Duelo de Pasiones Gaspar
La noche en la hacienda ardía como un fogón de leña seca. El aire olía a mezcal ahumado, a tierra húmeda después de la lluvia y a los cuerpos sudorosos que se movían al ritmo de la banda norteña. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, me sentía como una reina entre tanto vaquero y chava lista para el desmadre. Había llegado a este baile en las afueras de Guadalajara para desquitarme de la rutina de la ciudad, pero no contaba con que él estaría ahí. Gaspar. Ese pendejo arrogante con ojos color café quemado y una sonrisa que prometía pecados.
Lo vi desde el otro lado del patio, recargado en una viga de madera, con su sombrero charro ladeado y camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me hacía imaginar cosas prohibidas. Nuestras miradas chocaron como espadas en un duelo de pasiones Gaspar, ese apodo que le pusimos de morros cuando competíamos en las fiestas del pueblo por ver quién bailaba más chingón. Él siempre ganaba, pero esta vez, no lo dejaría tan fácil.
"¿Qué onda, Ana? ¿Sigues con envidia de mis pasos?" me dijo acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho como el redoble de una tambora. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que me erizaba la piel.
"Pura pendejada, Gaspar. Esta noche te voy a dejar viendo pa’l suelo", le contesté, sintiendo el calor subir por mis muslos. El desafío estaba lanzado. La banda tocó un sonidero rápido y la gente gritó: ¡Duelo! ¡Duelo de pasiones! Todos sabían de nuestra historia.
El baile empezó como un torbellino. Sus manos fuertes en mi cintura, guiándome con esa fuerza que no admitía réplica. Sentía el roce de sus dedos callosos contra la tela delgada de mi vestido, enviando chispas por mi espina. Mi corazón latía desbocado, tan-tan-tan, al compás de sus caderas pegadas a las mías. Sudor perlando su frente, goteando hasta su cuello, y yo lamiéndome los labios sin querer. "Estás más rica que nunca, carnala", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Me late el deseo, pensé, mientras girábamos, cuerpos chocando en una danza que ya no era solo pasos, sino un preludio de algo más salvaje.
La multitud aullaba, pero yo solo oía su respiración agitada, sentía el bulto endureciéndose contra mi vientre.
"¿Qué carajos me pasa? Este wey siempre me ha puesto caliente, pero hoy es diferente. Quiero que me rompa en dos", me dije en la cabeza, mientras lo provocaba con un movimiento de cadera que lo hizo gruñir bajito. El duelo escalaba: él me jalaba más cerca, yo le arañaba la espalda por encima de la camisa. La música se volvió un rugido, el aire espeso con olor a chambirio y feromonas. Perdí un paso a propósito para que me atrapara, sus brazos envolviéndome como una red.
Al final del tema, jadeantes, nos miramos con ojos en llamas. "¿Vamos por un trago?" propuso, pero su mirada decía otra cosa. Asentí, y nos escabullimos hacia el granero, lejos de las luces y el bullicio. El corazón me martillaba en la garganta mientras caminábamos, su mano en mi nalga, apretando posesivo. "No mames, Gaspar, ¿aquí?" reí nerviosa, pero excitada hasta los huesos.
Adentro, el olor a heno fresco y cuero viejo nos envolvió. La luz de la luna se colaba por las rendijas, pintando su rostro de sombras sexys. Me empujó contra un montón de paja suave, su boca devorando la mía en un beso hambriento. Sabía a tequila y a victoria. Sus labios carnosos chupando mi lengua, dientes mordisqueando suave, haciendo que gemiera contra su boca. Qué chingón besas, cabrón, pensé, mientras mis manos se colaban bajo su camisa, palpando esos pectorales duros como rocas, el calor de su piel quemándome las palmas.
"Te quiero desde siempre, Ana. Este duelo de pasiones es lo que necesitaba", confesó con voz ronca, desabrochando mi vestido con dedos temblorosos. Lo dejé caer, quedando en brasier de encaje negro y tanga diminuta. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al verme. "Estás de hijole, wey", jadeó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Bajó por mi clavícula, succionando mis pezones endurecidos a través de la tela hasta que la arranqué yo misma. Su boca en ellos era fuego líquido: chupadas largas, mordidas suaves que me arqueaban la espalda.
Le quité la camisa, besando su torso, saboreando el salitre de su piel. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que me hicieron salivar. "Qué pingota, Gaspar", murmuré, acariciándola de arriba abajo, sintiendo su pulso acelerado bajo mi mano. Él gimió, profundo, animal, mientras me tendía en la paja y separaba mis piernas. Su nariz rozó mi concha a través de la tanga, inhalando mi aroma almizclado de excitación. "Hueles a miel caliente, mi reina", dijo antes de arrancármela con los dientes.
Su lengua invadió mi sexo como un invasor experto: lamiendo mi clítoris hinchado en círculos lentos, metiendo la punta dentro de mí, saboreando mis jugos. ¡Ay, Diosito! Esto es el paraíso, grité en mi mente, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. Gemía su nombre, "¡Gaspar, sí, así!", mientras dos dedos gruesos me penetraban, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo me acechaba, tensión coiling en mi vientre como un resorte.
No aguanté más. "Chíngame ya, pendejo", le rogué, jalándolo arriba. Se colocó entre mis muslos, la cabeza de su verga rozando mi entrada húmeda, lubricándonos mutuamente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Estás tan apretada, Ana! Tan mojada pa’ mí", gruñó, empezando a bombear con ritmo creciente. Nuestros cuerpos chocaban con plaf-plaf-plaf húmedo, sudor resbalando, mezclándose.
Lo monté después, cabalgándolo como una amazona en su corcel. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Yo clavaba uñas en su pecho, marcándolo mío. El granero olía a sexo puro: almizcle, sudor, paja machacada. Sus embestidas subían de intensidad, golpeando profundo, rozando mi punto G una y otra vez.
"Esto es nuestro duelo, Gaspar. Y yo voy ganando", pensé entre jadeos, mientras él me volteaba a cuatro patas, penetrándome por atrás con fuerza brutal pero consentida, su vientre contra mi culo, bolas golpeando mi clítoris.
El clímax nos alcanzó juntos. Yo primero, explotando en oleadas que me hacían temblar, gritando "¡Me vengo, cabrón!", mi concha contrayéndose alrededor de su verga como un puño. Él rugió, "¡Ana, te lleno!", eyaculando chorros calientes dentro de mí, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos en la paja, exhaustos, pieles pegajosas unidas.
Después, en el afterglow, fumamos un cigarro compartido, sus dedos trazando patrones en mi espalda. "Ganamos los dos, ¿verdad?" susurró, besando mi sien. Reí suave, el corazón lleno. "Este duelo de pasiones Gaspar fue lo mejor que me ha pasado, wey". Afuera, la banda seguía tocando, pero nosotros habíamos encontrado nuestra propia melodía. Y supe que esto no era el fin, solo el principio de más noches ardientes.