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Julia Ormond Leyendas de Pasión Desnuda

6420 palabras

Julia Ormond Leyendas de Pasión Desnuda

La hacienda en los Altos de Jalisco brillaba bajo el sol del atardecer, con el aroma a tierra húmeda y jazmines flotando en el aire. Yo, Alejandro, dueño de este pedazo de paraíso, acababa de recibir a un grupo de turistas adinerados que venían a desconectarse del mundo citadino. Entre ellos, ella. Julia. No era su nombre real, me confesó después con una risa ronca, pero se hacía llamar así porque se parecía tanto a Julia Ormond en Leyendas de Pasión, esa película que tanto me gustaba por sus paisajes salvajes y pasiones desbocadas. Alta, con el cabello castaño ondulado cayendo como cascada sobre sus hombros, ojos verdes que perforaban el alma y una boca carnosa que prometía pecados. Vestía un huipil ligero que se pegaba a sus curvas con el sudor del viaje, y cada paso que daba hacía que sus caderas se mecieran como un reto.

La vi por primera vez cuando bajó del camión, cargando una mochila raída pero con un aire de reina.

¿Será posible que Dios me mande un sueño andante?
pensé, mientras mi pulso se aceleraba. La invité a un trago de tequila reposado en la galería, lejos del bullicio de los demás. "Salud, Julia Ormond", le dije guiñando un ojo. Ella soltó una carcajada que sonó como música ranchera. "Mejor que en la película, ¿no? Allá en Montana nevaba, aquí huele a aventura mexicana". Su voz era suave, con ese acento gringo mezclado con algo de español aprendido en viajes. Hablamos de Leyendas de Pasión, de cómo Brad Pitt montaba como demonio y ella, Julia Ormond, lo volvía loco con solo una mirada. El tequila nos calentó la sangre, y pronto sus dedos rozaron mi mano al pasar el vaso. Un escalofrío me recorrió la espina, como si su piel quemara.

Al día siguiente, la invité a cabalgar por los potreros. El sol pegaba fuerte, el viento traía olor a eucalipto y hierba fresca. Montamos lado a lado, ella en una yegua blanca que la hacía ver como diosa azteca.

Si no la beso ahora, soy un pendejo rematado
, me dije mientras la veía reír, con el sudor perlando su cuello. Paramos en un claro junto al arroyo, donde el agua corría cristalina y el canto de los grillos empezaba a subir. Desmontamos, y al ayudarla a bajar, su cuerpo se pegó al mío. Sentí sus pechos firmes contra mi torso, el calor de su entrepierna rozando mi cadera. "Alejandro, esto es mejor que cualquier leyenda", murmuró, y sus labios capturaron los míos.

El beso fue fuego puro. Sus labios sabían a tequila y miel, su lengua danzaba con la mía en un duelo húmedo y salvaje. La abracé por la cintura, apretándola contra mí, y ella gimió bajito, un sonido que me endureció al instante. Mis manos bajaron a sus nalgas redondas, amasándolas bajo la falda ligera. Chingada madre, qué rica está esta mujer, pensé, mientras ella metía las uñas en mi espalda. La recosté sobre la manta que traíamos, el pasto crujiendo bajo nosotros. El sol filtraba a través de los árboles, pintando su piel de dorado. Le quité el huipil despacio, revelando senos perfectos, pezones rosados endurecidos por el aire fresco. Los besé, chupé, mordisqueé suave, y ella arqueó la espalda, jadeando: "¡Sí, cabrón, así!".

El deseo crecía como tormenta en el horizonte. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con urgencia. Mi verga saltó libre, dura como encino, y ella la tomó con dedos expertos, acariciándola de arriba abajo.

Esto es el cielo, güey, no pares
, rugí en mi mente mientras la veía lamerse los labios. Se arrodilló, el aroma de su excitación mezclándose con el de la tierra. Su boca caliente la envolvió, succionando con maestría, lengua girando en la cabeza sensible. Gemí fuerte, el sonido perdido en el viento. La detuve antes de explotar, porque quería más. La volteé boca abajo, levantándole la falda. Su concha depilada brillaba húmeda, hinchada de ganas. La olí, embriagador, como almizcle y flores silvestres.

Le separé las nalgas, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su jugo salado y dulce. Ella se retorcía, empujando contra mi cara: "¡Métemela ya, Alejandro, no aguanto!". Metí dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. Estaba empapada, chorreando. Me puse de pie, posicionándome atrás. La penetré de un solo empujón, profundo, y ambos rugimos. Su interior me apretaba como guante de terciopelo caliente, pulsando alrededor de mi verga. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse. El slap-slap de carne contra carne, sus gemidos roncos, el sudor goteando... todo era sinfonía erótica.

La volteamos, ella encima ahora, cabalgándome como en las leyendas salvajes. Sus tetas rebotaban, yo las pellizcaba mientras ella giraba las caderas, frotando su clítoris contra mi pubis.

Es una diosa, pura pasión desatada
, pensé, viendo su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta en jadeos. "¡Más fuerte, pendejito, rómpeme!", exigía, y yo obedecía, embistiéndola desde abajo. El clímax se acercaba, sus paredes se contraían, ordeñándome. "¡Me vengo, chingado!", chilló, convulsionando, jugos calientes inundándome. No aguanté más, exploté dentro de ella, chorros potentes llenándola mientras rugía su nombre.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, el arroyo susurrando a nuestro lado. El sol bajaba, tiñendo el cielo de rojos y naranjas. Ella se acurrucó en mi pecho, su piel pegajosa de sudor y semen, oliendo a sexo y tierra mexicana. "Esto supera cualquier Leyendas de Pasión", susurró, besándome el cuello. Yo la abracé fuerte, el corazón latiendo calmado ahora.

Quizá sea el comienzo de mi propia leyenda
, reflexioné, mientras el viento nos mecía. Esa noche, en la hacienda, la llevé a mi cuarto. Volvimos a enredarnos entre sábanas de algodón egipcio, explorando lento, saboreando cada caricia. Sus uñas en mi espalda, mis labios en su vientre, lenguas entrelazadas en besos perezosos. Hicimos el amor otra vez, esta vez tierno, profundo, hasta que el sueño nos venció.

Al amanecer, con el canto del gallo y el aroma a café de olla, la vi despertar. Sonrió pícara: "Round tres, vaquero?". Reímos, y supe que Julia Ormond había traído no solo pasión, sino un fuego que ardería por días. En esa hacienda, entre leyendas vivas, encontramos nuestro propio paraíso carnal.

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