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La Pasión de Susy Gala

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La Pasión de Susy Gala

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan con el ritmo de la ciudad que nunca duerme, Susy Gala se movía como una diosa entre la multitud. El bar La Noche estaba repleto de ejecutivos chidos y bellezas con vestidos que dejaban poco a la imaginación. Susy, con su melena negra cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros bronceados, llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas: pechos firmes que desafiaban la gravedad, caderas que se mecían con cada paso. El aroma de su perfume, una mezcla de jazmín y vainilla, flotaba en el aire cálido de la noche mexicana.

Se recargó en la barra, pidiendo un paloma con hielo fresco que crujía al chocar con el vaso. Sus ojos verdes escaneaban la sala, buscando esa chispa, esa conexión que hacía que su piel hormigueara. Neta, hoy quiero algo que me prenda el cuerpo entero, pensó, mientras el tequila le bajaba ardiente por la garganta, despertando un calor en su vientre.

Entonces lo vio. Alejandro, alto, moreno, con una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus músculos torneados, y sus ojos oscuros la atraparon como un imán. Se acercó con paso seguro, oliendo a colonia cara y a hombre que sabe lo que quiere.

—Órale, preciosa, ¿esta noche sola? No es justo que una mujer como tú esté sin compañía —dijo él, su voz grave resonando sobre el reggaetón que retumbaba en los parlantes.

Susy sonrió, ladeando la cabeza. —Depende, guapo. ¿Tú eres el tipo de compañía que vale la pena?

Charlaron, coqueteando con miradas que quemaban. Sus manos rozaron accidentalmente al brindar, y el toque eléctrico la hizo apretar los muslos. Este wey me va a volver loca, se dijo. Bailaron pegados, sus cuerpos sudados frotándose al ritmo de Bad Bunny. Ella sentía su dureza presionando contra su trasero, y un gemido suave escapó de sus labios cuando él le susurró al oído: —Tienes un cuerpazo que me tiene bien puesto, Susy.

La tensión crecía como una tormenta. Susy lo tomó de la mano. —Vamos a mi depa, aquí no hay privacidad pa' lo que traigo en mente.

Acto dos: La escalada

En el Uber, las manos de Alejandro no se quedaron quietas. Sus dedos trazaban patrones en su muslo desnudo, subiendo peligrosamente cerca de su entrepierna. Susy jadeaba, el olor a cuero del asiento mezclado con su excitación húmeda. —No seas pendejo, espérate —le dijo riendo, pero abriendo más las piernas.

Llegaron a su penthouse en Lomas de Chapultepec, un lugar chingón con vistas al skyline iluminado. La puerta se cerró con un clic, y él la empujó contra la pared, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua exploraba su boca con sabor a tequila y deseo puro. Susy mordió su labio inferior, tirando de su camisa para sentir el calor de su pecho contra sus tetas.

Carajo, su piel sabe a sal y aventura. Quiero que me coma entera, pensó ella, mientras sus uñas arañaban su espalda.

Alejandro la cargó hasta la recámara, donde velas aromáticas parpadeaban, llenando el aire con esencias de sándalo. La tiró sobre la cama king size con sábanas de satén negro que se sentían como caricias líquidas contra su piel. Deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo sus pechos perfectos, pezones duros como piedras preciosas. —Qué chulas tus chichis, Susy —gruñó, lamiendo uno con la lengua plana, succionando hasta que ella arqueó la espalda con un grito ahogado.

Las manos de él bajaron, quitándole las bragas de encaje rojo empapadas. El olor almizclado de su arousal llenaba la habitación, embriagador. Susy abrió las piernas, invitándolo. —Tócame, cabrón, hazme sentir viva.

Los dedos de Alejandro se hundieron en su calor húmedo, curvándose para rozar ese punto que la hacía temblar. Ella gemía, el sonido crudo y animal, mientras sus caderas se mecían contra su palma. Es tan bueno, neta me va a hacer venir ya. Él chupó sus labios vaginales, la lengua danzando sobre su clítoris hinchado, saboreando su néctar dulce y salado. Susy agarró su cabello, empujándolo más profundo, sus muslos temblando alrededor de su cabeza.

—Ahora métemela —exigió ella, voz ronca. Alejandro se quitó la ropa, revelando su verga gruesa, venosa, palpitante. Se posicionó entre sus piernas, frotándola contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Susy sintió cada vena, cada pulso, el ardor placentero de ser llenada por completo.

Empezaron lento, mirándose a los ojos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con los golpes de cadera. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus jadeos. —Más fuerte, pendejito, rómpeme —le rogó, clavando las uñas en sus nalgas. Él aceleró, embistiéndola con fuerza primal, sus bolas golpeando su culo. Susy sentía el sudor goteando de su frente al escote de ella, el olor a sexo puro invadiendo todo.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, manos en su pecho para impulsarse. Alejandro pellizcaba sus pezones, gruñendo: —Eres una diosa, Susy, la pasión de Susy Gala en carne viva. Él lo dijo así, como si leyera su mente, y ella se vino primero, un orgasmo que la sacudió entera, paredes vaginales contrayéndose alrededor de su polla, gritando su nombre mientras chorros de placer la mojaban más.

Acto tres: El éxtasis y el eco

Alejandro la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su punto G sin piedad. Susy enterró la cara en la almohada, oliendo su propio perfume mezclado con semen y sudor. —¡Sí, así, chingame duro! —chillaba, el placer construyéndose como una ola imparable. Él la azotó el culo suavemente, rojo marcado en su piel morena, enviando chispas de éxtasis.

El clímax de él llegó rugiendo, llenándola con chorros calientes que la hicieron correrse otra vez, piernas temblando, visión borrosa de placer. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, pulsos latiendo al unísono. El aire estaba pesado con el aroma de sexo satisfecho, pieles pegajosas reluciendo bajo la luz tenue.

Susy se acurrucó en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. Sus dedos trazaban lazy circles en su abdomen. Esto fue más que un polvo, fue fuego puro. La pasión de Susy Gala no se apaga fácil, reflexionó, sonriendo en la penumbra.

—Qué noche, wey —dijo él, besándole la frente.

—La mejor, carnal. Pero esto no termina aquí —respondió ella, con ojos brillando de promesas futuras.

La ciudad seguía viva afuera, pero en esa cama, solo existían ellos, envueltos en el afterglow de una pasión que ardía como el sol de México.

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