Pasion Futbolera Hoy En Vivo En Carne Propia
El estadio rugía a través de la tele, pero en mi departamento en la Roma, el verdadero partidazo apenas empezaba. Yo, Ana, con mi camiseta ajustada del América, me recargaba en el sofá de piel sintética que crujía bajo mi peso. El calor de la noche mexicana se colaba por la ventana entreabierta, trayendo olores de tacos de la esquina y el humo de los carros en Insurgentes. Marco, mi carnal de toda la vida, ahora algo más, se sentó a mi lado con una chela en la mano, su playera de Chivas pegada al pecho por el sudor. Neta, qué pendejo eligiendo bando contrario, pero eso era lo que nos prendía.
"¡Puta madre, Ana! Mira esa jugada, la pasion futbolera hoy en vivo está cabrona", gritó él mientras el narrador lo repetía en la transmisión. Sus ojos brillaban con esa fiebre que solo el fut provoca en nosotros los mexicanos. Yo reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo por el gol que se avecinaba. Su muslo rozó el mío, cálido y firme, y el roce me erizó la piel. Hacía meses que bailábamos alrededor de esto: miradas largas en las cantinas, toques casuales en las fiestas. Hoy, con el América contra Chivas en vivo, la tensión del clásico se mezclaba con la nuestra.
El primer tiempo avanzaba, el balón rebotando en la pantalla con ese thud sordo que vibraba en el aire. Yo crucé las piernas, notando cómo mis shorts de mezclilla subían por mis muslos morenos. Marco volteó, su mirada bajando despacio, deteniéndose en el escote que mi brasier deportivo no podía ocultar del todo. "Órale, morra, ¿vienes a distraerme?", murmuró con esa voz ronca que me hacía apretar los dientes. Olía a él: jabón barato, sudor fresco y un toque de colonia que me recordaba noches de reggaetón en el antro.
En mi cabeza, un torbellino:
¿Y si hoy pasa? ¿Y si su mano sube un poquito más? Neta, Ana, no seas mensa, tómalo.El silbato del medio tiempo sonó, y él se paró a jalar otras chelas del refri. Su culo marcado en esos jeans rotos me hipnotizó. Regresó, sentándose más cerca, su rodilla presionando la mía adrede. Brindamos, las botellas frías chocando con un clink que rompió el silencio del comercial. Sus labios húmedos por la espuma tocaron los míos en un beso fugaz, disfrazado de broma. "Por la pasion futbolera, wey", dijo, pero sus ojos decían otra cosa.
El segundo tiempo arrancó con todo. Gritos del estadio en estéreo, el comentarista exaltado: "Pasion futbolera hoy en vivo, señores, ¡no se la pierdan!". Marco se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oreja. "Si el América mete gol, te debo un masaje", apostó. Yo sonreí pícara: "Y si Chivas, tú me das lo que yo quiera". Su mano cayó casual en mi muslo, dedos ásperos de tanto jugar fut en la liga amateur. El calor de su palma se filtró por la tela, subiendo despacio mientras el mediocampista americanista driblaba. Mi pulso se aceleró al ritmo del balón, el corazón latiéndome en la entrepierna.
Yo volteé, besándolo de una. Sus labios sabían a cerveza y sal, ásperos por la barba de tres días. Nuestras lenguas chocaron como dos equipos rivales, húmedas y urgentes. Él gimió bajito, mano apretando mi muslo hasta que sentí el pulso en sus dedos. Chin, qué rico. Me subí a horcajadas sobre él, la playera del América rozando su pecho rival. El sofá crujió cuando me moví, mis caderas presionando su dureza que ya se notaba bajo el cierre. "Eres una chingona, Ana", jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a deseo, ese almizcle que se mezcla con el sudor de la pasión.
En la tele, un contragolpe. El estadio enloqueció, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio tiempo extra. Le quité la playera, revelando su torso marcado por abdominales duros, vello oscuro bajando hacia el ombligo. Mis uñas rasguñaron su piel, dejando marcas rojas que lo hicieron arquearse. "¡Ya valió, mételo!", grité yo, pero pensando en otra cosa. Él rio, manos subiendo por mi espalda, desabrochando el brasier con maña de experto. Mis tetas saltaron libres, pezones duros rozando su pecho. El aire fresco de la noche los erizó más, y su boca los capturó, chupando con hambre, lengua girando como un regate maestro.
Mi mente era un desmadre:
Esto es mejor que cualquier gol. Su boca, su lengua... ay, wey, no pares.Bajé la mano, abriendo su cierre con dedos temblorosos. Su verga saltó, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La apreté, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Él gruñó, caderas empujando. Yo me paré un segundo, quitándome los shorts y la tanga de un jalón, quedando en nada más que calcetas deportivas. Él me miró como si fuera el trofeo de la liga, ojos oscuros devorándome.
Lo monté de nuevo, guiando su punta hacia mi entrada húmeda. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me llenaba. "Neta, estás empapada, morra", susurró, manos en mis nalgas apretando fuerte. Empecé a moverme, subiendo y bajando al ritmo del chant del América en la tele. El slap de piel contra piel se mezclaba con los gritos del estadio, nuestros jadeos ahogando el narrador. Sudor corría por mi espalda, goteando en su pecho. Él embestía arriba, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.
La intensidad creció con el partido. Un tiro al arco, y yo aceleré, uñas clavadas en sus hombros. "¡Más fuerte, pendejo!", le ordené, y él obedeció, follándome con furia contenida. Mi clítoris rozaba su pubis en cada bajada, chispas de placer subiendo por mi espina. Olía a sexo crudo, a jugos mezclados y sudor salado. En mi cabeza:
Esto es la pasion futbolera de verdad, en vivo, en mi carne.El gol del América explotó en la pantalla, el estadio en éxtasis, y yo me vine con él, contrayéndome alrededor de su verga, grito ahogado en su boca.
Él no paró, volteándome en el sofá para ponerme a cuatro. Entró de nuevo, manos en mis caderas tirando de mí. El ángulo era brutal, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. "¡Chíngame, Marco, como si fuera el último minuto!", supliqué. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente. Sus gruñidos eran animales, mezclados con mis gemidos agudos. La tele seguía, pero ya no importaba. Sentí su pulso hincharse dentro, y explotó, llenándome con chorros calientes que me llevaron a un segundo orgasmo, piernas temblando.
Colapsamos juntos, él encima aún dentro, respiraciones entrecortadas sincronizadas con el silbato final. El América ganó, pero nosotros éramos los campeones. Me besó la nuca, suave ahora, manos acariciando mis costados. "Eres lo máximo, Ana. Esa pasion futbolera hoy en vivo nos unió de una vez". Yo sonreí, volteando para mirarlo, piel pegajosa y sonrisas tontas. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en el afterglow, todo era paz. Su dedo trazó mi labio, y supe que esto no era un partido de una noche. Era el comienzo de nuestra propia liga, llena de goles y placeres infinitos.