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El Color de la Pasión Capítulo 81 Fuego en la Piel

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El Color de la Pasión Capítulo 81 Fuego en la Piel

La noche en tu departamento de la colonia Providencia en Guadalajara olía a jazmín fresco del balcón y a la cena de enchiladas que habías preparado con tanto cariño. Estabas recostada en el sillón de piel suave, con las luces bajas y el televisor encendido en El Color de la Pasión capítulo 81. La protagonista, con su vestido rojo ceñido, jadeaba en los brazos de su amante, y tú sentías un cosquilleo traicionero entre las piernas. El calor de la trama te envolvía como una caricia prohibida, haciendo que tu piel se erizara bajo la blusa ligera de algodón.

Qué chido sería vivir algo así, pensabas, mordiéndote el labio inferior mientras el ventilador del techo giraba perezoso, moviendo el aire tibio. Habías terminado con tu ex hacía meses, pero esta noche, sola con la telenovela, tu cuerpo pedía atención. Tus pezones se endurecían contra la tela, sensibles al roce del aire, y deslizaste una mano por tu muslo desnudo, subiendo la falda corta que usabas en casa. El sonido de la pasión en la pantalla —gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas— se mezclaba con el tráfico lejano de la avenida Chapultepec.

De repente, la puerta se abrió con un clic suave. Era él, Rodrigo, tu amigo de la uni que últimamente te mandaba mensajes coquetos a medianoche. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chulo de barrio, entró cargando una botella de tequila reposado y dos limones. "Órale, mamacita, ¿viendo El Color de la Pasión capítulo 81? Justo el bueno, donde se arman el desmadre", dijo con voz ronca, dejando las cosas en la mesa y acercándose con pasos felinos.

Tu corazón latió fuerte, un tambor en el pecho. "Pasa, pendejo, no te quedes ahí como menso", respondiste juguetona, incorporándote un poco. Él se sentó a tu lado, tan cerca que sentiste el calor de su cuerpo, el aroma masculino de su loción mezclada con sudor fresco del gym. Sus ojos oscuros se clavaron en la pantalla y luego en ti, recorriendo tus curvas con hambre descarada. "Estás más rica que la protagonista, ¿eh?", murmuró, rozando tu rodilla con los dedos callosos.

El roce fue eléctrico, un chispazo que subió directo a tu centro. En la tele, la pareja se besaba con furia, y tú sentiste la tensión crecer como una tormenta. Rodrigo se inclinó, su aliento cálido en tu cuello. "¿Quieres que hagamos nuestro propio capítulo?" Sus labios rozaron tu oreja, enviando ondas de placer por tu espina. Asentiste, muda de deseo, y él capturó tu boca en un beso profundo, su lengua invadiendo con sabor a menta y promesas.

"Esto es mejor que El Color de la Pasión capítulo 81, ¿verdad, preciosa?"
susurró contra tus labios, mientras sus manos expertas subían por tus muslos, abriendo las piernas con gentileza firme. Tú gemiste bajito, el sonido perdido en su boca. El beso se volvió salvaje, dientes chocando, lenguas danzando en un ritmo frenético. Sentías su erección dura contra tu cadera, gruesa y pulsante bajo los jeans ajustados.

Te levantó en brazos como si no pesaras nada, llevándote al cuarto donde la cama king size te esperaba con sábanas de satén fresco. Te dejó caer suave, quitándose la playera de un tirón, revelando el pecho tatuado y abdominales marcados que olían a hombre puro. "Quítate eso, corazón, déjame verte toda", ordenó con voz grave, y tú obedeciste, arqueando la espalda para soltar el brasier. Tus senos rebotaron libres, pezones rosados erguidos como súplicas.

Él se arrodilló entre tus piernas abiertas, besando tu ombligo, bajando lento por el vientre tembloroso. El vello púbico asomaba bajo la tanga empapada, y su nariz rozó ahí, inhalando tu aroma almizclado de excitación. "Hueles a pecado, chula", gruñó, lamiendo la tela húmeda. Tú arqueaste las caderas, gimiendo fuerte, el placer punzante como agujas dulces. Con dientes, arrancó la prenda, exponiendo tu panocha hinchada, labios brillantes de jugos.

Su lengua atacó sin piedad, lamiendo desde el clítoris hasta el fondo, saboreando tu miel salada y dulce. "¡Ay, cabrón, sí!" gritaste, manos enredadas en su pelo negro, empujándolo más adentro. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, tus jadeos, su gruñido animal. Sentías cada lamida como fuego líquido, el pulso acelerado en tu sexo, los músculos tensándose hacia el borde. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra tu punto G, bombeando rítmico mientras succionaba el botón hinchado.

El orgasmo te golpeó como ola gigante, cuerpo convulsionando, visión borrosa, un grito ronco escapando de tu garganta. "¡Me vengo, pendejo!" Él no paró, prolongando el éxtasis hasta que lágrimas de placer rodaron por tus mejillas. Exhaustas, lo jalaste arriba, besándolo con sabor a ti misma en su boca.

Ahora era tu turno. Le bajaste los jeans, liberando su verga venosa, cabezona y reluciente de pre-semen. La tomaste en mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando caliente. "Qué mamalona, wey", dijiste admirada, lamiendo la punta salada. Él siseó, caderas empujando. La engulliste profunda, garganta relajada por práctica, saliva chorreando. El sabor era adictivo: sal, hombre, deseo puro. Lo mamaste con hambre, lengua girando, manos masajeando las bolas pesadas.

"Para, o me vienes en la boca", jadeó él, jalándote arriba. Te puso a cuatro patas, nalgadas firmes resonando en la habitación, dejando marcas rojas que ardían delicioso. El colchón se hundía bajo tu peso, sábanas arrugadas. Sentiste la punta presionando tu entrada húmeda, resbaladiza. "¿La quieres adentro, putita mía?" preguntó juguetón.

"¡Sí, métemela toda, papacito!" suplicaste, empujando contra él. Entró de un embiste, llenándote hasta el fondo, estirándote perfecto. El placer era abrumador: roce en las paredes sensibles, su pubis chocando tu clítoris. Empezó a bombear, lento al inicio, saliendo casi todo para volver profundo. El sonido de carne contra carne llenaba el aire, sudor goteando, mezclando olores de sexo crudo.

Te volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrando más hondo. Sus ojos clavados en los tuyos, conexión más allá de lo físico. "Eres mía esta noche", gruñó, acelerando. Tú arañabas su espalda, uñas dejando surcos rojos, pechos rebotando con cada estocada. El clímax se acercaba de nuevo, vientre contrayéndose. "¡Más fuerte, chulo!"

Él obedeció, martillando sin mercy, bolas golpeando tu culo. El mundo se redujo a sensaciones: su piel sudada resbalando sobre la tuya, pulsos acelerados sincronizados, gemidos fundidos. Explotaste primero, panocha ordeñando su polla en espasmos, jugos chorreando. Él rugió, hinchándose dentro, chorros calientes inundándote, semen espeso marcando territorio.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Su peso sobre ti era reconfortante, verga ablandándose aún dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Fue mejor que cualquier telenovela", murmuró, acariciando tu pelo húmedo.

Se levantaron lento, piel pegajosa de sudor y fluidos. En la ducha, agua caliente lavando pecados, manos explorando de nuevo, pero tiernas. Regresaron al sillón, desnudos bajo una cobija, sintonizando el final de El Color de la Pasión capítulo 81. La pareja en pantalla se abrazaba, pero tú sonreíste, acurrucada en su pecho fuerte. Esta era tu pasión, real, ardiente, tuya.

El tequila esperó en la mesa, pero el verdadero fuego ardía en vuestras venas, prometiendo más capítulos en esta historia propia.

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