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El Libro de Una Pasión Carnal

6149 palabras

El Libro de Una Pasión Carnal

Entré a esa librería escondida en las calles empedradas de Coyoacán, con el sol de la tarde bañando todo en un naranja cálido que se colaba por las ventanas altas. El aire olía a papel viejo y a café molido fresco de la máquina que zumbaba en la esquina. Mis dedos rozaron las cubiertas ajadas mientras buscaba algo que me sacara del tedio de mi rutina como editora. Ahí estaba el libro de una pasión, un tomo encuadernado en cuero negro, con letras doradas desvaídas que prometían secretos prohibidos. Lo abrí con cuidado, y las páginas crujieron como un susurro pecaminoso.

Las palabras saltaron a mis ojos: descripciones de pieles entrelazadas, de labios que saboreaban el sudor salado del deseo. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor que subía por mis muslos. ¿Qué carajos es esto?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Imaginé manos fuertes recorriendo mi cuerpo, como las del protagonista del libro. Cerré los ojos un segundo, inhalando el aroma a tinta antigua mezclado con mi propia excitación sutil.

—Órale, güey, ¿ya leíste ese? —dijo una voz grave a mi espalda, con ese acento chilango que me eriza la piel.

Me volteé y ahí estaba él: Mateo, alto, con barba de tres días, ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos, y olía a jabón fresco y algo masculino, como madera quemada.

—No, pero pinta chido —respondí, sintiendo mis mejillas arder—. ¿Tú lo conoces?

—Es un clásico olvidado, lleno de pasiones que te dejan mojadito. O mojadita, dependiendo —guiñó un ojo, y neta, quise comérmelo ahí mismo.

Charlamos media hora, entre risas y roces casuales de manos al pasar páginas. El libro hablaba de una mujer que descubría su fuego interior a través de un amante audaz, y mientras lo leíamos en voz baja, la tensión crecía como una tormenta en el DF. Sus dedos rozaron los míos al señalar una línea, y sentí electricidad pura, un pulso latiendo entre mis piernas.

—Me lo llevo —dije al final, pagando con el corazón en la garganta.

—Si quieres, te invito un café en la esquina. Para platicar más de el libro de una pasión —propuso, y no pude decir que no.

En el café, el vapor del cappuccino subía en espirales, mezclándose con el olor a canela de los churros. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, y cada mirada era una caricia. Hablamos de todo: de cómo el libro nos hacía fantasear con entregarnos sin frenos, de lo que extrañábamos en la vida diaria. Este wey me prende como nadie, pensé, mientras su pie subía despacio por mi pantorrilla, juguetón.

—¿Sabes qué? Vamos a mi depa, está cerca. Ahí lo leemos tranquilos —sugirió, y su voz ronca me derritió.

—Va, pero no prometo portarme bien —reí, empoderada, tomando su mano.

El trayecto en su coche fue tortura deliciosa: su mano en mi muslo, subiendo lento, el radio sonando cumbia rebajada que vibraba en mi pecho. Llegamos a su departamento en la Roma, luminoso, con plantas colgantes y una cama king size que se veía desde la entrada. El aire acondicionado zumbaba suave, fresco contra mi piel caliente.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, el libro entre nosotros. Leímos en voz alta, alternando párrafos. Sus labios se movían hipnóticos, describiendo besos húmedos, lenguas explorando pliegues. Mi respiración se aceleró, pezones endureciéndose bajo la blusa. Él dejó el libro y me miró, hambriento.

—Laura, neta, me tienes loco desde la librería —murmuró, su aliento cálido en mi cuello.

—Pues haz algo, pendejo —lo reté, jalándolo hacia mí.

Nuestros labios chocaron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a café y deseo puro. Sus manos grandes me acunaron la cara, luego bajaron a mi cintura, quitándome la blusa con urgencia consensuada. Mi piel erizada sintió el roce áspero de su barba en mis pechos, mientras lamía un pezón, succionando suave. Gemí, arqueándome, el olor de su sudor fresco invadiéndome.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, venas marcadas. Él gruñó, qué chingón, mientras yo la lamía desde la base, saboreando la sal de su piel, el pre-semen dulce. Su mano en mi pelo, guiando sin forzar, me hacía sentir diosa.

—Ven acá, reina —dijo, levantándome para quitarme el short. Sus dedos encontraron mi centro húmedo, resbaloso, frotando el clítoris en círculos perfectos. Jadeé, olores a sexo llenando la habitación, mi humedad chorreando en su palma.

Me recostó en la cama, sábanas frescas contra mi espalda. Se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Nuestros gemidos se mezclaron con el tráfico lejano de la ciudad. Empujaba rítmico, profundo, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, sintiendo cada vena, cada pulso.

Esto es mejor que cualquier libro, pensé, mientras el placer subía como ola. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, pechos rebotando, su mirada clavada en mí, empoderándome. Él desde atrás luego, nalgadas juguetonas que ardían placenteras, su vientre chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas.

El clímax llegó como trueno: mi cuerpo convulsionó, paredes apretándolo, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, caliente dentro, gruñendo ronco, colapsando sobre mí en sudor compartido.

Jadeamos, pieles pegajosas, corazones tronando al unísono. Me besó la frente, suave, mientras el aroma a sexo y sábanas nos envolvía.

—Ese libro fue el pretexto perfecto —susurró, riendo bajito.

—Neta, el libro de una pasión cambió todo —respondí, acurrucándome en su pecho, sintiendo paz profunda.

Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas, lo hojeamos de nuevo, planeando más capítulos en nuestra propia historia. La pasión no acababa; solo empezaba, ardiente, eterna como las páginas que nos unieron.

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