Relatos
Inicio Erotismo Pasión de Gavilanes Capítulo 84 Fuego en la Sangre Pasión de Gavilanes Capítulo 84 Fuego en la Sangre

Pasión de Gavilanes Capítulo 84 Fuego en la Sangre

6803 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 84 Fuego en la Sangre

Rosa se recargó en el sillón de la sala, con el control remoto en la mano, mientras el aire acondicionado zumbaba bajito luchando contra el calor pegajoso de la noche en Guadalajara. Gabriel, su carnal de años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, los ojos fijos en la tele. Estaban viendo Pasión de Gavilanes capítulo 84, esa novela que los tenía clavados cada noche. La escena ardía: los hermanos Reyes y las Elizondo enredados en un pleito de celos y deseo, con miradas que prometían más que palabras.

Órale, mira cómo se miran —dijo Gabriel, su voz ronca, pasando un brazo por los hombros de Rosa—. Esa pasión de gavilanes capítulo 84 está cañona, ¿no? Me prende ver cómo se comen con los ojos.

Rosa sintió un cosquilleo en el estómago. El olor a cuero del sillón mezclado con el aroma masculino de Gabriel, ese jabón de sándalo que usaba, la envolvía. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, y ella no pudo evitar imaginarlo a él como uno de esos reyes vengativos, tomándola con esa fuerza contenida.

¿Por qué carajos esta novela siempre me pone así de caliente? Neta, Gabriel me trae loca con solo rozarme.
Su corazón latía más rápido, y entre las piernas notó esa humedad traicionera que la hacía apretar los muslos.

La pantalla mostraba un beso robado, intenso, con gemidos ahogados que resonaban en la sala. Rosa giró la cara hacia él, sus labios entreabiertos. Gabriel lo notó al instante, como siempre. Sus ojos cafés se oscurecieron, y sin decir nada, apagó la tele con el control. El silencio cayó, roto solo por sus respiraciones pesadas.

—Ven acá, mamacita —murmuró, jalándola hacia su regazo—. Esta pasión de gavilanes capítulo 84 nos dejó con las ganas, ¿verdad?

Acto primero de su propia novela privada acababa de empezar. Rosa se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su short de algodón. El tacto áspero de sus jeans contra sus muslos desnudos la hizo jadear. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en el rancho familiar, subieron por su espalda, desatando el lazo de su blusa holgada. El aire fresco besó su piel expuesta, erizando sus pezones bajo el brasier de encaje.

Se besaron con hambre, lenguas enredándose como en la novela, saboreando la cerveza en su boca y el dulzor de su gloss de fresa. Rosa metió las manos en su camisa, palpando los músculos duros de su pecho, oliendo el sudor ligero que empezaba a perlar su cuello.

Chíngame, qué rico sabe, qué fuerte está este pendejo. Lo quiero ya, adentro, llenándome toda.

Gabriel gruñó, mordisqueando su labio inferior, bajando las manos a sus nalgas para apretarlas con fuerza. —Estás mojada, ¿eh? Se siente en tu calzón —dijo con esa voz juguetona, mexicana hasta los huesos—. ¿La novela te puso cachonda o soy yo?

—Los dos, güey —rió ella, restregándose contra él—. Pero tú más. Siempre tú.

La llevaron al cuarto, tropezando con la alfombra, riendo entre besos. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Gabriel la tumbó suave, pero con urgencia, quitándole el short y el brasier. Sus ojos devoraban cada curva: pechos firmes, cintura estrecha, caderas anchas perfectas para sus manos. Rosa jadeó al ver cómo se desvestía él, la verga saltando libre, gruesa y venosa, lista para ella.

El segundo acto escalaba. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada. —Qué rica hueles, Rosa. Como miel caliente —susurró, lamiendo despacio desde el tobillo hasta llegar a su panocha depilada. Su lengua jugó con los labios hinchados, saboreando el jugo salado-dulce que brotaba. Rosa arqueó la espalda, clavando las uñas en las sábanas, el sonido de su lengua chupando ecoando en la habitación.

¡No mames! Su boca es el paraíso, me va a hacer venir ya si no para.

—Despacio, carnal —gimió ella, jalando su pelo negro revuelto—. Quiero durar.

Gabriel subió, besando su vientre, succionando un pezón hasta endurecerlo como piedra, mientras sus dedos entraban en ella, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Dos dedos, luego tres, moviéndose con ritmo, el sonido húmedo de su excitación llenando el aire. Rosa lo empujó hacia arriba, montándolo como amazona. Su verga la penetró de un solo golpe, estirándola deliciosamente. —¡Ay, cabrón! Qué grande estás —gritó, empezando a cabalgar, sus caderas girando en círculos.

El sudor los unía, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Gabriel embestía desde abajo, manos en sus tetas, pellizcando pezones. —Chíngame más duro, Rosa. Eres mi reina, mi gavilana —jadeaba, recordando la novela que los había encendido. Sus pulsos latían al unísono, rápido como tambores de fiesta en el rancho. Ella sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando profundo, construyendo la tensión como una tormenta.

Esto es mejor que cualquier capítulo. Su calor me quema, me llena, me hace suya. No quiero que acabe nunca.
Rosa aceleró, sus gemidos volviéndose gritos: —¡Sí, así, pendejo! ¡Dame todo!

Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, el espejo del clóset reflejando sus cuerpos enredados. La vista era puro fuego: su culo redondo alzado, él entrando con fuerza, bolas golpeando su clítoris. El slap-slap de carne contra carne, mezclado con sus alaridos, era sinfonía erótica. Gabriel metió una mano para frotar su botón hinchado, círculos rápidos. —Ven conmigo, mi amor. Déjame sentirte apretarme.

El clímax explotó como fuegos artificiales en la Feria de Octubre. Rosa se convulsionó primero, su panocha contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas. —¡Me vengo, Gabriel! ¡Ay, Dios! —chilló, el mundo volviéndose blanco, olor a orgasmo intenso.

Él la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que desbordaban. —¡Rosa, carajo! Te amo —rugió, colapsando sobre ella.

El tercer acto fue puro afterglow. Yacían enredados, respiraciones calmándose, piel pegajosa enfriándose. Gabriel besó su hombro, oliendo su cabello a coco. —Esa pasión de gavilanes capítulo 84 no se compara con nosotros, ¿verdad?

Rosa sonrió, girando para mirarlo, sus ojos brillando.

Neta, esto es nuestra historia. Pasión real, sin dramas de novela.
—Nunca, mi rey. Tú eres mi gavilán eterno.

Se durmieron así, con la tele apagada y el eco de su placer en el aire, sabiendo que la noche había escrito su propio capítulo inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.