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La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

6879 palabras

La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

En las calles empedradas de San Miguel de Allende, durante la Semana Santa, el aire se cargaba de incienso y murmullos devotos. Tú, Ana, caminabas descalza detrás de la procesión, el peso de la corona de espinas falsa rozando tu frente sudorosa. El sol del atardecer te quemaba la piel morena, y el roce de la túnica áspera contra tus pechos te hacía contener la respiración. Neta, ¿por qué acepté esto? pensabas, mientras el tamborileo de los matracas retumbaba en tu pecho como un corazón acelerado.

Javier iba a tu lado, disfrazado de centurión romano, su armadura de cartón pintado ceñida a su torso musculoso. Lo miraste de reojo: esos ojos cafés intensos, la mandíbula cuadrada cubierta de barba incipiente, y ese olor a hombre mezclado con sudor y colonia barata que te volvía loca. Habían sido amantes por meses, en secreto, robando momentos en moteles de paso o en el asiento trasero de su Tsuru viejo. Pero hoy, con toda la familia y el pueblo mirando, la tensión era un nudo en tu vientre.

La amarga pasión de nuestro Señor Jesucristo
, recitabas en tu mente como un mantra prohibido, recordando el librito devoto que leíste de niña. Pero en tus fantasías retorcidas, esa pasión no era solo sufrimiento; era fuego líquido entre las piernas, un anhelo que dolía y aliviaba al mismo tiempo.

La procesión avanzó hacia la iglesia colonial, con sus torres iluminadas por velas parpadeantes. El olor a cera derretida y flores de bugambilia te invadió las fosas nasales. Javier te rozó la mano disimuladamente, su palma callosa enviando chispas por tu espina dorsal. Órale, carnal, murmuraste bajito, con esa sonrisa pícara que solo él conocía. Él respondió con un guiño, y supiste que no aguantarían hasta el final.

Al llegar al atrio, la multitud se arremolinó. Aprovechaste el caos para escabullirte hacia el jardín lateral, donde los naranjos perfumaban la noche con su dulzor cítrico. Javier te siguió, su respiración jadeante rompiendo el silencio. Te acorraló contra el muro de adobe fresco, sus manos grandes sujetando tus caderas.

Wey, aquí no, nos van a cachar —susurraste, pero tu cuerpo ya se arqueaba hacia él, traicionándote.

¿Y qué? Que vean cómo se siente la verdadera pasión —gruñó él, su boca capturando la tuya en un beso hambriento. Saboreaste el salado de su sudor mezclado con el dulzor de las naranjas maduras que colgaban sobre vuestras cabezas. Sus labios eran ásperos, demandantes, y su lengua exploraba tu boca como si quisiera devorarte entera.

Tus manos se colaron bajo la armadura falsa, palpando el calor de su piel curtida por el sol. Sentiste su verga endureciéndose contra tu muslo, gruesa y pulsante, y un gemido escapó de tu garganta. El sonido lejano de las saetas y oraciones se mezclaba con el zumbido de grillos y el latido de tu pulso en las sienes. Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensaste, mientras él bajaba la túnica por tus hombros, exponiendo tus tetas al aire fresco de la noche.

Sus dedos morenos pellizcaron tus pezones oscuros, endureciéndolos al instante. Un escalofrío te recorrió, desde la nuca hasta el clítoris hinchado que rogaba atención. Lamiste su cuello, probando el sabor salobre de su piel, inhalando ese aroma macho que te hacía mojar las tangas de encaje que usabas solo para él.

Quítate eso, pinche centurión falso —ordenaste, tirando de su cinturón. Él rio bajito, ese sonido ronco que te derretía, y se despojó de la armadura. Su pecho ancho, cubierto de vello negro rizado, brillaba bajo la luna. Lo empujaste al suelo, sobre la hierba húmeda que olía a tierra fértil y jazmín silvestre.

Te montaste a horcajadas sobre él, frotando tu concha empapada contra su pito tieso. El roce era tortura deliciosa: la tela de tu ropa interior rasgándose contra su glande hinchado, el calor de su miembro traspasando barreras. Javier gruñó, sus manos amasando tus nalgas redondas, separándolas para rozar tu ano con un dedo juguetón.

La amarga pasión de nuestro Señor Jesucristo, qué ironía
, cruzó por tu mente mientras lo montabas despacio, guiando su verga hacia tu entrada. Entró centímetro a centímetro, estirándote con ese ardor dulce que te hacía jadear. Sentiste cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. El dolor inicial se fundió en placer puro, tus paredes vaginales contrayéndose alrededor de él como un puño caliente.

Empezaste a moverte, cabalgándolo con ritmo creciente. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con vuestros jadeos ahogados. Sudabas, gotas resbalando por tu espalda, goteando sobre su abdomen tenso. Él te miró con ojos enfebrecidos, mamando tus tetas con avidez, mordisqueando los pezones hasta que gritaste bajito.

Más duro, Javier, chíngame como si fuera la última vez —suplicaste, clavando las uñas en sus hombros. Él obedeció, embistiéndote desde abajo con fuerza brutal pero consentida, sus caderas chocando contra las tuyas. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle de tu flujo, sudor masculino, tierra removida. Tus sentidos explotaban: el roce áspero de su pubis contra tu clítoris, el sabor de su piel en tu lengua, el sonido obsceno de vuestros cuerpos uniéndose.

La tensión crecía como una tormenta. Tus muslos temblaban, el orgasmo acechando. Javier te volteó sin salir de ti, poniéndote a cuatro patas contra el muro. Entró de nuevo, profundo, su saco golpeando tu clítoris con cada estocada. ¡Ay, cabrón! gritaste mentalmente, mientras él te jaloneaba el pelo con gentileza dominante.

Ven conmigo, mi reina —murmuró al oído, su aliento caliente erizándote la piel. Aceleró, follándote sin piedad, sus dedos frotando tu botón en círculos precisos. El clímax te golpeó como un rayo: olas de placer convulsionando tu útero, jugos chorreando por tus piernas. Él rugió, corriéndose dentro de ti, chorros calientes inundándote, su verga latiendo como un corazón desbocado.

Colapsaron juntos sobre la hierba, jadeantes, entrelazados. El mundo volvió despacio: el eco distante de la procesión, el aroma de naranjas y semen mezclado. Javier te besó la sien, suave ahora, sus dedos trazando patrones en tu espalda sudorosa.

Neta que fue la amarga pasión de nuestro Señor Jesucristo, pero en versión cachonda —bromeó él, riendo bajito.

Tú sonreíste, el cuerpo lánguido y satisfecho. Sí, amarga porque duele lo mucho que lo quiero, pensaste, mientras el afterglow te envolvía como una bendición pagana. Se vistieron a prisa, robando besos robados antes de volver a la multitud. Nadie sospechó nada. Pero en tu alma, esa pasión ardía eterna, un secreto dulce y prohibido que los unía más que cualquier oración.

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