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Pasiones Prohibidas 1991

6681 palabras

Pasiones Prohibidas 1991

Era el año 1991 y el calor de la Ciudad de México me ahogaba como un amante posesivo. Vivía en un departamento chido en la colonia Roma con mi esposo Carlos, un contador que se la pasaba entre números y chelas frías después del trabajo. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, sentía que mi vida era un corrido aburrido sin guitarrazos ni pasión. Pero todo cambió cuando llegó Luis, el carnal de Carlos, de visita desde Guadalajara. Órale, pensé, este wey sigue siendo el mismo galán que me robó el aliento hace diez años.

La primera noche, Carlos organizó una carnita asada en el balcón. El humo del carbón se mezclaba con el olor a limón y cilantro, y la cumbia de Celso Piña retumbaba desde la radio. Luis traía una sonrisa pícara, ojos cafés que me taladraban, y una playera ajustada que marcaba sus pectorales duros como mezquite. Me sirvió un tequila con sal y limón, rozando mis dedos con los suyos.

Su piel cálida contra la mía... neta, me prendió la mecha.
Carlos, ya pedo, contaba chistes de oficinistas mientras Luis y yo platicábamos de viejos tiempos. "Ana, ¿te acuerdas de esa vez en la feria de Chapultepec?", me dijo bajito, su aliento a tequila rozándome la oreja. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con botas de charro.

Los días siguientes fueron una tortura dulce. Carlos salía temprano al jale, dejándonos solos. Luis se paseaba en short por la casa, sudando por el bochorno de abril. Yo lo espiaba desde la cocina, mientras preparaba café. El aroma fuerte del molido negro llenaba el aire, pero lo que me mareaba era su olor: jabón de sándalo mezclado con sudor macho. Una mañana, al pasar por el pasillo, choqué contra él. Sus manos me agarraron la cintura para no caer. Sus palmas firmes, calientes, como si me marcaran a fuego. "Perdón, carnala", murmuró, pero sus ojos decían quiero comerte viva. Me solté, riendo nerviosa, pero mi concha ya palpitaba, húmeda de anticipación.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Por las noches, cuando Carlos roncaba como tractor, yo me tocaba pensando en Luis. Imaginaba su boca en mis tetas, su verga dura empujando dentro de mí. Pasiones prohibidas, me repetía, recordando esa novela que veíamos en la tele de 1991, con amores imposibles que ardían como chile piquín. Luis tampoco dormía. Lo oía caminar, y una noche me animé a salir al balcón en mi camisón de satín rojo, transparente bajo la luna.

"No puedes dormir, ¿verdad?", dijo él, apareciendo con una cerveza en la mano. Se paró cerquita, su pecho subiendo y bajando. Olía a noche caliente, a tierra mojada después de lluvia. "Estas pasiones prohibidas 1991 nos van a matar, Ana", susurró, citando esa rola de rock en español que sonaba en la XEW. Su mano subió por mi muslo, suave como pluma de garza. Temblé, pero no me aparté. "Es pecado, Luis... Carlos es tu carnal". Él me jaló contra su cuerpo, su verga ya tiesa presionando mi vientre. "Neta, Ana, desde que te vi me antojé. Tú también lo sientes, ¿verdad? Ese fuego que no se apaga".

Dios mío, su voz ronca, su aliento en mi cuello... ya no podía negarlo. Quería que me cogiera ahí mismo, salvaje, sin frenos.

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Sabía a cerveza y deseo puro, su lengua explorando mi boca como si fuera un tesoro azteca. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Me levantó en brazos, llevándome a la recámara de visitas. La puerta se cerró con un clic que sonó a libertad. Me tiró en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñó, arrancándome el camisón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana.

Chupó una teta, succionando fuerte, mientras su mano bajaba a mi panocha. Estaba empapada, chorreando jugos calientes. "Mira cómo te mojas por mí, wey", dijo juguetón, metiendo dos dedos adentro. Jadeé, arqueándome. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo me volvía loca, mezclado con mis gemidos ahogados. Su tacto era eléctrico, rozando mi clítoris hinchado, haciendo que mis muslos temblaran. Le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La agarré, sintiendo su calor pulsante en mi palma. "Qué vergota, carnal", le dije, lamiéndome los labios.

Me puse de rodillas, mirándolo con ojos de puta en celo. Lamí la punta, salada de precum, luego la engullí hasta la garganta. Él jadeó, agarrándome el pelo. "¡Órale, qué buena mamada, Ana! Sigue así". El sabor almizclado me enloquecía, su verga estirando mi boca mientras yo chupaba con hambre. Pero quería más. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su pija. "Cógeme ya, Luis. Hazme tuya".

Él sonrió pícaro y me penetró de un golpe. Ay, cabrón, qué rico. Su verga me llenaba completa, rozando cada rincón sensible. Empecé a cabalgarlo, tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos, el crujir de la cama... todo era sinfonía de lujuria. Sus manos amasaban mi culo, azotándolo suave. "Más duro, pendejo", le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo como toro bravo. Sentí el orgasmo venir, un volcán rugiendo en mi vientre. "Me vengo, Luis... ¡ayyy!". Explosé, contrayéndome alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas.

No paró. Me volteó boca abajo, entró por atrás, su pecho contra mi espalda. Olía a sexo puro, a sudor y feromonas. Me cogía profundo, su saco golpeando mi clítoris. "Tú eres mi vicio, Ana. Estas pasiones prohibidas nos unen para siempre". Gemí su nombre, arañando las sábanas. Él gruñó, tensándose, y se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido, el humo danzando como fantasmas. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su espalda. "Esto fue chido, pero peligroso", murmuré. Él levantó la vista, ojos brillantes. "Lo sé, pero valió cada segundo. Si Carlos se entera, pos que se arme el desmadre, pero neta, te quiero pa' mí". Reí bajito, besándolo suave. El amanecer pintaba el cielo de rosa, y supe que pasiones prohibidas 1991 marcarían mi alma para siempre. Carlos nunca lo supo, pero Luis y yo robamos más noches así, en secreto, ardientes como el sol de mayo. Y cada vez, el recuerdo de ese primer polvo me hacía mojarme de puro antojo.

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