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Con Quien Se Queda Gael en Abismo de Pasion

7413 palabras

Con Quien Se Queda Gael en Abismo de Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo contra la playa como un latido constante. Yo, Rosa, estaba ahí parada en la terraza del hotel, con un vestido rojo ceñido que se pegaba a mi piel sudada por el calor húmedo. Gael, ese chulo moreno con ojos verdes que te desnudan con una mirada, charlaba con Lucía a unos metros. Ella, con su melena negra suelta y un escote que gritaba mírame, reía fuerte, tocándole el brazo como si ya lo tuviera ganado.

¿Con quién se queda Gael en este abismo de pasión? me preguntaba en la cabeza, mientras sorbía mi margarita helada, el limón picante en la lengua mezclándose con el tequila que me ardía en el pecho. Lo había conocido hace un mes en una fiesta en la Zona Romántica, y desde entonces éramos fuego y hielo. Él, con su cuerpo esculpido por horas en el gym y el surf, me volvía loca. Pero Lucía era su ex, esa mamacita que no soltaba fácil.

Gael volteó y me vio. Su sonrisa pícara me erizó la piel. Caminó hacia mí, oliendo a colonia fresca y a mar, su camisa blanca abierta mostrando el vello oscuro en el pecho.

"Órale, Rosa, ¿ya te vas a enojar porque platico con ella? Neta, no es nada."
Su voz grave, con ese acento sinaloense que me ponía los vellos de punta, me envolvió como una caricia.

Le puse la mano en el pecho, sintiendo su corazón latiendo fuerte bajo mis dedos. Su piel caliente, suave como terciopelo sobre músculo duro.

"No seas pendejo, Gael. Todos aquí se preguntan con quién se queda Gael en abismo de pasión. ¿Con la güera que te trae de cabeza o conmigo, que te hago volar?"
Le guiñé el ojo, y él rio bajito, acercando su boca a mi oreja. Su aliento cálido me hizo temblar.

La fiesta seguía con mariachis tocando La Bikina, el sonido de trompetas vibrando en el aire salobre. Lucía nos miró con ojos de fuego, pero Gael la ignoró. Me jaló de la mano hacia la playa, descalzos en la arena tibia que se nos metía entre los dedos. El viento jugaba con mi pelo, trayendo olor a coco de los cuerpos untados de crema.

Acto uno: la chispa. Ahí empezó todo de nuevo. Nos sentamos en una hamaca bajo las palmeras, sus piernas rozando las mías. Hablamos de tonterías, de cómo el mar nos llama como un amante. Pero el aire estaba cargado. Su mano subió por mi muslo, despacio, el roce de sus dedos callosos enviando chispas a mi centro. ¿Por qué me hace esto? ¿Quiere que explote aquí mismo? Pensé, mordiéndome el labio.

Lucía apareció de repente, con una botella de tequila en la mano.

"¿Interrumpo, carnal? Gael, ¿ya decidiste con quién se queda Gael en abismo de pasión? Porque yo no me rindo fácil."
Su voz era miel envenenada. Gael se tensó, pero yo no. Me levanté, pegándome a él, mi pecho contra su espalda.
"Él ya sabe, Lucía. No seas mamona. Vete a buscar otro."

Se fue mascullando, y Gael me volteó, sus ojos ardiendo.

"Tú, Rosa. Siempre tú."
Me besó ahí, bajo la luna, sus labios suaves y urgentes saboreando a sal y tequila. Su lengua invadió mi boca, explorando, chupando, mientras sus manos me apretaban la cintura. Gemí bajito, el sonido perdido en las olas. Su sabor, ahumado y dulce, me volvía adicta.

La tensión crecía como la marea. Regresamos al hotel, su brazo alrededor de mi hombro, el pasillo iluminado por luces tenues que olían a vainilla. En el elevador, no aguanté. Lo empujé contra la pared, besándolo con hambre, mis uñas clavándose en su cuello. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris, y me levantó, mis piernas envolviéndolo.

"No mames, Rosa, me vas a matar."

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con nuestro calor. Cerró la puerta y me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mi piel desnuda salvo por las tangas negras. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. Me siento poderosa, deseada, como una diosa azteca. Cayó de rodillas, besando mi ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente en mi monte de Venus, el olor de mi excitación llenando el cuarto.

Acto dos: la escalada. Sus dedos apartaron la tela, rozando mi humedad.

"Estás chorreando, corazón. Todo por mí."
Lamí su pelo mientras metía la lengua, lamiendo lento, saboreando mis labios hinchados. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el placer como olas electricas subiendo por mi espina. Su lengua áspera, girando en mi clítoris, chupando como si fuera el mejor tequila. Le jalé el pelo,
"Más, Gael, no pares, pendejo."

Lo subí a la cama, king size con sábanas de algodón egipcio suaves como nube. Le arranqué la camisa, besando su pecho, lamiendo sus pezones duros. Bajé a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando. Olor a hombre puro, almizcle que me marea. La tomé en la boca, chupando la cabeza salada, sintiendo cómo crecía, llenándome. Él jadeaba,

"Órale, qué rica boca tienes, Rosa. Neta que sí."
Mis manos masajeaban sus bolas pesadas, mi lengua trazando venas.

Pero no lo dejé acabar. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra su punta. El roce, resbaloso, ardiente, me hace temblar. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome delicioso.

"¡Ay, cabrón! Qué grande estás."
Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada embestida profunda. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas al cerebro.

La intensidad subía. Cambiamos: él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome duro, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. Sudor goteando de su frente a mi boca, salado. Lo huelo, lo pruebo, lo siento todo.

"Dime que soy tuyo, Rosa. Dime con quién se queda Gael en abismo de pasión."
Jadeé,
"¡Contigo no, wey! ¡Conmigo! ¡Solo conmigo!"

El clímax se acercaba como tormenta. Sus embestidas más rápidas, mi clítoris rozando su pubis. El cuarto olía a sexo, a sudor, a nosotros. Grité primero, mi cuerpo convulsionando, paredes apretándolo, jugos chorreando. Él gruñó profundo, hinchándose dentro, llenándome de calor líquido. Colapsamos, pegados, pulsos latiendo al unísono.

Acto tres: el resplandor. Yacíamos enredados, el ventilador girando sobre nosotros, secando el sudor. Su dedo trazaba mi espina, suave.

"Neta, Rosa, fue una chingonería. Lucía es pasado. Tú eres mi abismo, mi pasión."
Reí bajito, besando su hombro. En este momento, sé la respuesta: con quien se queda Gael en abismo de pasión es conmigo. Y qué chido se siente.

La mañana llegó con sol filtrándose por las cortinas, olor a café de la cafetera. Desayunamos en la cama, frutas frescas, mango jugoso chorreando por mi barbilla, él lamiéndolo. No había dudas, solo promesas susurradas. El mar cantaba afuera, testigo de nuestra elección. Gael era mío, en cuerpo y alma, y ese abismo de pasión nos unía para siempre.

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