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La Ultima Pasion de Cristo

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La Ultima Pasion de Cristo

En las calles empedradas de San Miguel de Allende, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a flores de bugambilia marchitas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi piel morena curtida por el sol guanajuatense y curvas que ya no cabían en los vestidos de misa, caminaba detrás de la procesión del Viernes Santo. Las velas parpadeaban como ojos lujuriosos en la penumbra, y el tamborileo de los matracas me erizaba la piel. Neta, qué chido es este ritual, pero hoy siento un vacío en el pecho que ni las oraciones llenan, pensé mientras mis ojos se clavaban en la figura del Cristo de caña y madera que cargaban los hombres.

Pero no era la estatua la que me quitaba el aliento. Era él, el hombre que la portaba al frente: alto, con cabello negro largo hasta los hombros, barba recortada y ojos cafés profundos como pozos de tequila añejo. Su nombre, me enteraría después, era Cristo –sí, como el Señor, un carpintero local que tallaba crucifijos para las iglesias. Sudaba bajo el peso, y gotas resbalaban por su cuello bronceado, brillando bajo las luces tenues. Mi corazón latía fuerte, ¡órale, Ana, contrólate, pendeja! me regañé, pero mis pezones se endurecieron contra el encaje de mi blusa. Olía a hombre: tierra, madera y un leve aroma a jabón de lavanda.

La procesión terminó en la plaza principal, donde la gente se arrodillaba y rezaba. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo negro. Él bajó el Cristo con cuidado, como si fuera una amante frágil, y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, una sonrisa lobuna, juguetona.

¿Qué pasa si este es el Cristo que Dios me mandó para probar mi fe? No, neta, es solo un carnal guapo que me hace mojar las panties
, divagué en mi mente mientras me acercaba.

Gracias por cargar al Señor, carnal —le dije, con voz ronca que no reconocí como mía.

No hay de qué, güerita. Soy Cristo, el carpintero. ¿Y tú?

Ana. Nos presentamos así, simples, pero el aire entre nosotros crepitaba como chispas de un cohete de feria. Hablamos de la tradición, de cómo el peso del madero le recordaba las espinas de la corona, pero sus ojos bajaban a mis labios carnosos, a mis tetas que subían y bajaban con cada respiro. Invité a un café en la plaza, y aceptó. Sentados en una banca de hierro forjado, el vapor del café mexicano nos envolvía con su olor tostado y dulce. Sus manos grandes, callosas de tanto martillar madera, rozaron las mías al pasarme el azúcar. Un toque eléctrico, como si la Virgen nos hubiera bendecido con lujuria santa.

La noche cayó como un velo negro sobre las cúpulas barrocas. Caminamos por callejones angostos, iluminados por faroles que proyectaban sombras danzantes. Hablaba de su vida: viudo joven, sin hijos, dedicado a tallar pasiones en madera. Yo confesé mi soledad, mi marido muerto hace años en un accidente, y cómo la iglesia era mi refugio, pero el cuerpo pedía más. Me traes loca, Cristo. Eres como la última pasión de Cristo, la que redime en éxtasis, pensé, pero lo dije en voz baja, juguetona.

¿La última pasión de Cristo? Suena a herejía deliciosa —rió él, deteniéndose frente a su taller, una casita colonial con jardín de nopales y bugambilias.

Entramos. El olor a sierra fresca y virutas de cedro me invadió, embriagador. Sus herramientas brillaban a la luz de una lámpara de aceite. Me acercó, su aliento cálido en mi oreja: —Si soy tu Cristo, déjame darte mi pasión. Nuestros labios se unieron, suaves al principio, como un rezo. Sabía a café y a vino de misa robado, dulce y pecaminoso. Sus manos en mi cintura, apretando la carne suave bajo la falda floreada. Gemí bajito, ¡ay, cabrón, qué rico!

Me quitó el rebozo, la blusa, besando mi cuello mientras sus dedos desabrochaban el sostén. Mis tetas liberadas, grandes y pesadas, con pezones oscuros duros como piedras de obsidiana. Los chupó con hambre, lamiendo, mordisqueando suave. Sentí su verga dura contra mi muslo, gruesa, palpitante bajo los pantalones de mezclilla.

Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Dios me perdone, pero esta es mi redención
. Lo empujé al catre cubierto de mantas de lana serrana, olor a pino y sudor fresco.

Acto dos de nuestra procesión privada: lo desvestí lento, saboreando cada centímetro. Su pecho ancho, velludo, músculos que se contraían bajo mi lengua. Bajé, besando el vientre plano, hasta su verga erguida, venosa, con un glande rosado brillando de precum. La lamí desde la base, salada, almizclada, hasta meterla en mi boca caliente y húmeda. Él gruñó, —¡Puta madre, Ana, qué boca tan bendita! Sus caderas se movían, follándome la garganta suave, pero yo controlaba el ritmo, empoderada, reina de esta pasión.

Me recostó, abrió mis piernas. Mi panocha depilada, hinchada de deseo, chorreaba jugos que olían a miel y mar. Sus dedos exploraron, dos adentro, curvándose en mi punto G, mientras su pulgar masajeaba el clítoris hinchado. Grité, arqueándome, el placer como latigazos de éxtasis. Esto es la corona de espinas, pero de placer. Me lamió entonces, lengua experta girando, chupando mis labios mayores, metiéndose profundo. Saboreé mi propio aroma en su boca después, besándonos fieros.

La tensión crecía, como la procesión subiendo el cerro. Sudábamos, pieles resbalosas pegándose, corazones tronando como tambores de concheros. Te quiero dentro, Cristo, dame tu última pasión, le supliqué. Se puso condón –siempre responsable, mi santo pecador– y entró lento, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome, su verga gruesa rozando paredes sensibles. Gemí largo, uñas en su espalda, dejando surcos rojos como latigazos.

Follamos despacio al inicio, mirándonos a los ojos, susurros de te quiero, neta eres mi diosa. Luego aceleró, embestidas profundas, mis tetas rebotando, el catre crujiendo como madera bajo martillo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, panocha apretándolo como virgen en éxtasis. Él pellizcaba mis nalgas, ¡qué rica cola, mami! El olor a sexo nos envolvía, sudor, jugos, semen contenido. Mi orgasmo vino primero, olas rompiendo, gritando ¡Sí, Cristo, fóllame la alma! Vagina contrayéndose, leche chorreada en sus bolas.

Él se volteó, perrito, agarrándome las caderas, penetrando hondo. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos ahogados en la almohada.

Esta es la crucifixión del deseo, clavada en placer eterno
. Se corrió rugiendo, llenando el condón, cuerpo temblando sobre el mío.

Desenredados, jadeantes, en afterglow. Su cabeza en mis tetas, caricias suaves en mi vientre. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, trayendo olor a tierra mojada de un chubasco lejano. Hablamos bajito: de sueños, de no arrepentirnos. La última pasión de Cristo no fue de dolor, fue esta, carnal, viva en nosotros, murmuró él, besando mi frente.

Salí al alba, piernas flojas, sonrisa pícara. La plaza despertaba con campanas, pero yo llevaba mi cruz ligera, satisfecha. En mi corazón, esta pasión no acababa; era eterna, mexicana, llena de vida y fuego. Caminé erguida, mujer empoderada, lista para más Viernes Santos así de benditos.

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