Tormenta de Pasiones Capitulo 4
La lluvia azotaba las ventanas del pequeño balneario en la costa de Puerto Vallarta como si el cielo mismo estuviera enojado. Ana se bajó del taxi, empapada hasta los huesos, con el corazón latiéndole a mil por hora. Hacía semanas que no veía a Diego, desde esa noche loca en la playa donde todo había explotado entre ellos. ¿Y si ya no siente lo mismo? pensó, mientras corría hacia la cabaña de madera que él le había descrito por WhatsApp. El olor a sal y tierra mojada le llenaba las fosas nasales, y el trueno retumbaba como un tambor en su pecho.
Diego abrió la puerta antes de que ella tocara. Ahí estaba, con su camiseta pegada al torso musculoso por la humedad, los ojos cafés brillando con esa chispa pícara que la volvía loca. ¡Órale, mi reina! Entra, que te vas a enfermar
, dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. La jaló adentro, y el calor de su cuerpo contra el de ella fue como un rayo. Se abrazaron fuerte, sintiendo el latido acelerado del otro. El aroma de su colonia mezclada con sudor fresco la mareó. Tormenta de pasiones, capítulo 4, pensó Ana, recordando cómo bromeaban con eso, como si su romance fuera una novela de esas que ven en la tele.
Se sentaron en el sofá viejo pero cómodo, con una cobija sobre las piernas. Diego le sirvió un café caliente, negro como la noche afuera. Te extrañé vergas, Ana. No sabes las noches que pasé pensando en ti
, confesó, mirándola fijo. Ella sintió un cosquilleo en el estómago, bajando hasta sus muslos.
¿Por qué carajos tardé tanto en venir? Este wey me tiene loca, neta.Le contó de su viaje a la CDMX, del estrés del jale, pero sus ojos no dejaban de recorrer el cuello de él, la vena que palpitaba ahí, invitándola a morder.
La tensión crecía como la tormenta afuera. Un relámpago iluminó la habitación, y Diego se acercó más. Sus manos grandes rozaron las de ella, enviando chispas por su espina. ¿Sabes qué? Esta tormenta de pasiones, capítulo 4, va a ser el mejor
, murmuró, con una sonrisa lobuna. Ana rio bajito, pero su cuerpo ya ardía. Se inclinó y lo besó, suave al principio, saboreando sus labios salados por el sudor. Él respondió con hambre, metiendo la lengua, explorando su boca como si fuera territorio nuevo. El sabor a café y deseo puro le explotó en la lengua.
Las manos de Diego bajaron por su espalda, quitándole la blusa mojada con urgencia. La piel de Ana se erizó al contacto con el aire fresco y sus palmas callosas. Eres una chulada, mi amor
, gruñó él, besándole el cuello, chupando justo donde sabía que la volvía gelatina. Ella jadeó, sintiendo el calor húmedo entre sus piernas. Lo empujó al sofá, montándose encima, frotándose contra su entrepierna dura como piedra. El roce de sus jeans contra su piel desnuda era tortura deliciosa. Olía a él por todos lados: macho, mar, excitación cruda.
Se desvistieron mutuamente entre besos y risas. ¡Pendejo, no tan rápido!
, bromeó ella, pero sus caderas no paraban de moverse. Diego la volteó con facilidad, quedando ella debajo, vulnerable y poderosa a la vez. Sus dedos trazaron caminos de fuego por sus pechos, pellizcando los pezones hasta que dolía rico. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto, el sonido ahogado por el rugido de la lluvia. Su toque es adictivo, como droga buena, pensó, mientras él bajaba la boca, lamiendo, succionando. El placer le subía en olas, haciendo que sus uñas se clavaran en su cabello negro revuelto.
La tormenta afuera arreció, truenos que vibraban en el piso de madera, sincronizados con sus pulsos. Diego se quitó los pantalones, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor, las venas latiendo bajo su palma. Te quiero adentro, ya
, suplicó, guiándolo. Él se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El llenado era perfecto, como puzzle encajando. Gritó su nombre, Diego, mientras él empezaba a moverse, profundo, rítmico.
El sudor les chorreaba, mezclándose, haciendo resbalosos sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel competía con la lluvia. Ana clavó las piernas en su cintura, urgiéndolo más rápido. ¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!
, exigió, empoderada en su placer. Él obedeció, embistiéndola como bestia, pero siempre atento a sus ojos, pidiendo permiso con cada mirada. El olor a sexo llenaba la cabaña: almizcle, fluidos, pasión desatada. Sus pechos rebotaban con cada thrust, y Diego los atrapaba con la boca, mordisqueando.
La tensión subía, coiling como resorte en su vientre. Ana sentía el orgasmo acechando, un tsunami interno.
Neta, esto es el paraíso. No quiero que acabe nunca.Cambiaron posiciones; ella arriba ahora, cabalgándolo salvaje. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra él, chispas de placer puro. Diego la sostenía por las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo juguetón en su entrada trasera, solo para volverla loca.
¡Sí, así, mi reina! ¡Córrete para mí!, rugió.
El clímax la golpeó como relámpago. Ana gritó, el mundo explotando en blanco, contracciones milking su verga. Olas de éxtasis la sacudían, jugos chorreando por sus muslos. Diego la siguió segundos después, hinchándose dentro, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Se derrumbó sobre él, jadeantes, pegajosos, satisfechos.
La lluvia amainaba, dejando solo un golpeteo suave. Se quedaron así, enredados, besándose perezosos. Diego le acariciaba el cabello, oliendo a vainilla de su shampoo mezclado con sexo. Te amo, Ana. Esto es solo el principio de nuestra tormenta
, susurró. Ella sonrió contra su pecho, sintiendo su corazón calmarse. Capítulo 4 completado, pero hay más por venir, pensó, con una promesa de pasiones futuras.
Se levantaron lento, duchándose juntos bajo agua tibia que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Rieron de tonterías, como siempre, planeando la cena con mariscos frescos del mercado. Afuera, el cielo clareaba, arcoíris asomando. Ana se sentía plena, empoderada, dueña de su deseo. Esa noche en Puerto Vallarta había sido fuego purificador, reafirmando lo que sentían. Y mientras se acostaban, exhaustos y felices, supieron que su tormenta de pasiones apenas empezaba.