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Lo Que Siento Por Ti Es Ternura Y Pasion

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Lo Que Siento Por Ti Es Ternura Y Pasion

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Yo, Ana, con mi vestido ligero de algodón floreado pegándose un poco a mis curvas por la humedad, sentía el arena caliente entre los dedos de los pies. Hacía meses que no venía a este paraíso, pero algo en el aire me decía que esta noche sería diferente. La fiesta en la playa ya empezaba: música de cumbia rebajada retumbaba desde los altavoces, olor a mariscos asados y tequila flotaba por todos lados, y la gente reía, bailaba, se rozaba en ese caos alegre mexicano.

Entonces lo vi. Diego, con su camisa guayabera desabotonada hasta el pecho, mostrando ese bronceado perfecto que siempre me volvía loca. Estaba con unos cuates, riendo a carcajadas, con una cerveza en la mano. Órale, neta que se ve chido, pensé, mientras mi corazón daba un brinco. Habíamos sido amantes hace un año, antes de que él se fuera a trabajar a Guadalajara. Una noche de tequila y pasión que nunca olvidé. Sus ojos oscuros me encontraron entre la multitud, y su sonrisa pícara me atravesó como un rayo. Caminó hacia mí, moviéndose con esa seguridad de galán de telenovela.

¡Ana, mi reina! ¿Qué pedo, carnala? ¿Volviste a joderme la noche?
—dijo, abrazándome fuerte. Su cuerpo duro contra el mío, el olor de su colonia mezclada con sudor salado me mareó. Lo abracé de vuelta, sintiendo sus músculos tensos bajo mis manos.

No mames, Diego, ¿tú aquí? Pensé que estabas en el norte, pendejo —le contesté riendo, pero mi voz salió ronca, cargada de ese deseo viejo que revivía como brasas avivadas.

Bailamos bajo las luces de neón y las estrellas. Sus manos en mi cintura, yo rozando mi cadera contra la suya al ritmo de la banda. Cada roce era electricidad: el calor de su palma en mi espalda baja, el aliento cálido en mi oreja cuando se acercaba para susurrarme tonterías. Lo que siento por ti es ternura y pasión, pensé, pero no lo dije aún. La tensión crecía con cada canción, mis pezones endureciéndose bajo el vestido, un cosquilleo húmedo entre mis piernas que me hacía apretar los muslos. Él lo notaba, porque su mirada bajaba a mi escote, y su erección presionaba contra mí disimuladamente.

La noche avanzaba, el tequila fluía, y terminamos sentados en una duna apartada, con el rumor de las olas como banda sonora. Hablamos de todo: de cómo me había ido en la chamba en la CDMX, de sus viajes, pero el aire estaba cargado de lo no dicho. Su mano rozó mi muslo, subiendo despacio por el borde del vestido.

Ana, no sabes las ganas que te tengo desde que te vi
—murmuró, su voz grave como un ronroneo.

Lo miré a los ojos, esos pozos negros que me hipnotizaban. —Yo igual, wey. Pero esta vez no va a ser una noche y ya. Quiero sentirte todo.

Nos besamos allí mismo, bajo la luna llena. Sus labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a sal y tequila. Gemí bajito cuando mordisqueó mi labio inferior, sus manos subiendo por mis muslos hasta encontrar mis bragas empapadas. El mundo se redujo a eso: su tacto áspero, el sonido de nuestras respiraciones agitadas, el olor a sexo naciente mezclado con el mar.

Acto seguido, me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a su cabaña en la playa, a unos pasos. La puerta se cerró con un clic, y ya adentro, con la luz tenue de una lámpara de papel, me quitó el vestido de un tirón. Quedé en ropa interior, mi piel erizada por el aire fresco y su mirada hambrienta.

Eres preciosa, Ana. Mira cómo te pones por mí
—dijo, pasando los dedos por mis pechos, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda. Yo le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado de su piel. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra latiendo bajo la tela. Chingao, qué grande está, pensé, mientras la liberaba y la envolvía con mi mano, masturbándolo despacio. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

Nos tumbamos en la cama king size con sábanas de lino crujiente. Sus besos bajaron por mi cuello, chupando mi clavícula, hasta llegar a mis tetas. Las devoró con hambre: lengua girando alrededor de los pezones, succionando fuerte hasta que grité de placer. Mis uñas en su espalda, arañándolo mientras él lamía mi ombligo, bajando más. El olor de mi arousal lo volvía loco; lo olí en el aire, almizclado y dulce.

Separó mis piernas con gentileza, pero firme. —

Quiero probarte, mi amor
. Su boca en mi coño fue el paraíso: lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. ¡Ay, Diego, no pares, cabrón! El sonido húmedo de su festín, mis jugos en su barbilla, el pulso acelerado en mis oídos... todo escalaba. Me corrí primero, temblando, gritando su nombre mientras olas de placer me atravesaban, mi pussy contrayéndose alrededor de sus dedos.

Pero no paramos. Él se puso de rodillas, su verga reluciente por mi saliva después de que se la chupara yo a él: garganta profunda, bolas en mi mano, sabor salado y varonil en mi lengua. Me penetró despacio al principio, mirándome a los ojos. —

Siente cómo te lleno, Ana
. Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso, hasta el fondo. El roce de su pubis contra mi clítoris, el slap slap de piel contra piel cuando aceleró. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos en mi culo apretándolo. Sudor por todos lados, resbaloso y caliente. Él debajo, embistiéndome fuerte, mis paredes apretándolo como guante.

La intensidad crecía: lo que siento por ti es ternura y pasión, se lo susurré al oído mientras lo montaba, mordiendo su lóbulo. Él respondió acelerando, su verga hinchándose más. —

¡Sí, mi vida, córrete conmigo!
El clímax nos golpeó juntos: yo gritando, él rugiendo, chorros calientes llenándome mientras mi coño lo ordeñaba. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

En el afterglow, con su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón latir calmándose, acaricié su cabello revuelto. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. Las olas seguían su ritmo eterno afuera, como un eco de nuestros cuerpos.

Esto no termina aquí, ¿verdad?
—preguntó él, besando mi piel sensible.

Neta que no, pendejo. Lo que siento por ti es ternura y pasión, y apenas empieza —le contesté, sonriendo en la penumbra.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, planeando mañanas de playa y noches iguales. Puerto Vallarta nos había regalado esto: no solo pasión salvaje, sino una conexión profunda, tierna, que sabía a promesas y más placeres por venir. Mi cuerpo aún temblaba levemente, satisfecho, pero ya anhelando la próxima ronda.

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