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Pasión y Poder Capítulo 129 El Fuego de la Rendición

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Pasión y Poder Capítulo 129 El Fuego de la Rendición

La noche en la Ciudad de México se extendía como un manto de luces neón y sombras profundas. Yo, Alejandra Vargas, dueña de mi propio imperio inmobiliario, caminaba por el pasillo del rascacielos de cristal en Polanco con el corazón latiéndome a mil. Frente a mí estaba la puerta del despacho de Rodrigo Salazar, el cabrón más poderoso del ramo, mi eterno rival. Habíamos chocado por años en juntas, licitaciones y hasta en los chismes de la prensa rosa. Pero esta noche, en lo que todos llamaban Pasión y Poder Capítulo 129, algo iba a romperse. No era solo negocio; era esa electricidad que nos envolvía cada vez que nos mirábamos.

Empujé la puerta de vidrio esmerilado y el aroma a cuero nuevo y whisky añejo me golpeó como una caricia prohibida. Rodrigo estaba de pie junto a la ventana panorámica, con su camisa blanca arremangada hasta los codos, mostrando esos antebrazos fuertes que tanto me habían distraído en reuniones pasadas. Su mirada oscura se clavó en mí, intensa, como si ya supiera lo que venía.

¿Por qué carajos siempre termino aquí, rogando por un trato que podría firmar por teléfono? Neta, Alejandra, es porque su presencia me enciende como nadie. Ese poder que emana, mezclado con esa sonrisa de pendejo confiado...

—Llegas tarde, Vargas —dijo él con voz grave, ronca, mientras se giraba y me tendía un vaso de cristal con hielos tintineando—. ¿Tráfico en Reforma?

—No, Salazar. Estaba pensando en cómo vas a ceder en esta negociación —respondí, quitándome el saco negro ajustado y colgándolo en el perchero. Mi blusa de seda roja se pegaba a mi piel por el calor de la noche, y sentí sus ojos recorrer mi escote sin disimulo.

Nos sentamos en el sofá de piel italiana, el documento del contrato entre nosotros como una barrera frágil. Hablamos de cifras, terrenos en Santa Fe, porcentajes. Pero cada palabra era un roce invisible. Sus rodillas casi se tocaban con las mías, y el olor de su colonia, algo amaderado y picante, me hacía apretar los muslos bajo la mesa de centro.

De repente, su mano rozó la mía al señalar una cláusula. Un chispazo. Nuestras miradas se cruzaron, y el aire se cargó de tensión. Pasión y poder, pensé, como en esas novelas que mi asistente devoraba. Capítulo 129, donde los enemigos se devoran.

—No voy a firmar si no me das más, Alejandra —murmuró, inclinándose cerca. Su aliento cálido olía a menta y deseo contenido.

—Entonces dame lo que quiero, Rodrigo. Todo.

Acto uno cerrado. La chispa prendió.

El beso llegó como un trueno. Sus labios se estrellaron contra los míos con hambre acumulada de años. Gemí bajito, sintiendo la aspereza de su barba incipiente raspando mi piel suave. Sus manos grandes subieron por mi cuello, enredándose en mi cabello negro suelto, tirando suave pero firme. Qué chingón besas, wey, pensé mientras mi lengua danzaba con la suya, saboreando el whisky dulce en su boca.

Me levantó en brazos sin esfuerzo, como si yo no pesara nada, y me sentó en el escritorio de caoba, papeles volando al suelo con un susurro. El frío de la madera contrastaba con el calor de sus palmas abriéndose paso bajo mi blusa. Desabotonó con dedos temblorosos de urgencia, exponiendo mis pechos al aire acondicionado que erizaba mi piel. Sus ojos se oscurecieron más, devorándome.

Esto es poder puro. Él manda en los negocios, pero aquí, en esta entrega, yo lo controlo. Siente cómo mi cuerpo responde, cómo mi humedad lo llama.

—Eres una diosa, Alejandra —gruñó, bajando la cabeza para lamer mi cuello, bajando hasta un pezón rosado que endureció al instante bajo su lengua húmeda. Chupó suave, luego fuerte, haciendo que arquee la espalda y clave mis uñas en sus hombros anchos. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenaba la habitación junto a mis jadeos ahogados.

Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con torpeza ansiosa. Saqué su verga dura, palpitante, gruesa en mi palma. Carajo, qué pedazo de hombre. La piel aterciopelada sobre venas hinchadas, el calor irradiando. La apreté, moviendo la mano arriba y abajo, oyendo su gemido gutural que vibró contra mi pecho.

—Quieta, mami —dijo, riendo ronco mientras me bajaba la falda de tubo y las bragas de encaje negro—. Quiero saborearte primero.

Se arrodilló entre mis piernas abiertas, el suelo alfombrado amortiguando sus rodillas. Su aliento caliente rozó mi concha húmeda, hinchada de anticipación. Lamidas lentas, desde el clítoris hasta la entrada, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí alto, ¡órale, qué rico!, agarrando su cabeza, enredando dedos en su cabello corto. El sonido chapoteante de su lengua explorando, oliendo a sexo puro, me volvía loca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo subió como marea, tensando mis músculos, hasta explotar en un grito ahogado contra su boca.

Pero no paró. Me levantó de nuevo, volteándome contra el escritorio. Mi culo en pompa, expuesto, fresco al aire. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada resbaladiza.

—Dime que lo quieres, Alejandra. Dime que soy tuyo.

—¡Sí, cabrón! Métemela toda. Hazme tuya.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno total, su pubis chocando contra mis nalgas suaves. El slap de piel contra piel empezó rítmico, fuerte. Cada embestida profunda hacía que mis tetas rebotaran contra la madera fría, pezones duros frotándose. Sudor perlando su pecho pegándose a mi espalda, olor a macho excitado invadiendo mis sentidos. Sus manos en mis caderas, marcando moretones de pasión, guiándome contra él.

Me volteó de nuevo, cara a cara. Piernas alrededor de su cintura, clavándome en él mientras me follaba contra la pared de vidrio. La ciudad testigo muda allá abajo, luces parpadeando como nuestro pulso acelerado. Besos mordidas, lenguas enredadas, gemidos mezclados. Esto es pasión y poder en su máxima expresión, Capítulo 129 donde nos rendimos mutuamente.

Sus embestidas se volvieron erráticas, gruñendo mi nombre. Sentí su verga hincharse más, palpitando.

—Me vengo, Alejandra... contigo...

Explotamos juntos. Mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, chorros calientes llenándome mientras mi clímax me sacudía en olas interminables. Gritos roncos, temblores compartidos, hasta que colapsamos en el sofá, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos.

Acto final. El afterglow nos envolvió como niebla tibia. Rodrigo me acunó contra su pecho ancho, corazón martilleando contra mi oreja. Besos suaves en mi frente, manos acariciando mi cabello revuelto.

Neta, esto cambia todo. Pasión y poder no eran solo rivalidad; eran el preludio a esta unión. ¿Firmaremos el contrato? Claro, pero ahora con besos en la letra fina.

—Eres increíble, mi reina —murmuró, oliendo mi cabello con aroma a jazmín mezclado con sexo.

—Y tú, mi rey. Pero no creas que por esto te dejo ganar fácil la próxima junta.

Reímos bajito, cuerpos entrelazados en la penumbra. La noche mexicana nos mecía, prometiendo más capítulos de esta saga ardiente. Poder en los negocios, pasión en la cama. Perfecto equilibrio.

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