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No Sé Cuál Es Mi Pasión

5709 palabras

No Sé Cuál Es Mi Pasión

Estaba sentada en esa barra de Polanco, con el ruido de la gente charlando y la música reggaetón retumbando bajito, sintiendo el sudor pegajoso en la nuca por el calor de la noche mexicana. El tequila en mi vaso brillaba bajo las luces neón, y yo, Ana, de veintiocho pirulos, me preguntaba ¿qué chingados hago aquí? Llevaba meses en esa rutina de oficina, cubículos grises y jefes pendejos que no valoraban ni madres. No encontraba mi chiste en la vida, neta. No sé cuál es mi pasión, me repetía en la cabeza mientras daba un trago que quemaba la garganta como fuego líquido.

De repente, lo vi. Diego, con esa sonrisa de cabrón que te derrite las rodillas, ojos cafés profundos y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Se acercó con un mezcal en la mano, oliendo a colonia cara mezclada con el humo de su cigarro electrónico. "¿Qué onda, preciosa? ¿Sola en esta locura?" Su voz era ronca, como gravel, y me erizó la piel de los brazos. Le contesté con una risa nerviosa, "Sí, wey, buscando algo que me prenda el ánimo". Charlamos de todo: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la esquina y de cómo la vida a veces te da un madrazo pa' que despiertes.

La tensión crecía con cada mirada que se cruzaba. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el mezcal, y sentí un cosquilleo eléctrico que subió por mi brazo hasta el pecho.

¿Será él? ¿O nomás es el alcohol hablando?
Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, el sudor de su cuello oliendo a sal y hombre. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito, posesivas pero suaves. "Estás cañón, Ana", me susurró al oído, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda. No pude más; lo jalé de la mano hacia la salida, el corazón latiéndome como tambor en las costillas.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chulo con paredes de ladrillo visto y velas aromáticas que olían a vainilla y jazmín. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Me besó ahí mismo, contra la pared, sus labios suaves pero urgentes, saboreando a mezcal y deseo. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, bailando con la mía en un ritmo que me aceleraba el pulso. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda negra, y sentí la aspereza de sus palmas callosas contra mi piel suave.

"¿Quieres parar?", preguntó, con los ojos fijos en los míos, jadeante. "Ni madres, sigue", le contesté, empoderada, jalándolo más cerca. Lo desvestí lento, admirando su torso moreno, marcado por horas en el gym. Él me quitó la blusa, besando mi clavícula, bajando hasta mis tetas que se endurecían bajo su mirada hambrienta. El aire olía a nuestra excitación, ese aroma almizclado que te pone la piel de gallina. Me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda fresca contra mi espalda desnuda.

Ahí empezó lo bueno. Sus dedos trazaron mi cuerpo como si fuera un mapa del tesoro, deteniéndose en mis pezones que pellizcó suave, mandándome chispas de placer directo al clítoris. Neta, nunca había sentido esto, pensé, mientras él lamía mi ombligo, bajando más. Su boca llegó a mi panocha, ya mojada como río en tormenta, y su lengua experta lamió despacio, saboreándome con gemidos que vibraban en mi carne. "¡Qué rica estás, pinche delicia!", gruñó, y yo me arqueé, agarrando sus mechones negros, el olor de mi propia excitación mezclándose con su sudor.

Pero quería más. Lo volteé, montándome encima, sintiendo su verga dura como acero contra mi vientre. La tomé en la mano, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. La chupé lento, saboreando el pre-semen salado, mientras él jadeaba "¡Ay, wey, me vas a matar!". Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro fuego consensual. Me subí a horcajadas, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente hasta que no aguanté. "Cógeme ya, cabrón", le ordené, y él obedeció, penetrándome de un solo empujón que me llenó por completo.

El ritmo empezó lento, sus caderas subiendo para encontrar las mías, cada embestida mandando ondas de placer que me erizaban hasta los dedos de los pies. El sonido de piel contra piel, chapoteando con mis jugos, llenaba la habitación junto con nuestros gemidos. Sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Aceleramos, yo cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo.

Esto es pasión, neta. No sé cuál es mi pasión, pero esta noche la estoy encontrando en cada thrust
. La tensión subía, coiling en mi vientre como resorte, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre mientras él me seguía, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava derretida.

Nos quedamos ahí, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, el olor a sexo impregnado en las sábanas. "Fue chingón, ¿verdad?", murmuró, besándome la frente. Sonreí, exhausta pero viva por primera vez en meses. Ya sé cuál es mi pasión: esta entrega total, este fuego que arde cuando dos cuerpos se encuentran sin barreras. No era solo sexo; era liberación, empoderamiento en cada caricia mutua.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, preparamos café en su cocina moderna, riéndonos de la noche loca. Él me miró con ojos tiernos: "Vente cuando quieras, mi pasión". Y yo supe que esto era solo el principio. Caminé a la calle con las piernas flojas, el recuerdo de su tacto grabado en la piel, el sabor de él en mis labios. La ciudad bullía afuera, pero adentro, había encendido una llama que no se apagaría fácil.

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