Relatos
Inicio Erotismo Frases de Pasión al Trabajo Frases de Pasión al Trabajo

Frases de Pasión al Trabajo

7508 palabras

Frases de Pasión al Trabajo

Entraste a la oficina esa mañana con el sol de Polanco filtrándose por las ventanales altos, iluminando los escritorios de vidrio y acero. El aroma del café recién molido del corporativo flotaba en el aire, mezclado con el perfume fresco de los colegas que ya tecleaban en sus computadoras. Tú, con tu falda lápiz negra ajustada y la blusa blanca que marcaba justo lo suficiente tus curvas, sentiste esa cosquilla familiar en el estómago al verlo: Alex, tu compañero de cubículo, el wey alto con ojos cafés intensos y esa sonrisa pícara que te ponía la piel de gallina.

Habían pasado semanas de miradas robadas durante las juntas, roces accidentales al pasar papeles, y esos mensajes de WhatsApp que empezaban inocentes pero terminaban con doble sentido. Neta, carnal, este pinche trabajo se pone interesante, pensaste mientras colgabas tu chamarra y te sentabas frente a él. Alex levantó la vista de su pantalla, su barba de tres días perfectamente recortada, y te guiñó un ojo.

—Buenos días, preciosa. ¿Lista para romperla hoy? —dijo con esa voz grave que te hacía vibrar por dentro.

Tú sonreíste, cruzando las piernas bajo el escritorio compartido. El zumbido de las impresoras y el clic-clac de los tacones en el pasillo eran el fondo perfecto para lo que vendría. La oficina principal estaba casi vacía; muchos en home office por el tráfico infernal de la ciudad. Solo quedaban ustedes dos en esa ala, con la promesa de una junta vespertina que nunca llegaría.

¿Y si hoy le suelto una de esas frases de pasión al trabajo que tanto me divierten? Algo que lo ponga como loco sin que parezca obvio.

Empezó todo con un email inocente. Tú le mandaste un archivo con el reporte de ventas, pero en la nota agregaste: "Aquí tienes lo que arde en mis manos... ¿lo manejas con pasión?". Alex lo abrió, leyó en voz alta para que solo tú oyeras, y soltó una risa baja, ronca, que te erizó los vellos de la nuca.

—Órale, güey, ¿frases de pasión al trabajo? Me encanta cómo piensas —murmuró, inclinándose hacia ti. Su aliento cálido rozó tu oreja, oliendo a menta y café. El calor de su cuerpo invadió tu espacio personal, y sentiste el roce de su rodilla contra la tuya bajo la mesa. No te moviste. Al contrario, presionaste un poquito más.

La tensión creció como un volcán a punto de estallar. Pasaron las horas con coqueteos disfrazados: él te pasaba un folder y sus dedos se demoraban en los tuyos, trazando círculos invisibles que te enviaban chispas directas al centro de tu ser. Tú respondías con frases susurradas mientras fingían revisar números en la pantalla compartida.

—Imagínate si este reporte fuera mi piel... lo revisarías centímetro a centímetro, ¿verdad? —le dijiste al oído, tu voz un hilo de seda. Alex tragó saliva, su nuez de Adán subiendo y bajando, y sus ojos se oscurecieron con deseo puro.

—Neta, me estás matando. Tus frases de pasión al trabajo me tienen al borde. ¿Sabes qué? Vamos a la sala de juntas. Hay algo que quiero mostrarte.

Te levantaste, el corazón latiéndote como tambor en un antro de la Roma. La sala estaba al fondo, con paredes de vidrio esmerilado que daban privacidad. Entraron, cerraron la puerta con seguro —clic metálico que sonó como una promesa—, y el mundo exterior se desvaneció. Solo quedaban el zumbido del aire acondicionado y sus respiraciones aceleradas.

Alex te acorraló contra la mesa larga de caoba, sus manos grandes en tus caderas, apretando con esa fuerza que te hacía sentir viva, deseada. Olía a loción masculina, a sudor limpio del día, y a algo más primal que te humedecía las bragas. Tú levantaste la cara, tus labios rozando los suyos en un beso que empezó suave, exploratorio, saboreando el salado de su boca, el dulzor de su lengua que se enredaba con la tuya como si no hubiera mañana.

Pinche wey, su boca sabe a todo lo que he soñado. Quiero más, quiero sentirlo todo.

Las manos de él subieron por tu espalda, desabotonando la blusa con maestría, exponiendo tu piel al aire fresco. Tus pezones se endurecieron al instante, sensibles al roce de sus pulgares. Gemiste bajito cuando él los tomó en su boca, chupando con hambre, la barba raspando deliciosamente tu carne. Qué rico, carnal, pensaste, arqueándote contra él.

—Quítate eso —ordenó con voz ronca, tirando de tu falda. Tú obedeciste, bajándola junto con las bragas de encaje negro, quedando expuesta, vulnerable pero poderosa en tu desnudez. Alex se arrodilló, sus ojos devorándote desde abajo, y separó tus muslos con gentileza feroz. El primer lametón fue eléctrico: su lengua plana lamiendo tu clítoris hinchado, saboreando tu humedad que goteaba como miel caliente.

—Sabes a gloria, preciosa. A pasión pura —gruñó contra tu sexo, vibrando cada palabra en tu interior. Tú agarraste su cabello oscuro, tirando mientras tus caderas se mecían al ritmo de su boca. El sonido húmedo de su succión llenaba la sala, mezclado con tus jadeos ahogados y el latido de tu pulso en los oídos. Olías tu propio aroma almizclado, mezclado con el suyo, embriagador.

No aguantaste más. Lo jalaste arriba, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomaste en tu mano, sintiendo el calor satinado, el pulso rápido bajo la piel. La masturbaste lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía tu nombre.

—Cógeme ya, Alex. Hazme tuya aquí mismo —suplicaste, subiéndote a la mesa, abriendo las piernas en invitación total.

Él no se hizo rogar. Se posicionó, la punta rompiendo tu entrada con un estirón delicioso, y empujó profundo de un solo golpe. ¡Ay, cabrón! gritaste en tu mente, el placer-pain agudo convirtiéndose en éxtasis puro. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una rozando ese punto dentro de ti que te hacía ver estrellas. La mesa crujía bajo el peso, papeles volando al suelo, pero nada importaba más que el slap-slap de su pelvis contra la tuya, el sudor perlando sus abdominales que se contraían con cada thrust.

Aceleró, sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, su boca en tu cuello mordiendo suave. Tú clavaste las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Los orgasmos llegaron en oleadas: el tuyo primero, un tsunami que te contrajo alrededor de él, ordeñándolo, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores. Él te siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar dentro.

Se derrumbaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aroma a sexo impregnaba el aire, pesado y satisfactorio. Alex te besó la frente, suave ahora, trazando patrones en tu piel con los dedos.

—Tus frases de pasión al trabajo... me volvieron loco, wey. ¿Repetimos mañana?

Tú reíste bajito, el cuerpo aún temblando en afterglow, sintiendo su semen escurrir lento por tus muslos. El sol se ponía afuera, tiñendo la sala de naranja, y por primera vez, el trabajo no se sentía como una carga, sino como el inicio de algo ardiente, consensual, empoderador.

Se vistieron entre besos perezosos, recogiendo el desorden con sonrisas cómplices. Al salir, el pasillo vacío los recibió como testigo mudo. Mañana, más frases, más pasión, más de esto que los unía más allá de los cubículos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.