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Pasion de Mi Tierra

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Pasion de Mi Tierra

El sol caía a plomo sobre los campos de mi tierra natal, en las afueras de Oaxaca. Hacía años que no pisaba este suelo rojizo, cargado de maíz y memorias. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina, mezclado con el dulce aroma de las flores de cempasúchil que crecían silvestres al borde del camino. Mi piel se erizaba al sentir el calor pegajoso, como si la tierra misma me recibiera con un abrazo ardiente. Bajé del camión con el corazón latiendo fuerte, neta, qué chido volver.

Yo era Ana, treinta años bien vividos en la ciudad, pero aquí, en mi pueblo, me sentía como una chava de veinte otra vez. Vestía un huipil ligero que se pegaba a mis curvas por el sudor, y mis sandalias se hundían en el polvo cálido. Caminaba hacia la casa de mi tía, pero mis ojos se desviaron hacia un hombre en el campo vecino. Estaba arando la tierra con una yunta de mulas, su camisa abierta dejando ver el pecho moreno y musculoso, brillando bajo el sol. Javier, lo reconocí al instante. El wey que me robaba suspiros en la secundaria, antes de que me fuera a buscar la vida en la capital.

¿Será él? Madre mía, qué hombre se ha hecho. Esa fuerza en sus brazos, como si la tierra le diera su propia pasión.

Me acerqué al cercado, fingiendo interés en las mazorcas. “¡Órale, Javier! ¿No me reconoces?” le grité, con la voz juguetona. Él levantó la vista, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonrió, esa sonrisa pícara que me hacía cosquillas en el estómago.

“¡Ana! La chula de la ciudad. ¿Qué pedo, carnala? Veniste a oler la pasión de mi tierra, ¿eh?” respondió, apoyando los brazos en la cerca. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con la respiración acelerada. El olor a hombre sudado, a tierra fértil, me invadió las fosas nasales. Sentí un calor entre las piernas, como si el sol se hubiera metido ahí adentro.

Pasamos la tarde platicando. Me contó de sus cosechas, de cómo la tierra le daba todo si la cuidaba bien. Yo le hablé de la pinche ciudad, de lo fría que era comparada con esto. La pasión de mi tierra, pensó en mi cabeza, mientras lo veía mover las manos gesticulando, venas marcadas, dedos callosos que imaginé sobre mi piel. Al atardecer, me invitó a la fiesta del pueblo esa noche. “No te vayas sin bailar conmigo, Ana. Aquí la sangre hierve con el son del jarabe.”

La noche cayó como un manto estrellado. El zócalo bullía de luces de faroles, el sonido de la guitarra y el violín rasgando el aire con ritmos alegres. Olía a tacos de barbacoa, a mezcal ahumado y a jazmín de los puestos. Me puse un vestido rojo que acentuaba mis caderas anchas, mexicanas puras. Javier llegó con una guayabera blanca impecable, pero sus ojos tenían esa hambre primitiva.

Nos lanzamos a la pista de tierra apisonada. Sus manos en mi cintura, fuertes, guiándome en el zapateado. Sentía su aliento caliente en mi cuello, el roce de su pecho contra el mío. Cada giro, sus dedos se clavaban un poco más, enviando chispas por mi espina. “Estás más sabrosa que un elote en leche, Ana,” me susurró al oído, su voz ronca como el viento en los nopales. Mi cuerpo respondía solo, mis pezones endureciéndose bajo la tela, el calor húmedo creciendo entre mis muslos.

¡Ay, Dios! Esta pasión de mi tierra me está volviendo loca. Quiero que me tome aquí mismo, entre la gente.

El baile se volvió más íntimo, nuestros cuerpos pegados, sudados. Su verga dura presionaba contra mi vientre, prometiendo lo que vendría. Bebimos mezcal de un trago, el fuego líquido bajando por mi garganta, avivando el deseo. Cuando la música se calmó, me jaló hacia la oscuridad de un callejón perfumado por bugambilias. Sus labios encontraron los míos, urgentes, con sabor a tequila y tierra. Nuestras lenguas danzaron como en el jarabe, explorando, saboreando el sudor salado.

“Ven conmigo, mi reina. A mi ranchito. Quiero comerte entera,” murmuró contra mi boca. Asentí, perdida en el vértigo. Caminamos tomados de la mano, el aire nocturno fresco lamiendo mi piel caliente. Su casa era humilde pero acogedora, con el olor a adobe fresco y leña quemada. Apenas cruzamos la puerta, me levantó en brazos, sus músculos tensos bajo mis nalgas. Me llevó a la cama de petate, iluminada por una vela que parpadeaba sombras sensuales en las paredes.

Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas rojas como huellas de pasión. Bajó a mis senos, lamiendo los pezones duros, mordisqueando hasta que gemí alto, “¡Ay, Javier, qué rico!” Sus manos callosas masajeaban mis muslos, abriéndolos con ternura. Olía a mi propia excitación, almizclada, mezclada con su aroma masculino. Metió un dedo en mi panocha húmeda, luego dos, moviéndolos con ritmo experto, mientras su boca devoraba la mía.

Neta, nunca sentí algo así. Esta tierra me dio un hombre que sabe tocar el fuego de mi alma.

El deseo crecía como tormenta. Le quité la ropa, admirando su cuerpo esculpido por el trabajo duro: abdomen marcado, verga gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. “Chúpamela, Ana. Quiero tu boca,” pidió con voz quebrada. Me arrodillé, el petate raspando mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello, guiándome suave. El sonido de su placer, jadeos roncos, me volvía loca.

No aguantamos más. Me tumbó de espaldas, abriéndome las piernas. Su lengua en mi clítoris, lamiendo círculos rápidos, chupando mi jugo dulce. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el placer subiendo como oleadas. “¡Sí, cabrón, así! ¡No pares!” grité, mis uñas clavándose en sus hombros. Cuando estallé en orgasmo, mi cuerpo tembló, el mundo explotando en colores y sonidos ahogados.

Él se posicionó, frotando su verga en mi entrada resbalosa. “¿Me quieres adentro, mi amor? Dime.” “¡Sí, métemela toda, Javier! Hazme tuya,” supliqué. Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso. Empezó a moverse, lento al principio, profundizando, luego más rápido, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación. Sudábamos juntos, olores mezclados, bocas devorándose. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. Él desde atrás, doggy style, jalándome el pelo suave, azotando mi culo con palmadas juguetona.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más. “Me vengo, Ana... ¡juntos!” rugió. Explosamos al unísono, mi segundo orgasmo desgarrándome, su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeando, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y satisfecha.

En el afterglow, acurrucados bajo una cobija ligera, el viento nocturno susurrando promesas. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos perezosos. “Esta es la pasión de mi tierra, Ana. Tú la despertaste de nuevo en mí.” Sonreí, besando su pecho salado.

La pasión de mi tierra no es solo el suelo que piso, es este fuego que arde en nosotros. Volveré siempre, por esto, por él.

Al amanecer, el sol nos encontró así, unidos, listos para más días de cosecha y placer. Mi tierra me había devuelto lo que el corazón anhela: pasión pura, consentida, eterna.

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