Diario de una Pasión Pelea
Querido diario, hoy todo explotó como volcán en erupción. Diario de una pasión pelea, así le voy a llamar a esta entrada porque neta, con Alex siempre es así: fuego puro que quema y excita al mismo tiempo. Vivo en este depa chiquito pero chulo en la Roma, con sus paredes blancas que escuchan mis gritos y suspiros. Él llegó del trabajo, oliendo a café y sudor fresco de la calle, con esa camisa azul pegada al pecho musculoso que me vuelve loca.
Yo estaba en la cocina, picando cebolla para unos tacos, el aroma picante llenando el aire, cuando solté lo que me traía atorada desde ayer. "¡Pendejo! ¿Por qué coño no me contestaste las llamadas? ¿Estabas con otra?" Mi voz retumbó contra las ollas, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Él se giró, ojos cafés ardiendo, mandíbula tensa. "¡Órale, güey! ¿De qué hablas? Estaba en junta, no enredado con morras." Se acercó, su aliento caliente rozándome la cara, oliendo a menta y enojo. Sentí su calor corporal invadiéndome, ese olor a hombre que me hace debilucha.
La pelea empezó chiquita, palabras volando como chispas: yo acusándolo de descuidado, él diciéndome celosa y dramática. Pero debajo de todo, diario de una pasión pelea, hay un hambre que no se apaga. Sus manos grandes agarraron mis hombros, no para lastimar, sino para anclarme, y juro que mi piel se erizó bajo la blusa ligera. "Mírame, carnala", murmuró ronco, su voz grave vibrando en mi pecho. Nuestros cuerpos tan cerca que olía su loción de sándalo mezclada con el sudor de la bronca. Mi pulso se aceleró, traicionándome, el calor subiendo desde el estómago hasta mis cachetes.
"¿Sabes qué? Tú me traes loco, pero no voy a dejar que me hagas esto", dijo, pero sus ojos bajaron a mis labios hinchados por morderlos de coraje.
Lo empujé, pero no con fuerza, solo para sentir su resistencia. Cayó contra la mesa, platos tintineando, y me jaló de la cintura. Nuestras bocas chocaron en un beso furioso, dientes rozando, lenguas peleando por dominio. Sabía a rabia y deseo, salado como lágrimas no lloradas. Mis manos enredadas en su pelo negro revuelto, tirando suave, mientras él gemía bajito, ese sonido gutural que me moja al instante.
Acto dos de esta locura, diario. Lo arrastré al sillón de la sala, el cuero crujiendo bajo nosotros, fresco contra mi piel ardiente. "Si tanto te enojas, demuéstrame que soy tuya", le reté, voz temblorosa de anticipación. Se rio, esa risa pícara que ilumina su cara morena. "Ah, ¿sí? Vas a ver, mamacita." Sus dedos desabotonaron mi blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire acondicionado que erizó mis pezones duros como piedras. Los miró hambriento, lamiéndose los labios, y yo arqueé la espalda, ofreciéndome sin vergüenza.
Me besó el cuello, mordisqueando suave, enviando chispazos eléctricos directo a mi entrepierna. Olía mi perfume de vainilla mezclado con el mío propio, ese almizcle de excitación que lo enloquece. "Estás rica, pinche tentación", gruñó, chupando un pezón mientras su mano bajaba por mi panza suave hasta el botón del pantalón. Lo abrí yo misma, ansiosa, sintiendo el roce áspero de sus callos en mi piel sensible. Deslizó los dedos dentro de mis calzones, encontrándome empapada, resbalosa. "¡Mira nada más cómo andas de mojada por pelear!", se burló juguetón, pero su voz ronca delataba su propia necesidad.
Yo no me quedé atrás. Le bajé el zipper, liberando su verga dura, palpitante, venosa bajo mi palma. La apreté, sintiendo el pulso acelerado como el mío, el calor irradiando. "Tú también estás listo, cabrón", le susurré al oído, lamiendo su lóbulo. Se estremeció, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Nos frotamos mutuo, piel contra piel, sudados y jadeantes. El aire olía a sexo inminente, a deseo crudo. Lo monté despacio, guiándolo dentro de mí, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, wey!", grité al llenarme, su grosor pulsando contra mis paredes.
El ritmo empezó lento, torturante: subidas y bajadas que rozaban mi clítoris contra su pubis, chispas de placer acumulándose. Sus manos en mis nalgas, amasando fuerte, guiándome más hondo. Oía nuestros cuerpos chocando, húmedos, chapoteando, mezclado con gemidos roncos y suspiros ahogados. Sudor perlando su pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Chíngame más duro", le rogué, clavando uñas en su espalda. Aceleró, embistiendo salvaje, la mesa cerca vibrando con cada golpe. Mi mente era un torbellino: Esto es lo nuestro, esta pasión que pelea y se rinde.
La tensión crecía como ola gigante. Sentía el orgasmo acechando, cosquilleo en la base de la espina, vientre contrayéndose. Él debajo, sudando, músculos tensos, gruñendo mi nombre: "¡Laura, carajo!" Lo apreté con mis músculos internos, ordeñándolo, y explotamos juntos. Mi grito fue primal, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, su rostro contorsionado en éxtasis puro. Caímos exhaustos, pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizándose.
Ahora, en la cama, con su brazo pesado sobre mi cintura, el olor a sexo impregnando las sábanas revueltas, escribo esto. La pelea se disolvió en paz, esa que solo viene después de la tormenta. Mañana será otro día, pero esta diario de una pasión pelea me recuerda por qué lo amo: porque nuestras broncas son foreplay disfrazado. Su ronquido suave me arrulla, su piel tibia contra la mía. Cierro los ojos, saboreando el afterglow, lista para más rondas de esta vida ardiente.
Fin de entrada, pero no de nosotros. Besos, diario.