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La Amarga Pasion de Cristo Ana Catalina Emmerick PDF Desatada

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La Amarga Pasion de Cristo Ana Catalina Emmerick PDF Desatada

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja ardiente que me hacía sudar bajo la blusa ligera. Yo, Ana, de veintiocho años, maestra de literatura en una secundaria privada, andaba buscando algo que calmara el vacío que me dejó mi última relación. Neta, necesitaba un poco de espiritualidad, algo profundo. Así que me metí a internet y busqué visiones místicas. Ahí lo vi: la amarga pasion de cristo ana catalina emmerick pdf. Lo descargué sin pensarlo dos veces, el archivo se abrió en mi laptop con un zumbido suave del ventilador.

Me recosté en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio rozándome las piernas desnudas. El aire olía a mi perfume de vainilla y jazmín, mezclado con el leve aroma de café de la mañana. Empecé a leer las visiones de esa monja beatificada, Ana Catalina Emmerick, sobre el sufrimiento de Cristo. Las descripciones eran crudas, intensas: el látigo rasgando la piel, la corona de espinas clavándose, el sudor y la sangre mezclándose en un río rojo. Pero en lugar de solo dolor, algo se removió dentro de mí. Mi piel se erizó, un calor traicionero subió desde mi vientre.

¿Por qué carajos esto me está poniendo caliente? Es la Pasión de Cristo, no un pinche porno, pensé, mientras mis dedos rozaban accidentalmente mi muslo interno.

Las palabras se volvían vívidas: el cuerpo de Jesús, musculoso y marcado por el tormento, entregándose por amor. Imaginé ese sacrificio no como muerte, sino como éxtasis supremo. Mi respiración se aceleró, el corazón me latía en el pecho como un tambor chamánico. Sentí mi panocha humedecerse, el calor líquido empapando mis panties de encaje. ¡Órale! Cerré la laptop de golpe, pero ya era tarde. La amarga pasión se había colado en mi mente, transformándose en un deseo feroz, carnal.

Agarré mi celular y marqué a Marco, mi carnal de la uni, el wey que siempre me hace volar la cabeza en la cama. Hacía semanas que no nos veíamos, pero neta que lo necesitaba ahora. "Ven, pendejo, ya mero", le dije con voz ronca cuando contestó. Él rio, esa risa grave que me eriza los vellos. "En veinte minutos estoy ahí, mi reina. ¿Qué traes?" Colgué sin explicar, me quité la blusa y me quedé en bra y panties, el espejo del clóset reflejando mis curvas: pechos firmes, caderas anchas, piel morena brillando de sudor.

La puerta sonó pronto, y ahí estaba Marco, alto, con esa barba recortada y ojos negros que prometían pecado. Traía una playera ajustada que marcaba sus pectorales y un jean que no disimulaba su bulto creciente. Lo jalé adentro, cerré con llave, y lo besé como si fuera el fin del mundo. Sus labios sabían a menta y cerveza light, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. "Qué te pasa, Ana, estás encendida", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Acto uno completo, pensé, mientras lo empujaba al sofá de piel italiana. Le conté del PDF, de cómo la amarga pasion de cristo ana catalina emmerick pdf me había despertado algo salvaje. Él sonrió pícaro, "Entonces hagamos nuestra propia pasión, pero dulce y amarga a la vez". Sus manos grandes subieron por mis muslos, rozando la humedad entre mis piernas. Gemí, el sonido ronco llenando la sala donde el ventilador zumbaba perezoso.

En el medio del fuego, nos mudamos a la recámara. Marco me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pezones, duros como piedras, chupando con succiones que mandaban chispas directo a mi clítoris. Olía a su colonia woody, mezclada con el almizcle de su excitación. "Eres mi Cristo personal, cabrón", le susurré, arañando su espalda mientras él lamía mi ombligo, bajando más. Sus dedos abrieron mis labios vaginales, el aire fresco chocando con mi calor húmedo. ¡No mames, qué rico!

Siento su aliento caliente ahí abajo, como el viento del desierto en las visiones de Emmerick. Pero esto es vida, placer puro.

Me tendí en la cama, piernas abiertas, invitándolo. Marco se quitó la ropa, su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta brillosa de precum. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero duro, el olor salado subiéndome a la nariz. La masturbé lento, viendo cómo sus caderas se movían involuntarias. "Chúpamela, mi amor", pidió con voz quebrada. Me arrodillé, lengua plana lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo, pero sin forzar, solo guiando. El sonido de su placer, jadeos guturales, me empapaba más.

La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Lo empujé boca arriba, montándolo a horcajadas. Mi coñito rozó su verga, lubricándonos mutuamente. "Te quiero dentro, ya", rogué. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente pero delicioso. Sentí cada vena pulsando contra mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. Empecé a moverme, caderas girando en círculos, pechos rebotando. Él agarró mis nalgas, amasándolas, el slap de piel contra piel resonando como aplausos obscenos.

"Más fuerte, Ana, dame tu pasión amarga", jadeó, y aceleré, el sudor chorreando entre nosotros, goteando en su pecho. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, fluidos mezclados. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas como espinas. Esto es nuestra cruz, nuestro éxtasis. Él se incorporó, volteándome sin salir, ahora él encima, embistiendo profundo. Cada thrust golpeaba mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina. Gemí alto, "¡Sí, cabrón, así, no pares!" Su boca en mi cuello, mordiendo suave, el dolor dulce amplificando todo.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. "Me vengo, Marco, me vengo!", grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales en el Zócalo. Olas y olas, mi cuerpo temblando, jugos empapando las sábanas. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, llenándome con chorros calientes, su semilla mezclándose con la mía. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador secando nuestro sudor. Marco besó mi frente, "Esa fue la pasión más amarga y dulce de mi vida". Reí bajito, acariciando su mejilla. El PDF seguía abierto en la laptop, pero ahora lo veía diferente: no solo sufrimiento, sino entrega total, amor en carne viva.

Gracias, Ana Catalina Emmerick, por desatar esto en mí. La verdadera pasión no duele sola; quema y sana.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando los restos, manos explorando de nuevo con ternura. Salimos a la terraza, con vistas a los jacarandas en flor, una chela fría en mano. El deseo se había saciado, pero el fuego latente prometía más noches así. Simón, pensé, esto es mi versión de la amarga pasión: consensual, feroz, eterna.

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