Relatos
Inicio Erotismo Diario de una Pasión de Larga Duración Diario de una Pasión de Larga Duración

Diario de una Pasión de Larga Duración

7580 palabras

Diario de una Pasión de Larga Duración

Querido diario, hoy empiezo este diario de una pasión duración que no sé cuánto va a durar, pero neta que ya me tiene con el corazón latiendo a mil. Me llamo Ana, tengo 28 años y vivo en la Condesa, ese barrio tan chido de la CDMX donde todo huele a café recién molido y a jazmines en las tardes. Todo empezó hace una semana en el Mercado de Medellín, cuando lo vi a él: Diego, un morro alto, moreno, con ojos que te clavan como si supieran todos tus secretos. Estaba comprando chiles para unos tacos y nuestras manos se rozaron al alcanzar el mismo racimo de cilantro. Su piel era cálida, áspera por el trabajo en su taller de motos, y sentí un chispazo que me subió por el brazo directo al pecho.

Le sonreí, coqueta, y le dije: "Wey, ¿tú también vienes por lo mejor del mercado?" Él se rio, con esa risa grave que retumba en el estómago, y me contestó: "Neta, pero ahora ya encontré lo más rifado". Intercambiamos números mientras el aroma de las tortillas calientes nos envolvía, mezclado con su colonia fresca, como a limón y madera. Esa noche no pude dormir, pensando en cómo sería besarlo, en el sabor de su boca. Mi cuerpo ardía, mis pezones se endurecían solos contra la sábana suave, y entre las piernas sentía esa humedad traicionera que me obligaba a tocarme despacio, imaginando sus manos grandes explorándome.

¿Por qué este wey me prende tanto? Es como si mi cuerpo lo reconociera de toda la vida. Quiero que me tome, que me haga suya sin prisas.

Al día siguiente me mandó un mensaje: "Ana, ¿cafecito en Roma mañana?". Fui con mi vestido floreado que se pega un poco a las curvas cuando hay brisa, y ahí estaba, esperándome en la terraza de un café hipster. El sol de la mañana le daba en la cara, haciendo brillar su piel aceitada, y cuando me abrazó, su pecho duro contra mis tetas suaves me dejó sin aliento. Hablamos horas: de motos custom que él arma, de mis clases de yoga en el parque, de lo chafa que es la vida sin pasión. Sus ojos bajaban a mi escote de vez en cuando, y yo cruzaba las piernas para apretar ese calor que crecía adentro.

La tensión era palpable, como el zumbido de las motos que pasaban en la calle. Al despedirnos, me jaló suave por la cintura y me plantó un beso en la mejilla, tan cerca de la boca que sentí su aliento caliente, con sabor a espresso. "Esto apenas empieza, preciosa", murmuró, y su voz ronca me erizó la piel de los brazos. Llegué a mi depa temblando, me quité la ropa frente al espejo y vi mis labios hinchados de deseo, mi panocha ya mojada reluciendo. Me masturbé pensando en él, en cómo olería su verga dura, en el sonido de su jadeo cuando entrara en mí.

Pasaron dos días de mensajes calientes: él mandándome fotos de sus manos llenas de grasa de motor, yo respondiendo con selfies de mis piernas en el gym, sudadas y brillantes. "Esas nalgas me van a matar, Ana", escribió, y yo le contesté: "Ven y haz algo al respecto, pendejo". Quedamos en su taller esa noche, después de cerrar. Llegué en Uber, el corazón retumbándome en los oídos, el aire nocturno de la colonia cargado de olor a tacos al pastor y escape de coches.

El taller estaba en una calle tranquila de la Narvarte, iluminado por luces LED frías que contrastaban con el calor que emanaba de su cuerpo cuando me abrió la puerta. "Pasa, mi reina", dijo, y me abrazó fuerte, su erección presionando contra mi vientre plano. Olía a sudor limpio, a metal caliente y a hombre. Me llevó adentro, entre motos a medio armar que brillaban como bestias dormidas. Ponemos cumbia rebajada en el Bluetooth, el ritmo sensual envolviéndonos mientras bailamos pegados.

Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis cachetes con fuerza juguetona. "Estás dura como quiero, Ana", susurró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Gemí bajito, el sonido perdido en la música, y le metí la mano por la playera, sintiendo sus abdominales marcados, duros como roca bajo mis uñas. Nos besamos por fin, salvajes: su lengua invadiendo mi boca con gusto a cerveza y menta, chupando mis labios hinchados. Me levantó en brazos, sentándome en una mesa de trabajo fría que me heló las nalgas desnudas cuando me quitó las calzas de un jalón.

Su boca en mi cuello... sabe a fuego. Quiero que me coma entera, que esta pasión dure noches enteras.

Me abrió las piernas, arrodillándose como si fuera a rezarme. Su aliento caliente en mi concha me hizo arquear la espalda, y cuando su lengua lamió despacio mi clítoris hinchado, grité su nombre. "¡Diego, cabrón, así!" El sabor de mi humedad en su boca lo volvía loco; lo oía gemir mientras chupaba, metiendo dos dedos gruesos que me abrían, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El taller olía a sexo ahora, a mi jugo dulce mezclado con su sudor salado. Le jalé el pelo, montándome en su cara, frotándome contra su nariz mientras él me devoraba con hambre de lobo.

Lo puse de pie, ansiosa por probarlo. Le bajé el pantalón y ahí estaba su verga, gruesa, venosa, palpitando con la punta mojada de precum. La olí primero: puro macho, almizcle adictivo. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta meterla entera en mi boca, ahogándome un poco pero sin parar. Él gruñía, agarrándome la cabeza: "Qué chingona mamada, Ana... no pares". El sonido de su voz quebrada, el slap de mi saliva contra su carne, me tenía empapada de nuevo.

No aguantamos más. Me volteó contra la moto más cercana, el cuero del asiento fresco contra mis tetas. Entró en mí de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. "Estás tan apretada, tan caliente", jadeó, y yo respondí empujando hacia atrás, queriendo más. El ritmo empezó suave, sus caderas chocando contra mis nalgas con un clap clap rítmico que ahogaba la cumbia. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el olor de nuestros sexos mezclados subiendo como niebla erótica.

La tensión crecía con cada embestida: mis uñas clavadas en el manubrio de la moto, su aliento en mi nuca sudada, gotas de sudor cayendo de su pecho a mi espalda. Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos mientras follábamos. Sus ojos negros fijos en los míos, nuestras respiraciones sincronizadas en jadeos roncos. "Te quiero sentir correrte, mi amor", me dijo, y aceleró, su pubis golpeando mi clítoris hinchado. El orgasmo me pegó como un rayo: grité, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando sus bolas. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar adentro, su gruñido animal retumbando en mi pecho.

Nos quedamos pegados, temblando, el taller en silencio salvo por nuestras respiraciones agitadas. Me besó suave, lamiendo el sudor de mi frente. "Esto fue solo el principio de nuestra pasión duración", murmuró, y yo sonreí, exhausta pero plena. Nos limpiamos con trapos del taller, riéndonos como pendejos, y salimos a la noche fresca, su brazo alrededor de mi cintura.

Ahora en mi cama, con su olor todavía en mi piel, escribo esto. Esta pasión no se apaga fácil; huele a promesas largas, a noches como esta que se extienden en el tiempo. Diego ya ronca a mi lado, su mano en mi nalga como ancla. Que dure, que dure mucho. Mañana más, diario. Mañana lo despierto con mi boca y seguimos escribiendo esta historia.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.