Julio Jaramillo Pasional
La noche en el departamento de Coyoacán se sentía cargada de promesas. Ana, con su vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante impaciente, servía dos tequilas reposados en vasos de cristal tallado. El aire olía a jazmín del jardín y a la tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Marco, su carnal de toda la vida, recargado en el sofá de piel, la observaba con ojos que ardían como brasas. Qué chingona se ve esta morra, pensó él, mientras el vinilo de Julio Jaramillo pasional giraba en el tocadiscos viejo que habían rescatado de la tiendita de antigüedades.
La voz ronca de Julio llenó la sala: "Fatalidad, qué pena me das...". Ana sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Aquellas letras, tan pasionales, siempre le removían algo profundo, como si el bolero se colara directo a su entrepierna. Se acercó a Marco, balanceando las caderas al ritmo, y le tendió el vaso. Sus dedos se rozaron, y fue como una chispa eléctrica.
¿Por qué carajos esta música siempre me pone cachonda?se dijo ella, mientras sus pezones se endurecían bajo la tela delgada.
Marco tomó un trago largo, el tequila quemándole la garganta con ese sabor ahumado que sabía a tierra mexicana. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el escote que dejaba ver el valle entre sus senos. "Órale, Ana, neta que esta rola de Julio Jaramillo pasional me prende el desmadre", murmuró con voz grave, extendiendo la mano para jalarla hacia él. Ella se dejó caer en su regazo, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su nalga a través del pantalón. El calor de su cuerpo la envolvió, y el olor a su colonia mezclada con sudor fresco la mareó de deseo.
Empezaron a bailar lento, pegados como chicle, al compás de "Nuestro juramento". Las manos de Marco subieron por su espalda, desabrochando con maestría la cremallera del vestido. La tela resbaló como seda derretida, dejando su piel expuesta al aire fresco. Ana jadeó, el roce de sus palmas callosas contra sus omóplatos enviando ondas de placer. Este pendejo sabe cómo tocarme, como si leyera mi pinche mente, pensó ella, girando para besarlo. Sus labios se fundieron, saboreando el tequila en la lengua del otro, húmedos y urgentes. La barba incipiente de él raspaba deliciosamente su barbilla.
La música seguía, ahora "Historia de un amor", con esa guitarra que lloraba pasiones contenidas. Ana se apartó un segundo, solo para quitarse el vestido por completo, quedando en tanga negra y tacones. Marco gruñó de aprobación, sus ojos devorándola. "Eres una diosa, mi reina", le dijo, levantándose para desvestirse. Su camisa voló al piso, revelando el pecho moreno y musculoso, marcado por horas en el gimnasio. Ella lo ayudó con el cinturón, mordiéndose el labio al ver cómo su verga saltaba libre, gruesa y venosa, palpitando de anticipación. El olor almizclado de su excitación la invadió, haciendo que su panocha se humedeciera al instante.
Se tumbaron en la alfombra persa, el suelo fresco contrastando con el fuego de sus cuerpos. Marco besó su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando su boca bajó a un pezón, chupándolo con hambre, la lengua girando en círculos que la volvían loca.
¡Ay, cabrón, no pares!gritó en su mente, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. Sus uñas rasguñaron su cuero cabelludo, y él respondió mordisqueando más fuerte, enviando descargas directas a su clítoris.
Las manos de ella bajaron, acariciando su abdomen definido, hasta empuñar su verga caliente. La piel era suave sobre el acero duro, y el pre-semen lubricaba su palma. Lo masturbó lento, sintiendo cada vena pulsar. Marco gruñó contra su piel, "Me vas a matar, morra", y deslizó una mano entre sus muslos. Sus dedos encontraron la tanga empapada, frotando el encaje contra su hinchazón. Ana abrió las piernas, invitándolo. Él la arrancó con un tirón juguetón, exponiendo su coño rasurado, reluciente de jugos.
El dedo medio entró fácil, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. "Estás chorreando, Ana", susurró él, añadiendo otro dedo, bombeando con ritmo que igualaba el bolero. Ella cabalgó su mano, las caderas ondulando, el sonido húmedo de su panocha mezclándose con la voz de Julio Jaramillo pasional en el fondo. El aroma a sexo flotaba pesado, almizcle y deseo puro. Esto es el paraíso, neta, pensó ella, mientras su primer orgasmo la sacudía, contrayendo los músculos alrededor de sus dedos, gritando su nombre.
Pero no pararon. Marco la volteó boca abajo, besando su espalda hasta la curva de sus nalgas. Separó sus cachetes, lamiendo desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Ana tembló, el sabor de su propia esencia en su mente cuando él la besó después. "Deliciosa, como tamal en fiesta", bromeó él con acento chilango, haciendo reír entre gemidos. Ella se puso de rodillas, empinando el culo alto. Él se posicionó atrás, la punta de su verga rozando su entrada resbaladiza.
"Dame duro, mi amor", suplicó ella, empujando contra él. Marco embistió de un golpe, llenándola por completo. El estiramiento la quemó placero, su verga golpeando profundo. El slap-slap de carne contra carne ahogaba casi la música. Sudor goteaba de su frente al hueco de su espalda, lubricando cada roce. Ana se tocaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él la taladraba, gruñendo "¡Qué rica estás, pinche culera!". La tensión crecía, coiling como resorte en su vientre.
Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona. Sus senos rebotaban con cada bajada, y Marco los amasaba, pellizcando pezones. La vista de su verga desapareciendo en su coño la excitaba más.
Es mío, todo este hombre es mío, pensó, acelerando. El orgasmo la golpeó como ola, contrayéndola alrededor de él, ordeñándolo. Marco no aguantó, rugiendo mientras se vaciaba dentro, chorros calientes inundándola.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, la piel pegajosa de sudor y fluidos. El vinilo terminó, dejando solo sus respiraciones y el zumbido del tocadiscos. Julio Jaramillo pasional había sido el catalizador perfecto. Ana acurrucada en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón, oliendo su esencia mezclada con la suya. "Te amo, pendejo", murmuró ella, besando su piel salada.
"Y yo a ti, mi vida. Esto fue chingón", respondió él, acariciando su cabello. La noche se extendía, prometiendo más rondas, pero por ahora, el afterglow los envolvía en paz tibia. Fuera, la ciudad dormía, pero en su mundo, la pasión ardía eterna.