Pasion Eterna Desnuda
El sol de Puerto Vallarta se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas perezosas. María bajó del taxi con el corazón latiéndole a mil, el aire salado pegándose a su piel morena y haciendo que su blusa de lino se adhiriera un poco a sus curvas. Hacía seis meses que no veía a Javier, ese pendejo guapo que la volvía loca con solo una mirada. Él la esperaba en la terraza de la casa playera, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.
—Órale, mi reina —dijo él, levantándose de golpe para abrazarla fuerte. Sus brazos duros como rocas la envolvieron, y María inhaló su olor: mezcla de protector solar, sudor fresco y ese toque de colonia barata que siempre usaba, pero que a ella le sabía a hogar—. Neta que te extrañé, carnala.
Ella se apretó contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa desabotonada. El roce de su barba incipiente en su cuello le erizó la piel, y un cosquilleo caliente se extendió desde su vientre hasta las puntas de los dedos. Este wey me tiene mal, pensó, mientras sus labios se encontraban en un beso que empezó suave, como probar un mango maduro, y pronto se volvió hambriento, con lenguas danzando al ritmo de las olas rompiendo en la playa.
Se separaron solo para jadear, las manos de Javier ya explorando su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con esa posesión juguetona que la hacía mojarse al instante. —Vamos adentro, mamacita —murmuró él contra su oreja, su aliento cálido oliendo a cerveza y deseo—. Quiero comerte entera.
La casa era un paraíso chiquito: techos de palapa, hamacas colgando y una cama king size con sábanas blancas revueltas. María se dejó llevar, el piso de madera cálida bajo sus sandalias crujiendo con cada paso. Afuera, el sonido de las gaviotas y el rumor del mar se colaban por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma de jazmines silvestres que trepaban por las paredes.
Esta pasión eterna que tenemos no se apaga ni con el tiempo ni con la distancia, pensó María mientras Javier le quitaba la blusa con dedos temblorosos de anticipación. Es como el mar: siempre vuelve, más fuerte.
Acto seguido, él la tumbó en la cama con gentileza, sus ojos cafés devorándola como si fuera el último bistec en un asador. María arqueó la espalda, invitándolo, mientras él besaba su cuello, bajando por el valle de sus senos hasta el ombligo. La tela de su brasier de encaje negro cedió con un chasquido suave, y Javier gruñó de placer al ver sus pezones endurecidos, del color del chocolate mexicano.
—Estás más rica que un tamal oaxaqueño —susurró, lamiendo uno de ellos con la lengua plana y caliente. María jadeó, el placer eléctrico recorriéndole la espina dorsal, sus manos enredándose en el cabello negro y ondulado de él. El sabor salado de su piel se mezclaba con el dulzor de su saliva, y ella sintió cómo su calentura crecía, un pulso húmedo entre sus piernas que la hacía retorcerse.
Pero Javier no tenía prisa. Era su juego favorito: torturarla despacio hasta que suplicara. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en construcción, masajearon sus muslos, abriéndolos con cuidado. María lo miró, mordiéndose el labio inferior, el corazón retumbando como tambores de mariachi en su pecho. Este cabrón sabe cómo hacerme rogar.
Él se arrodilló al pie de la cama, besando la cara interna de sus piernas, inhalando el aroma almizclado de su excitación que ya empapaba sus panties de algodón. Con dientes juguetones, las deslizó hacia abajo, exponiendo su panocha depilada, hinchada y lista. —Pinche delicia —dijo, antes de hundir la cara entre sus pliegues.
María gritó de gusto cuando su lengua la tocó, lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreándola como si fuera miel de abeja. El sonido húmedo de su boca chupando, combinado con sus gemidos roncos, llenaba la habitación. Ella se aferró a las sábanas, las caderas elevándose para follarle la cara, el sudor perlando su frente mientras oleadas de placer la sacudían. ¡Chíngame con la lengua, wey! pensó, pero solo salió un balbuceo incoherente.
El sol ya se había ido, dejando la habitación en penumbras azuladas, iluminada solo por las luces tenues de la playa. Javier se incorporó, quitándose la ropa con rapidez: pantalones vaqueros cayendo al suelo, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, apuntando al techo como un mástil. María se lamió los labios, extendiendo la mano para acariciar esa piel aterciopelada y caliente, sintiendo cómo palpitaba bajo sus dedos.
—Ven, carnal —lo jaló hacia ella, guiándolo a su boca. Él gimió profundo cuando sus labios lo envolvieron, succionando con hambre, la lengua girando alrededor del glande salado. El sabor de su pre-semen era adictivo, como tequila puro, y ella lo tomó más hondo, hasta que las arcadas la hicieron llorar lágrimas de placer. Javier le acariciaba el cabello, pendejo en éxtasis, murmurando guarradas: —Sí, mámame así, mi reina, qué chida boca tienes.
La tensión crecía como una tormenta en el Golfo: interna, María luchaba contra el deseo de correrse ya, queriendo prolongar esa pasión eterna que los unía desde la secundaria en Guadalajara. Recordaba sus primeros besos robados en el parque, las folladas furtivas en el auto de su papá. Nada había cambiado; solo se había intensificado, como el mezcal añejo.
Él la volteó boca abajo con manos firmes pero tiernas, colocándole una almohada bajo las caderas. María sintió el colchón hundirse cuando Javier se posicionó detrás, su verga rozando su entrada húmeda. —Dime si quieres, mi amor —preguntó, siempre caballero incluso en la lujuria.
—¡Sí, chíngame ya, Javier! ¡Te necesito adentro! —suplicó ella, empujando hacia atrás.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El ardor inicial dio paso a un plenitud abrumadora, su grosor llenándola hasta el fondo. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio: él embistiendo profundo, ella respondiendo con meneos circulares. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus jadeos y el crujir de la cama. Sudor goteaba de su espalda al trasero de ella, lubricando cada thrust.
María se tocaba el clítoris, acelerando su propio placer, mientras Javier le azotaba las nalgas suavemente, dejando marcas rojas que ardían como chile. —Eres mía, eternamente —gruñó él, acelerando, sus bolas golpeando su perineo.
El clímax la golpeó como un maremoto: contracciones violentas apretando su polla, un grito gutural escapando de su garganta mientras estrellas explotaban detrás de sus párpados. Javier la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido animal, su semen caliente inundándola en pulsos interminables.
Se derrumbaron juntos, enredados en sábanas empapadas, el aire espeso con olor a sexo y mar. Javier la besó la sien, su pecho subiendo y bajando agitado. —Esta pasión eterna no se acaba nunca, ¿verdad, mi vida? —dijo, trazando círculos perezosos en su vientre.
María sonrió, lánguida y satisfecha, escuchando el latido compartido de sus corazones calmándose. Afuera, la luna plateaba las olas, y un mariachi lejano tocaba rancheras suaves. Neta que sí, pensó ella, acurrucándose más. En ese momento, supieron que volverían a Puerto Vallarta, a su nido de placer, una y otra vez. Porque lo suyo no era un fuego fugaz, sino una llama que ardía para siempre.