que volvía locos a los hombres del pueblo. Tenía veintiocho años, piel morena como el café de olla, ojos negros profundos como pozos de deseo, y un cuerpo curvilíneo que gritaba ven y tómame. Pero Emilce no era de las que se regalaban fácil; era una gavilana, salvaje y libre, dueña de esas tierras heredadas de su difunto padre.

Yo era Armando, el nuevo vaquero que acababa de llegar de las tierras bajas, con los músculos endurecidos por años de domar potros y el corazón latiendo fuerte bajo la camisa de manta. La vi por primera vez cuando desmontaba del caballo, y órale, qué mujer. Su risa llegó hasta mí como un trino de pájaro, mezclada con el relincho de los animales y el zumbido de las moscas. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el viento del norte me hubiera azotado la piel desnuda.

Este wey me mira como si ya me tuviera en su catre, pensé, y un calor subido me trepó por las piernas.

Emilce se acercó, oliendo a sudor fresco y a ese perfume natural de mujer que hace que la verga se despierte sin permiso. —Bienvenido, capataz. Soy Emilce, la que manda aquí. A ver si aguantas el paso de mis gavilanes, dijo con voz ronca, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo, y al tocarla, una corriente eléctrica nos recorrió a los dos. Yo apreté suave, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel.

No hay bronco que no dome, patrona, respondí con una sonrisa pícara, oliendo su aliento a menta y algo más dulce, como miel de maguey. Ella soltó una carcajada que vibró en mi pecho, y así empezó todo. Esa tarde trabajamos juntos reparando una cerca, el sol quemándonos la espalda, el sudor chorreando por nuestros cuellos. Cada roce accidental —su brazo contra mi torso, mi mano en su cintura al pasarle una herramienta— era como fuego lento. La veía agacharse, la falda subiéndose un poco, revelando muslos firmes y bronceados, y mi mente volaba a lugares prohibidos.

Al caer la noche, la hacienda se llenó de grillos cantando y el humo de la leña en la cocina. Cenamos tacos de carnitas crujientes, el jugo picante resbalando por la barbilla de Emilce, y platicamos de todo: de las fiestas en el pueblo, de cómo el tequila quema la garganta como un beso malo. —Sabes, Armando, aquí en Gavilanes la pasión es como los gavilanes: feroz, de vuelo alto, pero hay que saber cazarla, murmuró ella, sus ojos brillando a la luz de las velas. Yo tragué saliva, sintiendo mi pantalón apretar.

El deseo crecía como tormenta en el horizonte. Después de la cena, caminamos hacia el granero, pretextando revisar los caballos. El aire dentro era espeso, cargado de heno seco y el olor almizclado de los animales. La luna se colaba por las rendijas, pintando rayas plateadas en su piel. Emilce se giró hacia mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el roce de sus pechos contra mi pecho.

¡No mames, este carnal me va a volver loca! Su olor a hombre, a tierra y sudor, me moja las piernas.

Emilce, desde que te vi, siento esta pasión de gavilanes aquí adentro, le confesé, mi voz grave, la mano subiendo por su brazo. Ella no se apartó; al contrario, se pegó más, sus labios entreabiertos, jadeando suave. —Pues caza, vaquero. Muéstrame qué traes, susurró, y me besó. Sus labios eran suaves como tamales de elote, con sabor a tequila y sal, la lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y caliente. La abracé fuerte, sintiendo sus curvas moldearse a mi cuerpo, las manos bajando a apretar sus nalgas redondas bajo la falda.

Nos desvestimos con urgencia, pero saboreando cada segundo. Le quité la blusa, revelando senos plenos, pezones oscuros endurecidos como chiles secos. Los lamí, succionando suave, oyendo sus gemidos roncos que rebotaban en las vigas del granero. —Ay, Armando, qué rico chupas, no pares, pendejo, jadeó ella, clavándome las uñas en la espalda. El dolor era placer, su piel salada en mi lengua, el olor de su excitación subiendo como niebla, dulce y animal.

La recosté sobre un montón de heno suave, besando su vientre plano, bajando hasta su monte de Venus cubierto de vello negro rizado. Le abrí las piernas, admirando su concha rosada y húmeda, brillando a la luz lunar. —Mírate, mamacita, estás chorreando por mí, dije, y metí la lengua, saboreando su néctar ácido y dulce, como tamarindo maduro. Emilce arqueó la espalda, gritando ¡órale, sí, ahí, carnal!, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, el sabor inundándome la boca mientras lamía su clítoris hinchado.

Ella no se quedó atrás. Me empujó al suelo, se arrodilló y sacó mi verga dura como palo de escoba, venosa y palpitante. —Qué pinga tan chula, gruesa pa' romperme, murmuró, escupiéndole saliva y metiéndosela hasta la garganta. Sentí su boca caliente, la lengua girando alrededor del glande, succionando con fuerza que me hizo gruñir. El sonido húmedo de su chupada, sus labios estirados, me volvía loco; olía su pelo a lavanda mientras me cogía la cabeza y me follaba la boca con mi propia verga.

La tensión era insoportable, el aire cargado de nuestros jadeos y el crujir del heno. La puse a cuatro patas, admirando su culo perfecto, redondo y firme. Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y la penetré despacio. —¡Sí, métemela toda, Armando, rómpeme la panocha!, rogó ella, empujando hacia atrás. Entré centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolviéndome, paredes aterciopeladas pulsando. Empecé a bombear, lento al principio, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus alaridos y mis gruñidos. Sudábamos como en saunas, el olor a sexo crudo llenando el granero.

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona salvaje, senos rebotando, uñas arañándome el pecho. —¡Me vengo, cabrón, no pares!, gritó, su concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por mis bolas. Yo la volteé, la abrí de piernas y la embestí duro, profundo, hasta que sentí la erupción subir. —Dentro, amor, lléname, suplicó, y exploté, chorros calientes inundándola mientras temblábamos juntos, el mundo reduciéndose a ese clímax eterno.

Nos quedamos abrazados en el heno, el sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. El granero olía a nosotros, a pasión consumada. Emilce trazó círculos en mi pecho con el dedo, sonriendo perezosa.

Esa fue nuestra pasión de gavilanes, Emilce. Y habrá más, murmuré, besando su frente salada.

Este hombre es mío, pensó ella. Aquí en Gavilanes, el vuelo apenas empieza.

La noche nos envolvió con su manto estrellado, prometiendo más cacerías, más fuegos. En la hacienda, el deseo era el verdadero amo.

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