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Hazlo Con Pasion Frases Que Encienden El Alma

6076 palabras

Hazlo Con Pasion Frases Que Encienden El Alma

La noche en Guadalajara olía a tacos al pastor y a jazmín fresco de los portales. Tú, Ana, una morra de veintiocho años con curvas que volvían locos a los vatos del barrio, entraste al bar La Perla con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Habías quedado con Diego, ese carnal que conociste en una boda hace meses, el que te hacía reír con sus chistes pendejos y te ponía la piel chinita con solo una mirada. Llevabas un vestido rojo ceñido que marcaba tus chichis perfectos y tus caderas anchas, listo para la fiesta.

Lo viste de inmediato, recargado en la barra, con su camisa negra entreabierta mostrando el pecho moreno y tatuado. Órale, qué rico se ve el wey, pensaste, mientras el sudor del calor tapatío te humedecía el escote. Se acercó con esa sonrisa chueca, te abrazó fuerte oliendo a colonia barata y cerveza fría. Sus manos grandes te rozaron la cintura, y sentiste un chispazo directo al clítoris.

Neta, Ana, te ves cañón —te dijo al oído, su aliento cálido con sabor a tequila—. Hazlo con pasión, murmuraste en tu mente, recordando esas frases que leías en tus novelas eróticas mexicanas, las que te ponían caliente sola en la cama.

Charlaron de pendejadas: del tráfico en López Mateos, de la banda que tocaba en vivo con trompetas que retumbaban en tus tetas. Pero la tensión crecía. Cada roce de sus dedos en tu muslo bajo la mesa te hacía apretar las piernas. El olor a su sudor mezclado con el humo de los cigarros te mareaba. Pediste un cuba libre, y cuando te lo pasó, sus labios rozaron los tuyos accidentalmente. O no tan accidental.

—Vámonos de aquí, morra —te propuso, su voz ronca como gravel—. Quiero estar a solas contigo.

Tú asentiste, el pulso acelerado, el coño ya mojado anticipando lo que vendría. Salieron tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra tu piel ardiente. Caminaron hasta tu depa en el centro, riendo como güeyes, pero con esa hambre en los ojos.

Entraron y cerraste la puerta con llave. La luz tenue de la lámpara de lava pintaba sombras en las paredes blancas. Diego te acorraló contra la puerta, sus manos en tus nalgas, apretando con fuerza juguetona.

Te deseo tanto, Ana. Hazlo con pasión —susurró, y esas palabras te prendieron como mecha.

Le devoraste la boca, lenguas enredadas con sabor a ron y sal. Sus manos subieron tu vestido, rozando tus muslos suaves, hasta encontrar tus calzones empapados. ¡Carajo, qué chingón se siente! gemiste en tu cabeza mientras él te los bajaba despacio, inhalando tu aroma almizclado de mujer excitada.

Te cargó hasta la cama king size que compartías con fantasmas pasados, pero esta noche era solo él. Te quitó el vestido, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello que olía a perfume de gardenias, los pezones duros como piedras de obsidiana que chupó con hambre, haciendo que arquearas la espalda y soltaras un ¡ay, wey! gutural.

Él se desnudó rápido, su verga tiesa saltando libre, gruesa y venosa, con el prepucio retráctido mostrando el glande brillante de precum. Te lamió el ombligo, bajando hasta tu monte de Venus rasurado, donde hundió la cara. Su lengua experta encontró tu clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos. El sonido húmedo de su boca en tu coño te volvía loca, mezclado con tus jadeos y el zumbido del ventilador de techo.

¡Más, Diego, hazlo con pasión, no pares!

Le dijiste en voz alta, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos en tu entrada resbaladiza, curvándolos contra tu punto G. Sentiste las paredes vaginales contraerse, el jugo chorreando por sus nudillos. El olor a sexo llenaba la habitación, espeso y adictivo.

Pero no querías correrte aún. Lo empujaste boca arriba, montándote a horcajadas. Su polla palpitaba contra tu vientre, caliente como hierro forjado. La agarraste, sintiendo las venas bajo tu palma sudorosa, y la frotaste contra tus labios mayores, untándola de tu crema.

Dime frases sucias, cabrón —le exigiste, y él rio bajito.

Hazlo con pasión, Ana, métetela toda, que te rompo el hocico —gruñó, usando ese slang tapatío que te ponía más cachonda.

Bajaste despacio, su verga abriéndote centímetro a centímetro. ¡Puta madre, qué llena me siento! El estiramiento ardiente pero placentero te hizo gemir. Empezaste a cabalgar, tetas rebotando, manos en su pecho peludo. Él te amasaba las nalgas, guiando el ritmo, el slap-slap de piel contra piel resonando como palmas en una fiesta.

La tensión subía. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, el sudor goteando de su frente a tus chichis. Olías su axila masculina, salada, mientras le clavabas las uñas en la espalda. Hazlo con pasión frases, pensabas, recordando cómo esas palabras simples avivaban el fuego.

¡Más fuerte, pendejo, dame todo! —gritaste, y él aceleró, su pelvis chocando contra tu clítoris con cada thrust.

El clímax se acercaba como tormenta veraniega. Tus músculos se tensaron, el calor en tu bajo vientre explotando en olas. Corriste primero, el coño apretando su verga como puño, chorros de squirt mojando las sábanas. Él rugió, ¡Me vengo, morra!, y se vació dentro, semen caliente inundándote, pulso tras pulso.

Colapsaron jadeando, cuerpos pegajosos enredados. El aire olía a semen, sudor y pasión cumplida. Diego te besó la frente, suave ahora.

Eres increíble, Ana. Neta, lo hicimos con toda la pasión del mundo.

Tú sonreíste, el corazón lleno, sabiendo que esas frases de hazlo con pasión habían sido el catalizador perfecto para esta noche inolvidable.

Se quedaron así, platicando pendejadas hasta el amanecer, con promesas de más noches así. La ciudad despertaba afuera, pero en tu cama, el mundo era solo placer y conexión profunda.

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