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Abuela de Paloma Abismo de Pasion

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Abuela de Paloma Abismo de Pasion

Yo era solo un wey común y corriente de treinta años, Miguel, trabajando como jardinero en las haciendas chidas de los alrededores de Guadalajara. Ese día soleado, con el aire cargado del olor a tierra húmeda y flores de bugambilia, llegué a la casa de doña Paloma. Todos en el pueblo la conocían como la abuela de Paloma, no porque fuera abuela de alguien en particular, sino por esa gracia suya, pura como una paloma blanca, pero con un fuego adentro que nadie se imaginaba. A sus cincuenta y cinco, viuda hace años, seguía siendo una mamacita de esas que quitan el hipo: curvas generosas, piel morena suave como el pétalo de una rosa, y unos ojos negros que te miraban como si te estuvieran desnudando el alma.

Estacioné mi camioneta vieja y bajé con las herramientas. El jardín era un paraíso: jacarandas moradas cayendo como lluvia, el sonido del agua en la fuente de piedra, y ese aroma dulce de jazmín que me hacía sentir vivo. Doña Paloma salió al porche, vestida con un huipil ligero que se pegaba a sus chichis grandes y redondas, y una falda floreada que ondeaba con la brisa. “¡Ay, Miguelito, qué bueno que viniste! Este jardín se está poniendo como mi corazón, todo salvaje”, dijo con esa voz ronca, juguetona, típica de las jaliscienses que no se andan con rodeos.

Me acerqué, sintiendo ya un cosquilleo en el estómago. ¿Qué pedo, wey? Es la abuela de Paloma, pero neta se ve chingona, pensé mientras le sonreía. Empezamos a charlar mientras podaba los rosales. Ella se sentaba cerca, con las piernas cruzadas, y el olor de su perfume, mezcla de vainilla y algo más picante, me llegaba directo a la verga. Hablamos de todo: del tequila que su difunto marido le dejaba, de las fiestas en la plaza, de cómo el pueblo chismeaba que yo era un pendejo por no tener novia. Sus risas eran como música, graves y sexys, haciendo que mi piel se erizara.

Al rato, me invitó a entrar por un vaso de agua de jamaica, fría y dulce como un beso. La cocina era amplia, con azulejos de talavera brillando bajo el sol que entraba por las ventanas. Se inclinó para sacar el jarro del refri, y vi cómo su falda se subía un poco, dejando ver unos muslos gruesos, firmes. Mi corazón latió fuerte, la sangre subiendo como tequila puro. “Siéntate, Miguel, no muerdo… a menos que me lo pidas”, bromeó guiñándome el ojo. Nos quedamos platicando horas, el tiempo volando. Sentí su mano rozar la mía al pasarme el vaso, un toque eléctrico que me dejó la piel ardiendo.

El sol empezó a bajar, tiñendo todo de naranja. La abuela de Paloma, un abismo de pasión escondido detrás de esa sonrisa inocente, se me ocurrió pensar. Me pidió que revisara unas plantas en el patio trasero, más íntimo, rodeado de muros altos y buganvillas trepadoras. Ahí, sola conmigo, el aire se cargó de algo pesado, como antes de una tormenta. Se acercó mientras yo cavaba, su aliento cálido en mi cuello. “Miguel, ¿sabes? Hace tiempo que no siento un hombre de verdad cerca. Tú eres fuerte, guapo… ¿me ayudas con algo más personal?”

Me quedé tieso, el pico en la mano temblando. La miré: sus labios carnosos entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápido. ¡Neta, esto es real! Mi verga ya estaba dura como piedra. Asentí, dejando las herramientas. Nos besamos ahí mismo, bajo el cielo crepuscular. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a miel y a deseo reprimido. Sus manos, expertas, me agarraron la cara, la lengua juguetona explorando mi boca con hambre. Gemí contra ella, oliendo su piel sudada, ese aroma almizclado de mujer madura que me volvía loco.

La llevé adentro, a su recámara grande, con sábanas de algodón egipcio y velas de cera de abeja encendidas que llenaban el aire de olor dulce. Nos desnudamos despacio, saboreando cada momento. Su cuerpo era un templo: chichis pesados con pezones oscuros duros como chocolate amargo, cintura ancha, nalgas redondas que pedían ser apretadas. La toqué por todos lados, mi piel contra la suya ardiente, suave como terciopelo. “¡Ay, cabrón, qué manos tan chingonas tienes!”, jadeó mientras yo lamía su cuello, bajando a sus tetas. Chupé esos pezones, sintiendo su sabor salado, su corazón latiendo contra mi mejilla.

La recosté en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Mis dedos bajaron por su panza suave, hasta su panocha depilada, húmeda y caliente. Olía a mar, a excitación pura. La metí un dedo, luego dos, y ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte: “¡Más, Miguel, métemela toda!”. Su jugo chorreaba, resbaloso, mientras yo la masturbaba lento, viendo cómo sus caderas se movían al ritmo. Era un abismo, neta, succionándome hacia su pasión infinita. Me arrodillé y lamí su clítoris, grande y sensible, saboreando su esencia dulce-ácida. Sus piernas me apretaron la cabeza, sus uñas clavándose en mi espalda, el sonido de sus ¡ayyys! y ¡sííís! llenando la habitación.

Pero ella quería más. Me volteó como si fuera un juguete, su fuerza sorprendente. “Ahora te voy a mamar esa verga gorda, wey”, dijo con voz de diabla. Se puso de rodillas, el piso de madera crujiendo. Agarró mi verga dura, venosa, y la lamió desde la base hasta la punta, saliva chorreando. La metió en su boca caliente, profunda, chupando con maestría. Sentí su lengua girando, sus dientes rozando suave, mis bolas apretadas contra su barbilla. ¡Puta madre, qué mamada tan de lujo! Mi pulso tronaba en los oídos, el sudor goteando.

No aguanté más. La subí a la cama, abriéndole las piernas anchas. Mi verga rozó su entrada mojada, resbalando. “Cógeme, Miguel, hazme tuya”, suplicó con ojos de fuego. La embestí despacio al principio, sintiendo cómo su panocha me apretaba, caliente y aterciopelada. Cada empujón era un estruendo de carne contra carne, plaf plaf, sus jugos salpicando. Aceleré, sus tetas rebotando, uñas en mi culo empujándome más hondo. “¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!” gritaba, y yo obedecía, perdido en ese ritmo salvaje.

Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en palenque. Sus nalgas chocando contra mis muslos, el olor de sexo impregnando todo. La agarré las caderas, sintiendo sus músculos contraerse. Su cara de éxtasis, sudor brillando, era lo más chingón que había visto. Gemí su nombre, “¡Paloma, abuela de Paloma, mi abismo de pasión!”, y ella rio entre jadeos, corriéndose primero: un chorro caliente mojándonos, su cuerpo temblando, gritos roncos como tormenta.

Yo exploté segundos después, llenándola de leche espesa, pulsos interminables. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, pieles sudadas fusionadas. El cuarto olía a nosotros, a clímax compartido. Ella me besó suave, acariciando mi pelo. “Gracias, Miguelito. Hacía años que no sentía esto tan vivo”.

Nos bañamos juntos después, el agua tibia cayendo como caricia, jabón de lavanda resbalando por curvas. Salimos al porche al anochecer, con estrellas saliendo y grillos cantando. Tomamos tequila en vasos de cristal, el líquido quemando dulce la garganta. La abuela de Paloma, mi abismo de pasión, me había cambiado para siempre. No era solo sexo; era conexión, fuego que ardía lento ahora, prometiendo más noches así. Me fui con una sonrisa, el cuerpo satisfecho, el alma plena, sabiendo que volvería pronto a ese jardín… y a su cama.

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