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Pasión Desbordada del Grupo Pasion Musical

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Pasión Desbordada del Grupo Pasion Musical

La noche en el Palacio de los Deportes estaba cargada de ese calor eléctrico que solo un concierto en vivo puede generar. El aire olía a sudor mezclado con perfume barato y el humo dulzón de los porros que flotaban por todos lados. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que se la pasa entre oficinas y sueños húmedos, había sacado boleto para ver al Grupo Pasion Musical, esos cabrones que ponían a temblar mis entrañas con sus corridos calientes y ritmos que te hacen mover las caderas como si te estuvieran cogiendo desde adentro.

Desde mi lugar en la zona VIP, que gané en un sorteo de la radio, veía cómo el vocalista, Marco, un vato alto y moreno con tatuajes que asomaban por su camisa abierta, sudaba bajo las luces. Su voz ronca cantaba "Pasion Musical en la noche, que nos quema la piel", y neta, sentía que me hablaba directo a mí. Al lado suyo, el guitarrista Luis, con su sonrisa pícara y manos expertas que imaginaba recorriendo mi cuerpo, y el bajista Roberto, fornido y callado, pero con ojos que devoraban todo. El grupo pasion musical era puro fuego, y yo ya estaba mojada solo de verlos.

Después del encore, cuando el público gritaba por más, un wey de seguridad se me acercó. "¿Ana López? Te ganaste el pase al backstage, carnala". Mi corazón latió como tambor.

¿Qué chingados? ¿Esto es real o nomás un sueño cachondo?
Caminé por el pasillo oscuro, el eco de mis tacones retumbando contra las paredes grafiteadas, oliendo a cerveza derramada y testosterona fresca.

En el camerino, el humo de cigarro y el aroma terroso del tequila llenaban el espacio. Marco me vio entrar y levantó su vaso. "¡La ganadora! Pasa, mamacita, quédate con nosotros". Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que asomaban por el escote de mi blusa ajustada. Luis soltó una risita. "Neta, qué buena onda que viniste. ¿Quieres un trago?" Roberto solo asintió, pero su mirada era como caricias invisibles en mi piel.

Nos sentamos en un sofá viejo, las luces tenues haciendo que todo pareciera un sueño borroso. Hablamos de la tocada, de cómo el Grupo Pasion Musical se había formado en un bar de la Condesa hace años, tocando hasta el amanecer. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, calentándome el estómago y soltándome la lengua. "Sus canciones me prenden, weyes. Esa pasión musical que cantan... la siento aquí", dije tocándome el pecho, bajando la mano despacio hacia mi vientre. Marco se acercó, su muslo rozando el mío, el calor de su piel traspasando la tela.

La tensión creció como una ola. Luis puso música de fondo, un corrido suave del grupo, y Roberto se paró detrás del sofá, sus manos grandes posándose en mis hombros. "Relájate, reina", murmuró. Su aliento olía a menta y deseo. Marco inclinó la cabeza, sus labios rozando mi oreja.

¡Pinche paraíso! Sus cuerpos tan cerca, sus esencias mezclándose con la mía.
Mi piel erizó, pezones endureciéndose contra el brasier.

El beso de Marco fue el detonante. Sus labios carnosos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal. Gemí bajito, mis manos subiendo por su pecho sudoroso, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Luis se unió, besando mi cuello, su barba raspando delicioso. "Qué rica estás, Ana", susurró, mientras sus dedos desabotonaban mi blusa. Roberto, más directo, me levantó la falda, sus palmas callosas masajeando mis muslos, subiendo hasta encontrar mis panties empapadas.

Me recargué en el sofá, el cuero pegajoso contra mi espalda desnuda. Marco se arrodilló, bajándome las panties con dientes, su aliento caliente en mi panocha. "Mira cómo brilla por nosotros", dijo, y su lengua lamió despacio, saboreando mi humedad salada. El placer me arqueó, un jadeo escapando mientras Luis chupaba mis tetas, mordisqueando los pezones rosados. Roberto se desabrochó el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. "Tócala, mami". La agarré, piel suave sobre acero, el olor almizclado de su excitación invadiéndome.

La habitación giraba con suspiros y la música de fondo, el bajo retumbando como mi pulso. Marco metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, mientras lamía mi clítoris hinchado.

Neta, voy a explotar. Estos vatos saben tocarme como su guitarra.
Luis se desnudó, su pinga erecta rozando mi mejilla. La chupé ansiosa, saboreando el pre-semen salado, mi lengua girando en la cabeza. Roberto me penetró desde atrás, lento al principio, su grosor estirándome delicioso. "¡Qué chingón se siente!", gruñó.

El ritmo escaló. Marco se levantó, yo lo monté en el sofá, su verga llenándome hasta el fondo, mis caderas girando al son de su pasión musical. Luis se acercó, y lo mamé profundo, garganta contra garganta. Roberto nos follaba a ambos con las manos, pellizcando, azotando suave mis nalgas. Sudor chorreaba, pieles chocando con palmadas húmedas, gemidos mezclándose con el corrido que no paraba. Olía a sexo puro, a fluidos y piel caliente.

El clímax se acercaba como tormenta. Marco aceleró, sus manos en mi cintura. "Córrete conmigo, reina". El orgasmo me partió, espasmos sacudiendo mi cuerpo, jugos chorreando por sus bolas. Luis eyaculó en mi boca, leche espesa y caliente que tragué con gusto. Roberto me volteó, corriéndose en mis tetas, chorros blancos marcando mi piel. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, risas roncas.

Después, en la calma, Marco me pasó un cigarro. "Eres de las nuestras ahora, Ana. La musa del Grupo Pasion Musical". Me vestí despacio, piernas temblorosas, el cuerpo zumbando de placer residual. Salí al amanecer, el DF despertando con su caos chido, pero yo llevaba su esencia en la piel, en el alma.

Pinche noche inolvidable. La pasión musical no miente.

Desde esa tocada, cada canción suya me transporta de vuelta, al camerino, a sus brazos. Y sé que volveré, porque el fuego del grupo nunca se apaga.

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