Sueños de Pasión Carnal
Desde hace semanas, mis noches se llenaban de sueños de pasión que me dejaban el cuerpo ardiendo. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos viviendo en un depa chido en la Condesa, no podía creerlo. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía él: Diego, el vecino del piso de arriba. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme nomás de verlo en el elevador. En mis sueños, sus manos recorrían mi piel como si ya me conociera de toda la vida, y yo me rendía sin chistar, gimiendo su nombre en la oscuridad.
Una mañana de sábado, el sol se colaba por las cortinas de mi recámara, tiñendo todo de un naranja cálido. Me desperté con el corazón latiéndome a mil, las sábanas pegadas a mi piel sudada.
¿Cuánto más voy a aguantar estos sueños, wey? Necesito conocerlo de verdad, tocarlo, o me voy a volver loca.Me levanté, me puse un shortcito ajustado y una blusa escotada, sintiendo el aire fresco rozar mis pezones endurecidos. Bajé a la cafetería de la esquina por un café bien cargado, y ahí estaba él, sentado en una mesita, con el periódico en la mano y un café humeante frente a él. Olía a jabón fresco y a algo más, como madera y deseo puro.
—Órale, Ana, ¿verdad? —me dijo con esa voz grave que me erizaba la piel—. Te he visto por el edificio. ¿Qué pedo, ya te cansaste de dormir?
Me senté frente a él sin pensarlo dos veces, el corazón retumbándome en el pecho. Sus ojos cafés me devoraban, bajando un segundo a mi escote. Qué rico se ve, neta, como en mis sueños. Charlamos de todo: del tráfico cabrón de la ciudad, de las taquerías más chidas de Polanco, de cómo la vida en la Condesa era un desmadre pero valía la pena. Cada risa suya vibraba en mi cuerpo, y sentí un calor traicionero entre las piernas.
—¿Sabes qué? Vamos a mi depa, te invito un mezcal que traje de Oaxaca. Para que veas que no muerdo... mucho. —propuso, guiñándome el ojo.
No pude decir que no. Subimos en el elevador, el espacio chiquito cargado de tensión. Nuestros brazos se rozaron, y fue como electricidad pura. Su aroma me invadió: colonia masculina, sudor ligero del día, y ese toque de pasión contenida. Entramos a su lugar, minimalista pero con detalles chidos como máscaras oaxaqueñas en la pared. Me sirvió el mezcal en vasos de barro, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue.
Brindamos, y el fuego del mezcal bajó por mi garganta, calentándome por dentro. Nos sentamos en el sofá, cada vez más cerca.
Esto es como mis sueños de pasión, pero real, tangible. ¿Y si pasa lo que imagino?Su mano rozó mi muslo casualmente, y yo no me aparté. Al contrario, me incliné, mis labios a centímetros de los suyos.
—Eres la morra más chula del edificio, Ana. Desde que te vi, no dejo de pensar en ti. —murmuró, su aliento cálido contra mi boca.
Lo besé. Fue un beso hambriento, sus labios suaves pero firmes, saboreando a mezcal y a hombre. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Me quedé en bra, mis tetas pesadas liberadas, pezones duros como piedras. Él gimió bajito, un sonido ronco que me hizo temblar. Su lengua en mi cuello, lamiendo mi piel salada, oliendo a mi perfume de vainilla.
Lo empujé al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. ¡Qué chingona se siente! Le quité la playera, revelando un pecho moreno, músculos definidos por horas en el gym. Mis uñas rasguñaron su piel, dejando marcas rojas, y él jadeó, agarrándome las nalgas con fuerza.
—Quítate eso, mamacita. Quiero verte toda.
Me paré un segundo, bajándome el short y la tanga de un jalón. Quedé desnuda frente a él, mi coño ya mojado brillando bajo la luz. Él se desabrochó el pantalón, sacando su pito grueso, venoso, listo para mí. Lo tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación llenando el aire. Lo masturbé despacio, viendo cómo su prepucio subía y bajaba, goteando precum.
Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Lamí la punta, salada y dulce, y lo metí en la boca centímetro a centímetro. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. Chúpalo rico, Ana, como en tus sueños. Lo mamé con ganas, la saliva chorreando, mis labios hinchados por el roce. Sus caderas se movían, follando mi boca suave pero profundo.
—No mames, qué rico chupas. Pero ya quiero cogerte.
Me levantó como si no pesara nada, llevándome a su recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves al tacto. Me tiró boca arriba, besando mi cuerpo entero: tetas, panza, muslos. Su lengua llegó a mi clítoris, lamiéndolo en círculos lentos.
¡Ay, wey, qué pinche placer! Su barba raspándome las labios, su aliento caliente, el sabor de mi propia humedad en su boca cuando me besa después.Gemí alto, arqueando la espalda, mis jugos empapando las sábanas. Dos dedos entraron en mí, curvándose justo en el punto G, mientras chupaba mi botón con hambre.
El orgasmo me pegó como un camión: olas de placer desde el coño hasta la cabeza, piernas temblando, grito ahogado en su hombro. Esto es mejor que cualquier sueño de pasión. Pero él no paró. Se puso un condón —siempre responsable, qué chido— y se posicionó entre mis piernas.
Entró despacio, estirándome delicioso. ¡Está enorme, cabrón! Sus embestidas empezaron suaves, profundas, el sonido de piel contra piel retumbando en la habitación. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose. Yo le clavé las uñas en la espalda, pidiendo más fuerte.
—Cógeme duro, Diego. ¡Hazme tuya!
Cambiamos de posición: yo a cuatro patas, él detrás, jalándome el pelo. Cada estocada me llenaba, su saco golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, pasión desatada. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, mandándome escalofríos. Me voy a venir otra vez, neta.
Se corrió primero, gruñendo mi nombre, su verga hinchándose dentro de mí. Eso me empujó al borde: mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, placer infinito explotando en mí. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso cálido sobre mi espalda.
Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados. Su piel pegada a la mía, corazones latiendo al unísono. Besos suaves, caricias perezosas.
Estos sueños de pasión ya no son solo sueños. Ahora son reales, y quiero más.
—¿Qué sigue, Ana? ¿Otra ronda o te invito a cenar? —preguntó con picardía.
Reí, sintiéndome empoderada, deseada. La noche apenas empieza, pendejo. La pasión no se acababa; solo comenzaba.