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Pasión de Gavilanes Quintina

6582 palabras

Pasión de Gavilanes Quintina

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Los Gavilanes, en las afueras de Guadalajara. El aire olía a tierra húmeda y jazmines silvestres, mezclado con el aroma dulce del mezcal que reposaba en las bodegas. Yo, Juan, patrón de estas tierras, caminaba por el corral con el sombrero ladeado, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda bajo la camisa de manta. Llevábamos semanas sin lluvia, y la sequía no era lo único que me tenía intranquilo. Desde que llegó Quintina, la nueva cocinera recomendada por mi compadre de Tepatitlán, algo había cambiado en el aire de la hacienda.

Quintina era una mujer de esas que te quitan el aliento con una sola mirada. Morena clara, con curvas que se marcaban bajo el huipil sencillo que usaba, y unos ojos negros como el café de olla que preparaba cada mañana. Tenía esa pasión de gavilanes en la forma de moverse, altiva y desafiante, como las aves que surcaban el cielo sobre los nogales. La vi por primera vez cuando bajaba del camión polvoriento, con una maleta vieja en la mano y una sonrisa que prometía tormentas.

"Buenos días, patrón. Vengo a trabajar duro, como mi difunta abuela me enseñó. ¿Me da chance?"
me dijo, con esa voz ronca que parecía acariciar el viento.

Desde entonces, cada comida era una tortura deliciosa. Sus manos expertas amasando tortillas, el vapor de los tamales subiendo como suspiros, y ese perfume suyo, a vainilla y tierra mojada, que se colaba hasta mis sueños. Yo la observaba desde la puerta de la cocina, fingiendo revisar las cuentas, pero mi mente volaba. ¿Qué pendejada es esta, Juan? Es tu empleada, wey. Pero carajo, qué mujer...

Una tarde, después de que los peones se fueron al pueblo por provisiones, la hacienda quedó en silencio, roto solo por el canto de los grillos y el lejano relincho de los caballos. Entré a la cocina por un trago de agua, y ahí estaba ella, inclinada sobre la mesa, limpiando el molcajete. Su falda se había subido un poco, revelando la piel suave de sus muslos, dorados por el sol. El corazón me latió como tamborazo en fiesta.

—Quintina, ¿todo en orden? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quería.

Ella se enderezó despacio, girándose con una sonrisa pícara. —Sí, patrón. Todo listo para la cena. ¿Quiere que le prepare algo especial? Algo caliente, tal vez.

Su mirada se clavó en la mía, y sentí un calor que nada tenía que ver con el clima. Me acerqué un paso, oliendo su esencia de cerca, dulce y embriagadora. —Quintina, desde que llegaste, no pienso en otra cosa que en ti. Eres como esa pasión de gavilanes quintina, salvaje y ardiente.

Ella rio bajito, un sonido que me erizó la piel. —Ay, patrón, no sea payaso. Pero si quiere saber, yo también lo miro. Con esos ojos de macho que tiene, y esas manos fuertes... Me dan ganas de ver qué tan bueno es para otras cosas.

El aire se cargó de electricidad. Nuestras respiraciones se aceleraron, y sin más palabras, la tomé por la cintura. Sus labios se abrieron a los míos, suaves y calientes como tamal recién hecho. La besé con hambre, saboreando el dulzor de su boca, mientras mis manos exploraban la curva de su espalda, bajando hasta sus nalgas firmes. Ella gimió contra mi boca, un sonido que me endureció al instante.

La levanté sobre la mesa, apartando los utensilios con un barrido. Sus piernas se enredaron en mi cintura, apretándome contra ella. Sentí su calor a través de la tela, húmedo y ansioso. —Órale, Juan, no pares —susurró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. Sus uñas rasguñaron mi nuca, enviando chispas por mi espina.

Le quité el huipil con delicadeza, revelando sus pechos plenos, coronados por pezones oscuros que se endurecían al aire. Los besé, lamiendo con la lengua plana, saboreando el salado de su piel sudada. Ella arqueó la espalda, jadeando, mientras sus manos desabotonaban mi pantalón. Mi verga saltó libre, palpitante, y ella la tomó con firmeza, acariciándola de arriba abajo. —Qué chulada, patrón. Esto sí es de hombre —dijo, con ojos brillantes de deseo.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. La bajé de la mesa solo para voltearla, levantándole la falda. Su trasero perfecto se ofreció, y separé sus nalgas para besar la piel sensible ahí. Bajé más, lamiendo su concha empapada, saboreando su miel salada y dulce. Ella temblaba, gimiendo fuerte: —¡Ay, Diosito! ¡Sigue, no pares, wey!

Mis dedos se hundieron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía convulsionar. El sonido de su humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con sus gemidos que llenaban la cocina. Olía a sexo puro, a mujer en celo, y yo no podía más. Me puse de pie, frotando mi verga contra su entrada resbaladiza.

—Dime que lo quieres, Quintina —gruñí, conteniéndome.

—Sí, cabrón, métemela ya. ¡Hazme tuya! —rogó, empujando hacia atrás.

Empujé despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome, apretándome como guante de terciopelo. Gemí profundo, el placer tan intenso que me nubló la vista. Empecé a moverme, lento y profundo, sintiendo sus paredes contraerse. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las amasaba desde atrás, pellizcando los pezones.

El ritmo aumentó, salvaje como los gavilanes en vuelo. La mesa crujía bajo nosotros, el sudor nos pegaba, piel contra piel en un slap-slap rítmico. Ella gritaba mi nombre, Juan, Juan, y yo respondía follándola más duro, mi mano en su clítoris frotando en círculos. El orgasmo la alcanzó primero, su cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando mis bolas. —¡Me vengo, ayúdame! —chilló.

No pude aguantar. Con un rugido, me vacié dentro de ella, pulsos calientes llenándola hasta rebosar. Nos quedamos jadeando, unidos, mientras el mundo volvía a enfocarse.

Después, la abracé en el suelo de la cocina, sobre una cobija que trajimos del cuarto. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aroma de nuestros cuerpos mezclados flotaba, a sexo y satisfacción. —Esto fue como la pasión de gavilanes quintina, ¿verdad? —murmuró ella, trazando círculos en mi piel.

Sonreí, besando su frente. —Mejor, mi reina. Porque esto apenas empieza. Mañana, en el granero, si quieres.

Ella rio, y supe que la hacienda Los Gavilanes nunca sería la misma. La sequía había terminado, y nuestra pasión acababa de brotar, fuerte y eterna como las raíces de los nogales.

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