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Cañaveral de Pasiones Cap 69 Fuego en la Caña

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Cañaveral de Pasiones Cap 69 Fuego en la Caña

El sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego, tiñendo el vasto cañaveral de tonos naranjas y rojos que parecían lamer la tierra fértil. Daniela caminaba entre las altas varas de caña, sintiendo cómo el viento cálido del Veracruz jugaba con su falda ligera, levantándola apenas lo suficiente para erizarle la piel de las piernas. El aire estaba cargado del dulce aroma de la caña madura, mezclado con la humedad de la tierra recién regada y un toque salado de sudor que ya perlaba su cuello. Cada paso crujía bajo sus sandalias, un sonido rítmico que aceleraba su pulso.

Órale, qué chido está esto hoy, pensó Daniela, mientras sus ojos escaneaban las sombras alargadas. Tenía veintiocho años, piel morena como el tabaco curado y curvas que volvían locos a los hombres de la hacienda. Pero solo uno le importaba: Javier, el capataz de treinta, con brazos fuertes de tanto cortar caña y una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Habían empezado como un juego hace meses, pero ahora era neta, una pasión que ardía como el fuego de San Juan.

De pronto, lo vio. Emergió de entre las varas como un jaguar, camisa abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado, pantalón ajustado marcando lo que ella sabía que era su mejor arma.

¡Ay, wey, míralo! Me tiene ya con las bragas empapadas
, se dijo Daniela, mordiéndose el labio. Javier se acercó con paso seguro, el crujido de las hojas secas anunciando su llegada.

—Daniela, mi reina. ¿Qué haces aquí solita en este cañaveral de pasiones? —dijo él con voz ronca, como grava bajo las botas.

Ella rió bajito, el sonido vibrando en su garganta. —Esperándote, pendejo. ¿O qué, ya te olvidaste de nuestro jueguito?

Acto primero de su danza eterna: las miradas que se enredaban, las manos rozando apenas. Javier la tomó de la cintura, sus palmas callosas enviando chispas por su espina. Olía a hombre, a tierra y a ese jabón de maguey que usaba. Daniela sintió su verga endureciéndose contra su vientre, y un calor líquido se extendió entre sus muslos.

Se adentraron más en el laberinto verde, donde las cañas formaban un muro impenetrable. El sol se fue, dejando un crepúsculo púrpura que filtraba rayos tenues. El viento susurraba secretos obscenos en las hojas, y el zumbido de grillos era como un coro aprobando su lujuria. Javier la empujó suavemente contra un tallo grueso, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a café y menta silvestre. La lengua de él invadió su boca, bailando un tango húmedo que la dejó jadeante.

Esto es el Cap 69 de nuestro cañaveral de pasiones, pensó ella, recordando cómo contaban sus encuentros como capítulos de una novela picante. Sesenta y nueve veces ya, y cada una más intensa. Javier bajó las manos a sus nalgas, amasándolas con fuerza. —Estás cañón hoy, mi chula. Siento tu calor desde aquí.

Daniela gimió contra su boca, arqueando la espalda. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa delgada, rozando el pecho de él. Desabrochó su camisa con dedos temblorosos, explorando los músculos tensos, el vello áspero que le raspaba las yemas. Él respondió quitándole la falda de un tirón, dejando sus bragas blancas al aire. El roce del aire fresco en su piel expuesta fue eléctrico, y ella olió su propia excitación, almizclada y dulce como miel de abeja.

En el medio del acto, la tensión subió como la marea en la costa. Javier se arrodilló, besando su ombligo, bajando hasta lamer el encaje húmedo. Daniela enredó los dedos en su pelo negro, tirando suave.

¡Neta, este wey sabe cómo hacerme volar!
Él apartó la tela, exponiendo su panocha hinchada, rosada y reluciente. Su lengua trazó círculos lentos en el clítoris, succionando con maestría. El sabor salado de ella lo enloqueció; gemía vibrando contra su carne sensible. Daniela temblaba, las piernas flojas, el mundo reduciéndose al latido entre sus piernas y el roce rasposo de las cañas en su espalda.

—¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —suplicó ella, voz entrecortada.

Él se levantó, verga libre ahora, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Daniela se lamió los labios, arrodillándose a su vez. El olor almizclado de su masculinidad la embriagó. Lo tomó en la boca, saboreando la piel salada, la vena pulsante. Chupó profundo, garganta relajada por práctica, mientras él gruñía como animal herido. El 69 perfecto para nuestro cap, murmuró Javier, levantándola para recostarla en un lecho de hojas caídas.

Se acomodaron en el piso mullido de tierra y caña picada, cuerpos entrelazados en esa posición sagrada del cap 69. Daniela encima, panocha sobre la boca de él, mientras devoraba su verga. Lenguas trabajando sin piedad: él lamiendo pliegues, succionando jugos que corrían como río; ella mamando la cabeza bulbosa, tragando hasta las bolas pesadas. Gemidos ahogados, saliva y fluidos mezclándose, el aire espeso de jadeos y el chapoteo húmedo. Sus caderas se mecían al unísono, pulsos acelerados latiendo en sincronía. El olor a sexo crudo impregnaba todo, sudor goteando, pieles chocando con palmadas suaves.

Daniela sintió el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago.

¡Ya viene, Virgen santa, no aguanto!
Javier la penetró con dos dedos curvos, masajeando el punto G mientras lamía furioso. Ella explotó primero, chorros calientes en su cara, cuerpo convulsionando, grito primal rasgando la noche. Él la siguió, verga hinchándose en su boca, semen espeso y caliente llenándole la garganta. Tragó todo, saboreando el amargo salado, mientras ondas de placer la recorrían.

Pero no terminaron. Javier la volteó, colocándola a cuatro patas entre las cañas. Entró en ella de un embiste, verga resbaladiza abriéndose paso en su coño apretado y empapado. El estiramiento la hizo gritar de placer, paredes internas abrazándolo. Embestidas lentas al principio, saboreando cada centímetro: el roce de su pubis contra sus nalgas, bolas golpeando suave, el sonido obsceno de carne mojada. Aceleró, manos en sus tetas rebotando, pellizcando pezones duros como piedras.

—¡Chíngame más duro, mi rey! ¡Hazme tuya! —rogaba Daniela, empujando hacia atrás.

Él obedeció, ritmo feroce, sudor volando. Ella metió una mano para frotar su clítoris, doble estimulación llevándola al borde otra vez. El cañaveral parecía vibrar con ellos, hojas susurrando aprobación, luna ahora alta bañándolos en plata. Javier gruñó profundo, embistiendo salvaje. Este es el clímax del cañaveral de pasiones cap 69, pensó ella en éxtasis.

Explotaron juntos. Daniela se corrió apretándolo como vicio, jugos chorreando por sus muslos. Javier se vació dentro, chorros calientes pintando sus paredes, hasta la última gota. Colapsaron, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, yacían abrazados bajo las estrellas filtradas por las cañas. Javier besó su sien, oliendo a jazmín en su pelo revuelto. —Te amo, Daniela. Esto es nuestro para siempre.

Ella sonrió, dedo trazando su pecho.

Qué chingón fue este cap. Ya quiero el 70
. El viento mecía las varas, llevando ecos de su pasión. La tierra los acunaba, testigo muda de su unión. En ese cañaveral de pasiones, habían encontrado su paraíso, capítulo tras capítulo de fuego eterno.

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