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Arrebato de Pasion Incontrolable

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Arrebato de Pasion Incontrolable

Daniela caminaba por el rooftop de ese bar en Polanco, con el bullicio de la noche mexicana envolviéndola como un abrazo cálido. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban abajo, un mar de neones que competía con las estrellas. El aire traía ese olor a tacos al pastor de la calle y el humo dulce de los cigarros electrónicos. Llevaba un vestido negro ceñido que rozaba su piel morena con cada paso, haciendo que sintiera un cosquilleo anticipado. Hacía meses que no salía así, pero esa noche, algo en el ambiente la ponía inquieta, como si el destino tramara una sorpresa.

Entonces lo vio. Marco, de pie junto a la barra, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. Alto, con el pelo revuelto y una camisa blanca que se pegaba a su pecho por el calor húmedo. Sus ojos se cruzaron, y fue como si el mundo se detuviera. ¿Qué chingados hace él aquí? pensó ella, mientras su pulso se aceleraba. Se acercaron sin prisa, como imanes.

—Neta, Daniela, estás más rica que nunca —dijo él, con esa voz ronca que olía a tequila reposado.

—Tú tampoco te quedas atrás, güey —respondió ella, riendo, pero sintiendo ya el calor subirle por el cuello. Charlaron de todo y nada: del pinche tráfico, de esa banda que tocaba cumbia rebajada en vivo, de cómo la vida los había separado después de esa noche loca en la playa de Acapulco años atrás. Cada roce accidental —su mano en su brazo, el roce de sus caderas al bailar— encendía chispas. El sudor perlaba su frente, y el olor de su colonia mezclada con su piel masculina la mareaba.

La tensión crecía como una tormenta. Daniela sentía su entrepierna humedecerse solo con mirarlo, imaginando sus manos grandes explorándola. No aguanto más, se dijo. Lo tomó de la mano y lo sacó de ahí, bajando en el elevador donde el espejo reflejaba sus siluetas entrelazadas.

En su departamento en la Roma, todo era más íntimo. Las luces tenues de las velas que ella había encendido antes pintaban sombras danzantes en las paredes blancas. Puso música de Natalia Lafourcade bajito, esa rola sensual que habla de amores que queman. Sirvió mezcal en vasos de cristal, el líquido ahumado deslizándose por su garganta con un ardor que bajaba directo al vientre.

—Ven aquí, cabrón —murmuró ella, jalándolo hacia el sofá de terciopelo.

Se besaron con hambre contenida al principio, labios suaves probando el sabor salado del otro, lenguas enredándose como si quisieran devorarse. Marco olía a noche urbana y deseo puro, su aliento caliente contra su cuello. Daniela jadeaba, sintiendo sus pezones endurecerse bajo el vestido. Él deslizó las manos por su espalda, bajando la cremallera con lentitud tortuosa, dejando que la tela cayera como una cascada. Su piel expuesta sintió el aire fresco, erizándose al instante.

—Estás chingona —gruñó él, besando su clavícula, lamiendo el sudor que se acumulaba ahí. Ella lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas, frotando su dureza contra su humedad a través de la tela. El roce era eléctrico, un fuego que subía por sus muslos. Le quitó la camisa, arañando levemente su pecho velludo, oliendo su aroma almizclado de hombre excitado. Sus manos bajaron a su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, que saltó como un resorte. La tomó en su mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba.

Marco la volteó con gentileza, poniéndola de rodillas en la alfombra suave. Besó su espalda, bajando hasta sus nalgas redondas, mordisqueando la carne tierna. Daniela gimió, un sonido gutural que llenó la habitación. Su lengua ahí, Dios mío, pensó mientras él lamía su coño empapado, saboreando sus jugos dulces y salados. El placer era una ola, lamiendo su clítoris hinchado, chupando con maestría mientras sus dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse.

—No pares, pendejo, ¡así! —suplicó ella, empujando contra su boca. El sonido húmedo de su lengua era obsceno, mezclado con sus jadeos y el latido de su corazón en los oídos. Se corrió primero, un estallido que la dejó temblando, chorros de placer mojando su barbilla. Él se levantó, lamiéndose los labios con una sonrisa lobuna.

Ahora era su turno. Daniela lo empujó al sofá, arrodillándose entre sus piernas musculosas. Tomó su polla en la boca, saboreando el precum salado, chupando la cabeza hinchada mientras su mano bombeaba la base. Marco gruñía, enredando los dedos en su pelo, el olor de su excitación llenando sus fosas nasales. Lo miró a los ojos, esos ojos cafés intensos, mientras lo tragaba más profundo, sintiendo cómo palpitaba en su garganta.

—Me vas a matar, reina —jadeó él.

Pero no quería que terminara así. Lo montó de nuevo, guiando su verga dentro de ella con un suspiro largo. Estaba tan mojada que entró de una, llenándola por completo. Empezaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada centímetro rozar sus paredes internas. El slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando entre ellos, mezclando sus olores en una nube embriagadora.

El ritmo aceleró. Daniela cabalgaba con furia, sus tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Marco la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, profundo, golpeando su cervix con cada thrust. Esto es un arrebato de pasión, pensó ella en medio del torbellino, mientras el placer se acumulaba como una presa a punto de romperse. Gemían sin control, palabras sucias saliendo entre dientes: "¡Más duro, cabrón!", "¡Qué rico tu chochito, nena!".

Cambiaron posiciones, él la puso a cuatro patas en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo ellos. Entró de nuevo, esta vez salvaje, sus bolas golpeando su clítoris. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, mezcal derramado. Daniela se tocaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él la follaba sin piedad. El orgasmo los golpeó juntos, un tsunami. Ella gritó, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Colapsaron enredados, pechos agitados, piel pegajosa. Marco la besó en la frente, suave ahora, mientras el sudor se enfriaba en sus cuerpos. Daniela sintió una paz profunda, el corazón latiendo en sintonía con el suyo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero adentro, en ese arrebato de pasión que los había consumido, encontraron algo real.

—Esto no fue un error, ¿verdad? —murmuró él, trazando círculos en su espalda.

—Neta que no, amor. Fue el arrebato de pasión que necesitaba mi vida —respondió ella, sonriendo contra su pecho.

Se durmieron así, envueltos en el aroma de su unión, con la promesa de más noches como esa en el horizonte mexicano.

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